La definición tradicional conjuga conceptos que, al menos hasta la generación X (aquellos que nacieron entre 1965 y 1980) eran un parámetro de bienestar social: educación, esfuerzo personal, trabajo y familia. La clase media argentina contenía esos cuatro pilares y se sostenía pese a las tormentas financieras y los huracanes económicos que la población ha tenido que soportar en el último siglo. La movilidad social ascendente era una plataforma en la que gran parte de la sociedad quiere subirse para escalar en la pirámide socioeconómica, medida por ingresos. Sin embargo, los años de persistente inflación elevada han golpeado con fuerza el poder adquisitivo del ingreso. Así, no hubo estrato social que pudiera sostenerse a flote. Los pobres fueron más pobres. En la actualidad, al menos cuatro de cada 10 argentinos no logran reunir los ingresos mínimos para salir de ese flagelo. La indigencia ha dejado de tocar la puerta para aquellas familias que ganan menos de $ 600.000 mensuales. Hubo una mejora, pero no sirvió para ascender hacia la pobreza. La informalidad laboral es moneda corriente. En Tucumán, el último registro oficial indica que el 51,5% de los asalariados del distrito no fueron registrados por sus empleadores; por lo tanto, pensar en una jubilación es una utopía y no tienen el derecho a enfermarse porque ni él ni su grupo familiar pueden gozar de la cobertura de una obra social. En los años posteriores a la pandemia de la Covid-19 se incrementó el cuentapropismo (en el que el trabajo en negro roza el 60%). Y, en los últimos meses, prácticamente no se han creado puestos en relación de dependencia.
Un diagnóstico del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa)marca esta tendencia, en base a los datos de la Encuesta Permanente de Hogares del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec).
• El empleo no asalariado o por cuenta propia creció aproximadamente un 14%.
• El empleo asalariado registrado en empresas privadas cayó un -3%.
• El resto de las ocupaciones (la suma de empleo público más empleo asalariado no registrado) cayó un -1%.
Esta fotografía muestra que, mientras las empresas privadas destruyeron empleos, la totalidad de la expansión del nivel de ocupación fue autoempleo, es decir, trabajadores sin empleador. Información complementaria de la Secretaría de Trabajo señala que el 80% son cuentapropistas informales, esto es, no inscriptos en el Monotributo, acota Idesa.
El principal problema señalado por la población en Tucumán fue, de manera clara, que el sueldo alcanza cada vez menos, fue una de las conclusiones de un trabajo que efectuó la consultora Sociología y Mercado. “La inflación y la pérdida de poder adquisitivo no aparecen como abstracciones macroeconómicas, sino como experiencias concretas: dificultad para llegar a fin de mes, necesidad de priorizar gastos básicos y sensación de fragilidad económica permanente”, describe la directora y socióloga Roxana Laks a propósito de ese sondeo. Esto llevó a que más de seis de cada 10 familias tucumanas modificaron sus hábitos de compra de alimentos y productos básicos.
La Canasta Básica Total (CBT), que marca el límite de ingresos para no ser considerado pobre, ha superado el millón de pesos para el caso de una familia tipo. En gran parte de los hogares, hay un único ingreso. Y esto también se refleja en las estadísticas. Poco más de tres de cada 10 ocupados buscan activamente otro puesto laboral para mejorar sus ingresos. En el mejor de los casos, un salario puede contribuir al sostenimiento del 60% de los gastos mensuales. Con dos se evita la pobreza. Pensar en mantenerse en clase media es una proeza. En esa situación se encuentran 115.000 tucumanos demandantes de empleo. Esa es prácticamente la misma cifra del plantel de agentes del Estado provincial. Los sueldos tucumanos no pasan de la mitad de tabla en el ranking nacional de ingresos. La estructura económica provincial no contribuye a mejorarlos porque, en gran medida, se trata de actividades primarias las que más obreros toman. Por esa razón, en el Gobierno apuestan a la industria del Conocimiento para potenciar, fundamentalmente, al capital humano emergente de las universidades públicas y privadas. En este sentido, la reforma laboral puede contribuir a la contratación genuina de personal, pero no garantiza que el blanqueo sea un fenómeno natural. Sostener un negocio es difícil en un país en el que conviven más de 150 impuestos, tasas y contribuciones. De allí la necesidad de simplificar la carga tributaria, una materia que siempre está pendiente en el sector público.
Mientras tanto, el reacomodamiento de aquella pirámide socioeconómica dependerá de un impulso de la microeconomía. La reducción paulatina de la inflación es una condición necesaria para que la percepción social sea de estabilización económica, pero no de recuperación del ingreso. El ajuste de fines de 2023 y principios de 2024 ha sido brutal y dejó secuelas en el bolsillo de los argentinos que, en gran medida, se acostumbraron al subsidio por parte del Estado. Independientemente de eso, el ahorro será clave para lo que se viene, lo que no implica necesariamente un ajuste.
Según el titular de la consultora W, Guillermo Oliveto, la clase media -símbolo nacional, identidad cultural antes que categoría económica- vive un deterioro que no es solo monetario sino emocional. En términos de ingresos, pertenecer al estrato medio equivale a tener una familia con entre $ 2 millones y $ 6,5 millones mensuales (entre dos y cinco canastas básicas). Eso incluye a 7 millones de hogares. Pero la percepción es otra: 29 millones de argentinos se consideran clase media, aunque solo 20 millones lo sean efectivamente.
Si uno observa la escala socioeconómica en el Gran Tucumán-Tafí Viejo, al menos seis deciles (franjas del 10% que se toman para la medición estadística) de los 10 de la estructura están condenados a la indigencia y a la pobreza. Dos están esperando que las condiciones mejores para recuperar parte del terreno perdido y volver a lo que fue la clase media tradicional. Uno de los deciles puede decirse que se ubica en esa característica y el último es el decil de los de mayores ingresos (acumula casi un cuarto de los ingreso totales del distrito).
Oliveto refleja que, en los últimos tiempos, la clase alta y media alta se consolidó un clima de “vuelta a la euforia”. Se manifiesta en turismo emisivo creciendo 31%, en ventas de autos y motos en niveles récord, y en un renovado deseo por experiencias y bienes premium: desde electrodomésticos de alta gama y propiedades hasta viajes a Europa. Son consumidores que quieren “fast track, premium, black, platinum”.
La contracara domina el resto de la pirámide: la clase media baja y los sectores populares, que representan el 60% de la población. Allí, el lenguaje cotidiano se volvió síntoma: se autodefinen como “clase remadora”, “en pobreza intermitente”.
El alto endeudamiento familiar es un condicionante para el consumo de este año. La clase media tradicional seguirá remándola a la espera de un puerto que le indique el proceso de estabilización sea una realidad.














