Trump, el vivo ejemplo que contradice la audaz teoría de Milei sobre la muerte de Maquiavelo

Por Hugo E. Grimaldi para LA GACETA.

Milei y Trump. Milei y Trump.
Hace 1 Hs

Mientras se espera que la batalla legislativa se reanude en febrero con la modernización laboral y otros proyectos, los indicadores financieros aportan calma al inicio del año -caída del dólar pese a la ampliación de la banda, suba de bonos y riesgo país en mínimos desde 2018, compras de divisas y aumento de Reservas- aunque los económicos muestran digestión lenta: cierre de 2025 con crecimiento moderado y empleo estable, pero pobreza aún elevada, inflación persistente y un frente externo frágil.

En ese contexto, Javier Milei tiró el medio mundo en Davos para intentar pescar inversores reales que decidan enterrar fondos en la Argentina, una especie que se resiste todavía a mirar hacia este lugar tan peligroso, sobre todo por lo ciclotímico. Sin embargo, el Presidente no lo hizo esta vez pasando el sombrero desde el costado económico, ni mucho menos con la misma impronta disruptiva de años anteriores, sino que comenzó su discurso en la vidriera suiza haciéndose notar con un “Maquiavelo ha muerto”, afirmación que políticamente hizo mucho ruido.

La frase no resultó ser de mero impacto retórico o de motivación psicológica para interesar a la audiencia, sino que fue el núcleo de su mensaje: declarar obsoleta la política de subordinación de la verdad a la eficacia política y reivindicar el capitalismo como sistema moral y eficiente, exaltando a América como faro de Occidente. El problema para Milei es que, en la práctica, es nada menos que Donald Trump quien encarna muchos rasgos de la realpolitik maquiavélica: negociación dura, zigzags tácticos, patear el tablero, golpes de efecto y uso del poder como instrumento de presión.

Es decir, que Trump ejerce el mismo estilo que Milei denunció como de camino al colapso económico y social, el de avanzar por ejemplo hacia el abismo para volver atrás sin ponerse colorado (Ucrania, Venezuela, Irán, Groenlandia, Canadá y probablemente varios etcéteras más), lo que no deja de ser también una forma de manipulación, ya que con Trump nada es seguro y todo lo que se dijo ayer, hoy no vale: maquiavélico, desde ya. 

El discurso del Presidente también se metió en una pendiente resbaladiza cuando sostuvo que sacrificar valores éticos en nombre de la eficiencia puede conducir incluso al fin de la civilización occidental. Esto se enlaza con la consigna del inicio para rechazar la política entendida como manipulación y cálculo, ya que para Milei la eficiencia sin principios es un espejismo que destruye la confianza y termina debilitando a Occidente.

Y es aquí donde aparece en su máxima expresión la discordia entre el Milei doctrinario, casi filosófico, para quien la ética y la libertad económica son el eje y el Trump que actúa desde la lógica del poder y de resultados inmediatos, con un estilo que va y que vuelve, que promete y traiciona, que agrede y retrocede, un modo de hacer política que se parece mucho al Maquiavelo que el presidente argentino busca “enterrar”. En términos simbólicos, Milei se alinea con Trump como referente de la derecha disruptiva, pero en el plano conceptual hay una fricción, ya que Milei predica principios universales, mientras Trump practica un pragmatismo nacionalista. Hay evidentes contradicciones y es lo que parece surgir de los discursos.

Cuando en su alocución Milei habló de “América” lo hizo en un sentido más amplio, como continente y no como extensión de los Estados Unidos al mejor estilo de la Doctrina Monroe que ha reflotado el presidente Trump, sino como el espacio cultural que a su juicio lidera un renacer de las ideas de la libertad. En ese sentido, la mención del argentino pereció ser un concepto cultural y no lució como algo geopolítico ni tampoco como apoyo a un líder específico. De hecho, se cuidó muy bien de no entrar en las tensiones políticas concretas entre Trump y Europa, evitando comprometerse en disputas diplomáticas. Más bien, el Presidente utilizó “América” como recurso retórico para contraponerla a una Europa en declinación y para presentar al continente americano como el faro de un nuevo despertar liberal.

Otro punto algo controvertido que surge de la lectura es la generalización que hace Milei respecto del socialismo, ya que afirma que “siempre termina mal” y utiliza el caso de Venezuela como ejemplo paradigmático. Sin embargo, esta extrapolación ignora experiencias de países que han aplicado políticas socialdemócratas o mixtas sin derivar en colapsos, como los modelos nórdicos. Convertir un caso particular en regla universal sonó como una falacia evidente.

En general, los analistas desmenuzaron lo dicho por el presidente argentino priorizando lo pragmático, aún a pesar de su carácter ideológico más que disruptivo, a partir del altar que le erigió al capitalismo y al alineamiento ideológico implícito con Trump. Lo relevante es que esta vez Milei lo hizo cuidando de no meter a la Argentina en ostensibles conflictos de política exterior, algo trascendente para que las inversiones fluyan de todos lados, si se puede. Por su parte, los medios internacionales lo vieron como un gesto simbólico de reafirmación ideológica y como un intento de instalarse como voz global del libertarismo, aunque con dudas sobre su capacidad de gestión interna.

Para muchos analistas de política internacional, las ideas de las potencias actuales tienen bastante que ver con una nueva manera de repartir el mundo. En febrero de 1945, Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Joseph Stalin se reunieron en Yalta para acomodar los tantos y para manotear lo que iba a quedar al fin de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, otros tres grandes jugadores parecen buscar lo mismo y, a priori, sus actuales líderes ya se habrían dividido los territorios: Rusia desde la frontera este, donde quiera que se encuentre, hacia el Oriente; los Estados Unidos con el Hemisferio Occidental a su cargo y esta vez China, cargándose la mayor parte de Asia. Hay dos granos en el medio: casi toda Europa Occidental y también Japón que, con seguridad, van a resistir cualquier alineamiento que los margine.

Aquel acuerdo apenas sobrevivió seis meses, porque la división acordada entre los tres grandes para administrar la reconstrucción de la Alemania derrotada y de Europa hizo volar todo por el aire y dio inicio a la tensión abierta de la Guerra Fría, período que duró cuatro décadas y media. El actual TEG puede tener menos vida aún, no sólo porque Donald Trump y Vladimir Putin son jugadores que patean el tablero a cada instante, sino porque Xi Jinping es astuto y está agazapado. Si el estadounidense entró en Venezuela para disciplinarla, ¿por qué no Rusia no debería hacer lo mismo en Polonia o en los países bálticos, por ejemplo o China en Taiwán?

En esta lógica divisionista está basada hoy la pretensión de Trump de quedarse con Groenlandia en nombre de la defensa del continente, al que juzga amenazado por el Ártico por parte de las otras dos potencias, Rusia sobre todo. De allí, que Canadá sea también un territorio que le apetece para cerrar el mapa continental. El primer ministro de este país, Mark Carney lo dijo con todas las letras en lo que fue el discurso más elogiado de la reunión suiza: “El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad”, sintetizó para encarar la compulsa desde el costado moral.

 En este sentido, Milei habló también con un tono que buscaba ser genuino en su cruzada ideológica. Su defensa del capitalismo y su rechazo al “maquiavelismo” fueron coherentes con lo que él viene sosteniendo desde hace años: que la política debe basarse en principios y no en cálculos de poder y en ese sentido no improvisó, sino que reafirmó con honestidad su credo libertario, aunque se notó una discordia entre lo que él predica y el estilo del aliado que ha elegido. Esa tensión no necesariamente implica falta de sinceridad, sino más bien un dilema estratégico para el gobernante: cómo hacer para que se sostengan principios universales, mientras se busca el respaldo de un actor que opera con pragmatismo puro.

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