“Es difícil hacer predicciones, especialmente del futuro”, dice una frase que se atribuye (quizás de manera apócrifa) a Niels Bohr. 2023 ha sido un año complejo tanto en lo interno como en lo internacional y las perspectivas para 2024 no son muy alentadoras. Con guerras en lugares como Ucrania, Palestina, Sudán y Yemen, el mundo enfrenta la mayor cantidad de conflictos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El año próximo será crucial tanto para el sistema democrático como para la estabilidad global, ya que estará marcado por numerosos procesos electorales y conflictos activos en todo el mundo.
Gaza ha confirmado, una vez más, las desastrosas consecuencias humanitarias de los conflictos armados y ha vuelto a poner de manifiesto la ineficacia de las instituciones internacionales para detenerlos, poniendo en serio riesgo la imagen y credibilidad de las Naciones Unidas. Hay una creciente sensación de impunidad y menosprecio por el derecho internacional, evidenciada en conflictos como el de Ucrania, Gaza, Yemen y la expulsión de población en Nagorno Karabaj, entre otros. La retirada de las fuerzas de paz de Naciones Unidas en diversas regiones, como el Sahel y Sudán, aumentan el riesgo de atrocidades, limpieza étnica, hambruna y abusos a gran escala en contextos de guerra civil.
Los procesos electorales que están programados en todo el mundo, involucrando a grandes actores como los Estados Unidos, la Unión Europea, India, Indonesia, México, entre otros 70 países, pueden tener una influencia significativa en los conflictos. Ciertamente, la carrera presidencial en Estados Unidos impactará directamente sobre la situación en Gaza y Ucrania. La posibilidad de que un retorno de Donald Trump al poder modificaría las relaciones de fuerza en diversos conflictos internacionales.
En 2024, se anticipa que las consecuencias económicas de las crisis recientes, particularmente el aumento de los tipos de interés para abordar la inflación y el endurecimiento de las condiciones de financiación, serán más evidentes. Se espera un crecimiento económico débil, con el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyectando un crecimiento del 2.9% para 2024, similar a 2023 y menor que las tasas prepandémicas.
Se prevé un enfriamiento económico desigual entre las regiones. Estados Unidos parece evitar una recesión gracias a su mercado laboral sólido y a estímulos fiscales, mientras que la Unión Europea (UE) enfrentará un mayor escrutinio en sus cuentas públicas, especialmente en países con menos margen financiero como Italia. China experimenta su menor crecimiento en 35 años, afectada por desequilibrios económicos, acumulación de deuda y dependencia del sector inmobiliario.
Los países emergentes sentirán el freno chino, especialmente aquellos con mayor dependencia comercial y financiera. El rol de China como prestamista de última instancia y su participación en la reestructuración de la deuda de países en dificultades influirá en el Sur Global.
En el ámbito geopolítico, se observa una consolidación del Sur Global como actor clave en la contestación a Occidente. Los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) se expandirán con la inclusión de Arabia Saudita, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía e Irán, fortaleciendo su influencia global. Argentina no será parte de ese club. Sin embargo, las contradicciones y fragmentaciones en el Sur Global, evidenciadas por competiciones estratégicas y disputas fronterizas entre sus miembros, tendrán un impacto negativo.
América Latina buscará desempeñar un papel protagonista en 2024, con Brasil siendo el país anfitrión del G-20 y Perú acogiendo la Cumbre de Cooperación Económica en Asia Pacífico (APEC). En este contexto internacional, Argentina deberá llevar adelante una política exterior sensata y sensible que optimice su inserción internacional.


















