La Navidad en Tucumán suele ser mucho más que una fecha en el calendario litúrgico; es, ante todo, el momento en que el principal motor de nuestra economía privada muestra sus cartas. Los datos recientes de la Cámara Argentina de la Mediana Empresa (CAME) y de la Federación Económica de Tucumán (FET) dibujan un escenario de alivio, pero con matices que obligan a una lectura más profunda. El comercio no es solo transaccional; es el mayor generador de empleo registrado en la provincia y su pulso marca el humor social de nuestras calles.
Este diciembre, el repunte tuvo un combustible claro: la inyección de liquidez a través del aguinaldo anticipado y la de bonos especiales de fin de año -estatales y en algunos rubros privados-. Ese flujo de efectivo permitió que los días 22, 23 y 24 el centro tucumano recuperara un brillo que pareció perdido durante gran parte de un año recesivo. Según la FET, hubo rubros con subas de hasta el 10% en unidades vendidas. Sin embargo, este “veranito” de consumo encierra una paradoja: se vendió más, pero se ganó menos.
La rentabilidad del comerciante tucumano está hoy contra las cuerdas. En un esfuerzo por traccionar ventas en un mercado deprimido, los márgenes de ganancia se achicaron al mínimo. El balance que hace Héctor Viñuales es esclarecedor: los ingresos de las fiestas sirvieron, en gran medida, para cubrir los déficits de arrastre de un año donde el consumo estuvo en el subsuelo.
Esta dinámica se traslada simétricamente al hogar. Durante meses, el tucumano promedio usó el crédito para lo básico, incluso para alimentos. Por eso, el alivio de los bonos y el aguinaldo funcionó como un respirador artificial. Pero allí donde el efectivo no llegó, apareció nuevamente la tarjeta de crédito, no como una opción de conveniencia, sino como la única vía para sostener la dignidad del festejo. El riesgo es evidente: estamos ante un “consumo de resiliencia” que hipoteca el futuro inmediato.
Como advierte la mirada técnica sobre la economía familiar, el sobreendeudamiento es el fantasma que queda cuando se apagan las luces del árbol de Navidad. Muchos hogares llegarán a enero con el cupo de la tarjeta al límite y el aguinaldo ya diluido en deudas previas. Es un círculo vicioso que condiciona el inicio del ciclo lectivo y el consumo de los meses de verano, tradicionalmente áridos para la actividad local.
Celebrar la afluencia de público en las peatonales es válido, especialmente porque detrás de cada mostrador hay empleos que defender. Pero no debemos confundir este espasmo navideño con una reactivación estructural. Para que el motor de la economía tucumana deje de toser, hace falta que el consumo deje de depender de bonos de emergencia y vuelva a sustentarse en un poder adquisitivo real..
Tras el frenesí de diciembre, el comercio tucumano se asoma ahora al abismo de un verano que suele ser implacable. Enero y febrero se perfilan como una prueba de fuego para la sostenibilidad de los locales del microcentro y las avenidas periféricas.
Para el sector, el desafío será evitar que la calma estacional se traduzca en una pérdida de puestos de trabajo. Tucumán no puede permitirse un enfriamiento prolongado de su principal motor privado. Si no se generan mecanismos que alivien la presión sobre el comerciante en estos meses de “persianas tibias”, el repunte navideño habrá sido apenas un espejismo en medio de una crisis que todavía no termina de soltarle la mano a la provincia.





















