EN SU OFICINA. Castillo, durante una entrevista realizada e 2024 por los 100 años de la empresa. la gaceta / fotos de juan pablo sánchez noli (archivo)
Hay momentos que dejan marcas. No importa cuán prolífica y larga haya sido una vida. Existen acontecimientos que, al mirar hacia atrás, adquieren una relevancia tal que se transforman mojones de la memoria que indican cambios profundos, momentos de inflexión. Cuando Oscar Castillo hace esa retrospectiva se presentan varios de esos hitos, pero hay uno especial, que excedió los negocios y repercutió en casi todos los ámbitos de su vida: fue el año 1966.
Mediante el decreto 16.926, el 22 de agosto de ese año, el Poder Ejecutivo Nacional dispuso la “intervención” de siete ingenios tucumanos. La crisis provocó un efecto dominó y hasta 1968 fueron 11 las fábricas que cerraron. Se perdieron alrededor de 50.000 puestos de trabajo y el resultado fue el éxodo de más de 200.000 tucumanos, quienes emigraron en procura de otro horizonte laboral.
El año pasado, la firma Castillo cumplió 100 años y hoy talla con mucha fuerza en el comercio, en los servicios financieros y en el agro, entre otros rubros. Oscar, hijo de Raúl, el fundador de la modesta galería fotográfica que fue el germen de la empresa de hoy, ha atravesado todas las vicisitudes a las que la actividad privada estuvo y está expuesta en Argentina. Sin embargo, se muestra convencido de que el cierre de los ingenios ordenada por el Gobierno de facto de Juan Carlos Onganía fue posiblemente el momento más duro. A 59 años de aquella tragedia tucumana, Castillo recordó con LA GACETA lo que se vivió en aquellos tiempos.
- ¿Cómo recuerda usted el Tucumán previo a esa crisis, es decir, cómo se vivía?
- Yo recuerdo que Tucumán venía bien. El comercio era muy fuerte, al igual que la industria azucarera. Ahora bien, el de la industria azucarera es un tema del cual yo no sé si tengo la autoridad para hablar, pero es cierto que muchos ingenios estaban mal administrados. Yo creo que hubo una gran declinación de gerenciamiento. Algunos daban pérdidas y se habían acostumbrado a vivir de los préstamos de los bancos, que no pagaban. El Gobierno nacional miró esto y dijo: “¿Por qué el país tiene que subvencionar unos ingenios que son deficitarios, que viven de préstamos y que no pagan ni impuestos?”. Pero ese Gobierno se olvidó que esas empresas estaban conformadas por seres humanos. Se tomó una decisión sólo pensando en el aspecto económico y eso trajo algo espantoso en el aspecto socioeconómico.
LOS AÑOS 60. El cierre de los ingenios trajo algo espantoso en el aspecto socioeconómico, dice Castillo.
- ¿Eso toma por sorpresa a los tucumanos o se lo venía venir unos meses antes?
- Las empresas en Tucumán sabían que andaban mal y que eran deficitarias. Eso generaba especulaciones, pero nadie pensaba que se iba a tomar una medida tan dura. Fue realmente un crimen socioeconómico, sobre todo con la gente más necesitada. A raíz de eso emigran 250.000 tucumanos, prácticamente la mitad de la población.
- Usted, como empresario, ¿cómo atravesó esa coyuntura?
- A mí me afectó mucho y fue un golpe para todo el espectro económico. Nosotros habíamos empezado a vender en los ingenios y dábamos créditos. Alrededor de los ingenios había comunidades enteras que dependían de ellos. Yo iba personalmente con mi equipo de vendedores puerta por puerta. Íbamos a enseñarle a la señora que podía trabajar con una pequeña máquina de coser, por ejemplo. Las ventas se hacían a crédito para pagar en cómodas cuotas. Todo eso quedó impago. Cuando fuimos a cobrar, no había nadie. Emocionalmente me afectó mucho y, al no tener recursos, tenía que ir a pedir a mis proveedores, que estaban en la Capital Federal.
- ¿Cómo era el trato con esos proveedores en medio de la crisis?
- Desaparecieron comercios y empresas, incluso más grandes que la nuestra. La provisión venía de afuera, de Buenos Aires, y los porteños nos miraban mal a los “tucumanitos”. Yo iba a Buenos Aires a pedir que me dieran una renovación del crédito, no solo para refinanciar la deuda, sino para que me siguieran mandando mercadería y yo pudiera seguir trabajando. En una empresa que visité me dijeron: “¿Usted es tucumano?”. Cuando dije que sí, me respondieron: “Yo con un tucumano no quiero saber nada. Son unos estafadores, no pagan nada”. Yo les pedía permiso para explicarles que había empresas serias como la mía, pero me decían: “Mire, joven, mejor váyase, no quiero pelear”. Eso pasaba seguido.
- ¿Cómo logra usted superar ese momento?
- La crisis dejó una cicatriz importante. Yo creo que esa herida fue el caldo de cultivo para la guerrilla posterior. Todo Tucumán quedó resentido de una forma u otra. Para mí, la crisis del 66 fue de las más duras. Tucumán nunca se recuperó demográficamente.
- A lo largo de su vida profesional usted ha atravesado muchísimas crisis ¿La del 66 fue la más dura o hubo otras peores?
- Para mí, fue de las más duras.
- ¿Qué enseñanzas le dejó en lo personal aquella crisis y qué cree que deberíamos aprender como sociedad?
- Socialmente, nuestro país viene dando tumbos desde hace 100 años y el manejo de su economía es impredecible. Un país como el nuestro debería ser más estable. A nivel personal, la enseñanza es que en la vida siempre va a haber momentos difíciles. La única forma es ser perseverante, tener fe y esperanza, y seguir adelante si la salud ayuda. Sigo teniendo fe en nuestro país, que es muy rico. Amo Tucumán y estoy agradecido de estar aquí, y amo a mi país también.




















