Si uno se pregunta qué nos pasa a los argentinos, la respuesta tautológica es “consecuencia de que somos argentinos”. Esto significa que es culpa de la particular idiosincrasia que nos caracteriza: hedonistas, soberbios y poco adictos al trabajo. Estas características han originado numerosos chistes sobre argentinos en diversos países. Obviamente, el estado de desorden en que nos encontramos es consecuencia de la forma desprolija de hacer política, la cual se ha convertido en un gran negocio para muchos que acceden a puestos muy bien remunerados por el Estado. Desde luego que el poder les permite aprovecharse y lucrar de diferentes maneras. Hoy en día asistimos a la propaganda demagógica del Previaje. Esto resulta una ostentosa incoherencia si observamos que hace menos de un año se reemplazaron tres ministros de Economía en el Gobierno nacional, cada uno de los cuales ha viajado al exterior a pedir préstamos en dólares. El hecho de fomentar el turismo no significa aumentar el PBI, único indicador de que un país crece. Periodistas especializados han publicado que a la Reserva Federal, organismo que no depende del Gobierno, puede imprimir billetes de 100 dólares por solo 17 centavos. Es por eso que los organismos financieros siempre están dispuestos a prestar, mientras los países como el nuestro quedan cada vez más endeudados. Es obvio que se debe reducir el costo del Estado, pero no se avizoran medidas tendientes a lograr este objetivo. Por el contrario, a nivel provincial, asistimos al intento del Gobierno tucumano de incorporar la figura de un vicedelegado comunal. Una medida demagógica que obviamente tiene por objeto captar adeptos, pero que significaría que la planta de empleados improductivos se incremente de 347 a 440. Cabe destacar que la elección de estos nuevos empleados es arbitraria y depende de los compromisos políticos del Gobierno. Lamentablemente esta es nuestra realidad. Gran parte de la ciudadanía se consuela diciendo “es lo que hay”. Muchos se identifican con la astucia con que se manejan quienes acceden al poder gracias a un sistema diseñado ex profeso para enriquecerse, manejando sin control los dineros del Estado. La astucia, que caracteriza a muchos políticos, en ningún modo significa inteligencia. El zorro es muy astuto pero no por eso es inteligente.

Humberto Hugo D’Andrea

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