REFERENTE. Jairo “El Mago” Saavedra, presidente de La Mona 44 y uno de los nombres que sostienen la identidad del club. LA GACETA / Foto de Benjamín Papaterra
Perico respira fútbol. No como una consigna turística, sino como una forma de habitar la ciudad. En la previa de la final por la Región Norte del Regional Federal Amateur entre Tucumán Central y Talleres de Perico, esa identidad se vuelve visible: las calles se tiñen de azul, las camisetas aparecen en cada esquina, los murales cuentan historias y la gente habla de fútbol como si hablara del clima. Es una marea que avanza lenta, al ritmo de bombos y canciones repetidas de memoria, como un río que cruza la ciudad sin pedir permiso. Perico es futbolero, pero también conserva ese espíritu de pueblo que hace que todos se conozcan, que cada historia tenga nombre y apellido, y que los clubes sean mucho más que un resultado del domingo.
En ese entramado íntimo, en el que el fútbol funciona como refugio social, nació una de las historias más particulares del deporte jujeño: la de la Asociación Atlética La Mona 44. Un club que no surgió de un proyecto ambicioso ni de una estructura formal, sino de un grupo de amigos, de la pasión compartida y de una identidad popular que mezcla barrio, música y pelota. La Mona 44 fue fundada el 11 de enero de 2001 y desde entonces se convirtió en una rareza entrañable dentro del mapa futbolero de Perico.
El nombre ya anticipa que no se trata de un club convencional. “La Mona” es un homenaje directo a Carlos “La Mona” Jiménez, ícono del cuarteto cordobés y símbolo de una cultura popular que atraviesa generaciones. El “44”, en cambio, remite al año de fundación de Talleres, el otro gran amor de sus fundadores. De esa combinación nació una identidad propia, tan particular como firme, que con el tiempo bautizó también a su gente: “Los Monos”, o simplemente “los Moneros”.
El ídolo
Durante años, La Mona 44 participó en ligas departamentales, casi como una extensión del potrero. “Siempre se jugó en ligas cercanas hasta que pudimos dar el salto”, recuerda Jairo “El Mago” Saavedra, actual presidente del club. “Después, hace unos cuatro años, decidimos entrar a la liga departamental del Carmen, casi para ver qué pasaba. Y de golpe nos encontramos con inferiores, con femenino, con muchos chicos, y ya no lo podíamos dejar”, explica. La Mona dejó de ser sólo un equipo y pasó a ser club, con todo lo que eso implica: responsabilidades, contención social y un compromiso que va más allá de la cancha.
Jairo conoce esa historia desde adentro. Fue jugador de los dos clubes más importantes de Perico y hoy conduce a La Mona 44. Antes fue vicepresidente y futbolista. En una de sus pantorrillas lleva tatuado el escudo de La Mona. No es un gesto decorativo: es una marca identitaria. En la tarde previa a la final de Talleres, espera el partido en su casa, junto a su familia, con la tranquilidad de quien entiende que el fútbol también se disfruta desde otros lugares.
FOLKLORE. Héctor “Ruli” Cruz (izquierda), fundador de la institución, caracterizado como Carlos “La Mona” Jiménez, en una postal de los primeros años. LA GACETA / Foto de Benjamín Papaterra
“No hay rivalidad con Talleres”, aclara. “Seguimos siendo hinchas. Hoy juega el club y seguramente estaremos todos ahí. Son dos clubes periqueños y lo importante es la contención que hacen”, indicó. En una ciudad pequeña, con alma de pueblo y los clubes cumplen un rol social clave. La Mona 44 lo sabe bien: gran parte de sus jugadores son chicos de escasos recursos, jóvenes que encuentran en el club un espacio de pertenencia y una oportunidad para crecer.
Sostener eso no es sencillo. La Mona 44 no tiene cancha propia. A veces hace de local en el predio del Hotel Los Arcos; otras, debe buscar distintos escenarios para poder jugar. Entrenar también implica adaptarse, compartir espacios, improvisar horarios. “Eso te obliga a mover toda la delegación todos los fines de semana. Un día estás en una cancha, otro día en otra”, explica Jairo. El sueño es claro y se repite como una promesa a futuro: tener un predio propio. No sólo para competir, sino para construir sentido de pertenencia.
La historia deportiva del presidente también se mezcla con la memoria colectiva de Perico. Jairo debutó en Talleres en 2006, con apenas 15 años. “Creo que fue contra Unión de Sunchales. Antes habíamos perdido con Atlético Tucumán en cancha de Gimnasia”, recuerda. Jugó el Argentino A, enfrentó a Atlético, a San Martín, a equipos de Salta. Hoy esos recuerdos vuelven en videos que circulan por redes sociales, en charlas de café, en la nostalgia de una ciudad que aún recuerda cuando los grandes del norte visitaban Perico.
Jugaba de volante creativo, por derecha, por izquierda, por el medio. El apodo “El Mago” nació casi sin explicación, puesto por periodistas locales, y quedó para siempre. Como quedaron también los nombres que construyeron La Mona 44 desde sus cimientos.
Particularidad
Uno de ellos es Héctor “Ruli” Cruz. Carnicero, fanático de La Mona Jiménez, uno de los fundadores del club y personaje inolvidable de los primeros años del siglo. Se vestía como el cantante, pedía trajes similares a los de los recitales y tenía el mismo peinado. Organizó gran parte de la vida del equipo en sus inicios. Falleció en 2004 y nunca pudo ver campeón al club que ayudó a crear.
Su hijo Matías lo recuerda con una sonrisa. “Cuando jugaba Talleres, mi papá se iba a la tribuna visitante. Una vez, cuando vino Atlético, la barra de Talleres le quiso pegar. Él hacía eso para sumar folklore, no porque quisiera que a Talleres le vaya mal”, dice. En aquellos primeros años, incluso, vestía a los jugadores con camisetas de Gimnasia, porque él era hincha del “Lobo”. El club se llamaba simplemente La Mona. El 44 llegó después, como homenaje a Talleres, cuando otros tomaron la posta tras su muerte.
Metas
La Mona 44 tuvo su gran alegría en 2022 y clasificó al Regional Federal Amateur, cuando ganó la Copa Jujuy. Fue un premio a años de esfuerzo silencioso, de trabajo a pulmón. “Estar al frente de un club es muy difícil”, admite Jairo.
El sueño del predio propio aparece como horizonte. No sólo para competir mejor, sino para dejar algo. “Quizás nosotros ya no estemos acá, pero sería para la ciudad, para los chicos, para nuestros hijos”, reflexiona Jairo. La Mona 44 piensa en futuro, aunque camine con los pies en el barro del presente.
Mientras Perico vibra con otra final y la marea azul vuelve a cubrir las calles, La Mona 44 sigue su camino. Sin cancha, pero con identidad. Sin grandes presupuestos, pero con historia. Un club que nació del barrio, del folklore y de la música.






















