No hubo olvido con Cabezas

Hoy se cumple un nuevo aniversario del homicidio del fotógrafo que puso un límite a una concepción que asociaba el poder con la impunidad.

No hubo olvido con Cabezas
Hace 21 Hs

Por Daniel Dessein

PARA LA GACETA - PINAMAR

Los crímenes impactantes funcionan como mojones en la memoria colectiva. Los que tienen más de 75 suelen recordar dónde estaban cuando se enteraron de la muerte de Kennedy. A los que tienen más de 60, les pasa lo mismo con el asesinato de Lennon. Entre los argentinos, más cerca en el tiempo, aparecen casos como los del fiscal Nisman.

Un crimen que marcó los 90 fue el de José Luis Cabezas. El cuerpo calcinado del fotógrafo fue encontrado un 25 de enero, como hoy, a doce kilómetros del acceso a Pinamar. Había sido secuestrado, en la madrugada de ese día, después de salir de la casa del empresario Oscar Andreani, adonde había ido a cubrir una fiesta.

Pinamar y los 90

A principios de la década del 40, el arquitecto Jorge Bunge compró 1.500 hectáreas en las que desarrolló su proyecto de ciudad balnearia, empezando con una estrategia de fijación de médanos y forestación. Pinamar se caracterizó por un crecimiento lento y controlado por la sociedad comercial que fundó Bunge, con una política de venta de lotes en áreas en las que ya había desarrollado infraestructura y limitaciones en las construcciones dentro de un plan urbanístico.

En los 90, el pueblo estival familiar, y con histórico bajo perfil, no logró abstraerse de los cambios de la época. El 3 de enero de 1991 puede concebirse como la jornada de apertura simbólica de la transformación. Ese día el presidente Carlos Menem se subió a una Ferrari roja, que le había regalado un empresario italiano que quería quedarse con una concesión de una autopista. Menem llevó el velocímetro arriba de los 200 kilómetros por hora y recorrió, sin parar en los puestos de peaje, la ruta que une a Buenos Aires con Pinamar. Cuando un periodista le preguntó cómo había hecho eso, respondió sonriendo: “soy el presidente”. El ruido y la velocidad de la irrupción presidencial marcaron un quiebre en la hasta entonces discreta localidad marítima.

Una muestra del cambio

Una zona específica de Pinamar funcionó como una maqueta en cuya fisonomía podían distinguirse rasgos distintivos de la metamorfosis que experimentaba la Argentina en esa década. Dentro las 1.000 hectáreas desarrolladas del Pinamar de esos años, había una franja de no más de cinco sobre el mar en la que, con autorizaciones selectivas que fueron muy cuestionadas, se construyó una decena de casas sobre la arena.

En una de ellas veraneaba Carlitos Menem junior, a quien podía verse bajando de un helicóptero o llegando en cuatriciclo a “la rosadita”, un chalet que recibía ese nombre por la combinación del color de su fachada y la filiación de su inquilino. En una casa vecina veraneaba Eduardo Duhalde, gobernador de la provincia. Y a una cuadra, elevada, sobresalía la imponente residencia veraniega de Oscar Andreani, empresario postal vinculado a Alfredo Yabrán, magnate en expansión en ese entonces.

Esa área se extendía entre dos balnearios. Mama concert’s -cuyos dueños eran el productor teatral Héctor Cavallero y la cantante Valeria Lynch- y CR -el preferido de los políticos-.

Un tiro en la frente

Para Yabrán, Pinamar era su lugar en el mundo. Tenía un balneario y muchos proyectos inmobiliarios en pleno desarrollo. Entre ellos, un barrio cerrado en torno a un puerto de yates que generaba controversia entre los pinamarenses.

El empresario, cuya opaca influencia en el Estado había sido cuestionada por el ministro Domingo Cavallo en el final de su gestión, presumía entre sus conocidos de su capacidad para pasar desapercibido. “Sacarme una foto es como pegarme un tiro en la frente” afirmaba. En el verano de 1996, el fotógrafo José Luis Cabezas lo capturó caminando por la playa junto a su esposa, en una imagen que fue tapa de la revista Noticias.

Un año después, Cabezas y el periodista Gabriel Michi fueron a cubrir la fiesta de cumpleaños que Andreani hacía en su casa y que se había convertido en uno de los eventos sociales más destacados de cada temporada. Salió de allí en la madrugada del 25 en su Ford Fiesta rumbo a su hotel. En el camino fue interceptado y reducido por un grupo de ex policías y delincuentes que respondían al jefe de seguridad de Yabrán. Trasladaron a Cabezas a una cava de arena abandonada en el partido de General Madariaga, a pocos kilómetros de Pinamar. Allí lo encontraron muerto, dentro de su auto incendiado, con una bala en la cabeza.

Regreso a las bases

“El poder es impunidad”, dijo en una entrevista periodística. El lapsus revelaba lo que Yabrán pensaba, y esa idea fue su perdición. Asociaba el poder a estar más allá de la ley que regía para el resto de los mortales. El homicidio de Cabezas puso a prueba esa concepción.

El lema “No se olviden de Cabezas” apuntaba a recordar cuáles eran las bases sobre los que se asentaba el orden jurídico. Las tipificaciones del Código Penal pero, sobre todo, principios rectores de la vida cívica como el de la igualdad ante la ley.

Los responsables materiales del homicidio fueron juzgados, condenados y encarcelados. Acorralado, Alfredo Yabrán se suicidó.

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Lo único positivo que puede generar un homicidio es la transformación de las condiciones que lo hicieron posible para que, de ese modo, nunca más se repita. La muerte de Cabezas evitó muchas muertes.

América latina es una de las regiones más riesgosas para los periodistas. Más de 200 fueron asesinados desde 1997. Decenas en México, Honduras, Colombia, Brasil. Ninguno en la Argentina.

Una de las definiciones de periodismo, encarnada por José Luis, es la que lo concibe como el ejercicio de mostrar lo que el poder no quiere que se muestre. La impunidad exige una prensa estéril, germina en la oscuridad.

El 25 de enero de 1997, el periodismo, la política, la Justicia se enfrentaron con el desafío que planteaba el cuerpo de Cabezas. Pero fue la sociedad en general la que, entre la anestesia del olvido y las tensiones de la verdad, optó por reclamar el esclarecimiento de un crimen que amenazaba con quebrar los presupuestos de su esquema de convivencia.

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