El escarnio de vivir en una ciudad quebrada

18 5
El escarnio de vivir en una ciudad quebrada La Gaceta / foto de José Nuno

En las primeras páginas de la novela “Los cuadernos de Don Rigoberto”, de Mario Vargas Llosa, el protagonista le escribe una carta a su arquitecto y le dice: “usted ha hecho un bonito diseño de mi casa y de mi biblioteca partiendo del supuesto -muy extendido, por desgracia- de que en un hogar lo importante son las personas en vez de los objetos (...). Pero mi concepción de mi futuro hogar es la opuesta. A saber: en ese pequeño espacio construido que llamaré mi mundo y que gobernarán mis caprichos, la primera prioridad la tendrán mis libros, cuadros y grabados; las personas seremos ciudadanos de segunda”.

Sin demasiado esfuerzo se puede trazar un paralelismo entre los antojos de Rigoberto y lo que ocurre en el Gran San Miguel de Tucumán: sus libros y sus cuadros parecen representar las urgencias y arbitrariedades de quienes gobiernan circunstancialmente cada uno de los municipios (capital, Yerba Buena, Tafí Viejo, Banda del Río Salí, Alderetes y Las Talitas) y las comunas que lo integran, y a los cuales deben adaptarse las realidades de cientos de miles de ciudadanos que transitan por la ciudad.

Si seguimos esta línea podemos decir que en Tucumán ocurren hechos inverosímiles: por ejemplo, si se produce una tormenta fuerte en Yerba Buena, es posible que los vecinos de la zona sur de la capital (Los Chañaritos, por qué no) terminen bajo el agua, aunque allí no haya caído ni una gota. A tal punto que muchas personas de esas zonas tan lejanas al piedemonte han construido defensas en las puertas de sus casas, porque saben que cuando las nubes oscurecen el cielo hacia el lado del cerro, es posible que el Canal Sur, que recibe toda el agua que viene desde el oeste, acabe desbordando a la altura de sus barrios. Como una especie de realismo mágico devaluado, este caso -al que vamos a volver más adelante- se suma a otros que hacen de la vida en el área metropolitana una sucesión de incongruencias que tienen el mismo origen: la falta de una visión integradora para gestionar cuestiones básicas, como el transporte, el tránsito y el manejo del agua, por ejemplo. En esta categoría cabe, también, el sainete de las tarjetas de colectivos que muchos aún no terminan de comprender.

Enjambre de plástico

Hasta hoy -porque esto puede cambiar de manera inesperada en cualquier momento- la SUBE sirve sólo para viajar dentro de la capital, es decir, en las líneas que van de la 1 a la 19 y que dependen de la intendencia que hoy encabeza Rossana Chahla. Si una persona tuviese que cruzar el Camino del Perú hacia el oeste, por ejemplo, o el puente Lucas Córdoba, hacia el este, deberá recurrir a otro plástico. Es el caso de las líneas interurbanas, que son responsabilidad del Gobierno provincial de Osvaldo Jaldo. En ellas hay que usar la Metropolitana o la Ciudadana que -como si le faltaran condimentos a la historia- también podrá emplearse en la capital hasta el 30 de abril mas no recargar; sí será posible ponerle saldo en quioscos de otros municipios. Estas dos, a su vez, dejarán de tener vigencia a mediados de año, cuando empiece a funcionar la Independencia. Y si el viaje se hace en alguna de las líneas que vienen del interior, como El Provincial, el pago debe realizarse en efectivo. SUBE, Metropolitana, Ciudadana, Independencia y dinero cash: así planteado parece una broma, pero no lo es. Es tan cierto y complicado como se lee.

Aquí caben algunas preguntas: ¿nadie se detuvo a pensar en lo que vive una persona que viaja incómoda varias veces por día en los colectivos que recorren Tucumán como para sumarle semejante enredo de tarjetas? ¿Si en otras ciudades se usa un mismo medio de pago para andar en ómnibus por distintas jurisdicciones, por qué aquí se vuelve tan complicado? ¿A qué intereses responden estos sistemas que se superponen y que le complican la vida a los usuarios?

Veinte años no es nada

Cuando bajó el agua con la que nos inundó aquella tormenta de principios de marzo nos encontramos con que en el Gran San Miguel de Tucumán ocurre algo parecido a lo de las tarjetas pero en lo que respecta a la gestión de los recursos hídricos -salvando las enormes distancias entre una cosa y otra, claro. Existen estudios muy serios que indican qué obras hacen falta para evitar que la ciudad se anegue cuando llueve fuerte. De hecho, entre 2001 y 2003, la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) desarrolló un trabajo que marcó los lineamientos generales para el manejo del agua en Yerba Buena, en Villa Carmela y en el Gran San Miguel de Tucumán, pero nada de lo planteado allí se concretó. Pasaron más de 20 años y el agua que baja del oeste sigue derivando al Canal Sur, al que ya no se le puede agregar capacidad, que suele desbordar con frecuencia y que deja barrios enteros bajo el agua, como el ejemplo que dimos en el segundo párrafo de este texto.

Sucede que el área metropolitana está repleta de zonas grises de las que nadie o casi nadie se hace cargo. Y los problemas que generan suelen expresarse de múltiples maneras: inundaciones, inseguridad, contaminación y, cómo no, en el tránsito. De hecho, hay sectores en los que confluyen varias jurisdicciones y, como ya se dijo más de una vez en este espacio, al tener tantos dueños terminan siendo de nadie. Citamos apenas dos ejemplos: el infame Camino del Perú y la autopista de Circunvalación. Se trata de espacios que dividen municipios y en los que también poseen responsabilidad entidades provinciales y nacionales (Vialidad es una de ellas). El crecimiento urbano desordenado los ha fagocitado y hoy están prácticamente abandonados. Frente a semejante escenario no sorprende tampoco que Tucumán carezca de alternativas rápidas para ir de un extremo al otro de la ciudad y que la brutal circulación vehicular termine asfixiada en unas cuantas avenidas que pasan por el corazón de la capital. Al final, la distancia que separa Bangladesh -modelo de congestión urbana- y Tucumán no parece ser tanta.

Una sola ciudad

Es imposible imaginar soluciones definitivas para los problemas enumerados más arriba si no se trabaja a partir de un concepto metropolitano. En otras palabras, las divisiones de municipios son apenas administrativas y políticas, porque para sus habitantes el Gran San Miguel de Tucumán funciona como una sola ciudad, con todo lo que eso implica. A modo de inspiración podemos repasar qué ocurre en otros lugares del país. Mientras aquí se multiplican las tarjetas, en el AMBA basta la SUBE para viajar en colectivo, en tren o en subte. Mendoza (ejemplo sobresaliente de la integración urbana) cuenta con una red de ciclovías tan extensa que cerca del 40% de la cadetes se mueve en bicicleta, algo hoy inimaginable en el Tucumán de los enjambres de motos. Jujuy ya cuenta con un Ente Autárquico Regulador de Planificación Urbana. Y el caso de Salta es interesante si ponemos el foco en el sistema de transporte público que detalló Federico Türpe en su nota de LA GACETA de este lunes. Es cierto que en nuestra provincia se exploraron algunas alternativas, como el Consorcio Metropolitano de Gestión de Residuos Sólidos Urbanos, pero es claro que no alcanza. Además, no faltan los malintencionados que se preguntan de dónde salieron algunos de los fondos que habrían financiado varias campañas políticas en los últimos años.

Ayer se cumplió un lustro de la muerte de Carlos Páez de la Torre (h). Exactamente un año después de su partida, Guillermo Monti publicó en LA GACETA un artículo en el que logró condensar la polifacética personalidad de Carlos en un concepto singular: lo definió como un flâneur, es decir, “el cardiólogo de la ciudad, el intérprete de sus ritmos, el descubridor de joyas inadvertidas (...) Quizás el último de San Miguel de Tucumán”. Tal vez a modo de homenaje hoy podemos preguntarnos ¿qué hubiese dicho o hecho Carlos frente a esta metrópoli que parece degradarse irremediablemente? Puede ser un buen buen punto de partida para empezar a repensarla.

Informate de verdad Aprovechá esta oferta especial
$11,990 $3,590/mes
Suscribite ahoraPodés cancelar cuando quieras
Comentarios
Cargando...