Juan Marcotullio
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“Farsa y justicia del señor Corregidor” es una obra teatral de Alejandro Casona. Hace ya unos cuantos años (allá lejos y hace tiempo), siendo alumnos de quinto año de mi colegio, el Sagrado Corazón, pusimos en escena esta obra durante la tradicional semana del colegio. Teníamos 17, algunos 18 años.
La dirección estuvo a cargo del señor Jorge Scanavino, quien había integrado el elenco, junto a Ricardo Salim, de “El hombre de La Mancha”, dirigida por Boyce Díaz Ulloque y puesta en escena en el Teatro Alberdi. Scanavino accedió generosamente a dirigir a nuestro grupo actoral juvenil, y aquella experiencia resultó tan enriquecedora como inolvidable.
El club colegial, presidido entonces por Sergio Díaz Ricci, organizó la semana, y en “Farsa y justicia del señor Corregidor” actuaron de manera impecable Hugo Altieri, Julio Cainzo, Roberto Tejerizo, Orlando Ruiz, Pedro Molina y Julio Casacci.
A la distancia, y con una nostalgia inevitable, siento que aquella vivencia, tan intransferible como lo es el hecho teatral, caló hondo en cada uno de los que participó.
Recuerdo que la obra fue ensayada decenas de veces. En muchos de esos ensayos, algunos oficiábamos de espectadores atentos, señalando detalles, puliendo escenas o realizando críticas constructivas para que la puesta saliera lo mejor posible. Y así fue: la función salió impecable. Nuestro eterno agradecimiento a quien se brindó con compromiso y generosidad para dirigir al grupo, Jorge Scanavino.
Pero cabe preguntarse: ¿quién fue Alejandro Casona para que eligiéramos una obra de su autoría? Pues bien, Alejandro Rodríguez Álvarez, conocido como Alejandro Casona, fue un dramaturgo y maestro español de la Generación del 27 y que con el estallido de la Guerra Civil española debió interrumpir su carrera en su país, exiliarse y continuar su labor lejos de su tierra natal. Pasó por México, Costa Rica, Venezuela, Perú, Colombia y Cuba, hasta llegar finalmente a la Argentina en 1939.
Tuvo una prolífica labor productiva en nuestro país y recién en 1962 regresó a España. Falleció en Madrid el 17 de septiembre de 1965. Obras como “La barca sin pescador”, “Los árboles mueren de pie” y “Farsa y justicia del señor Corregidor”, incluida en “Retablo jovial”, forman parte destacada de su producción teatral.
Con el paso del tiempo, creo que vale la pena volver sobre estas experiencias. No desde una nostalgia estéril, sino desde la certeza de que el teatro, aun el teatro escolar, deja huellas profundas. No se trata sólo de aprender un texto o de subirse a un escenario, sino de escuchar al otro, de respetar tiempos, de asumir una responsabilidad compartida y de comprender que una obra sólo funciona cuando cada parte sostiene al conjunto.
Tal vez para los jóvenes de hoy esta experiencia pueda seguir siendo una puerta abierta. Que no intimide la idea de acercarse a autores clásicos del siglo XX, del XIX o incluso a Shakespeare. Que no haya reparos en animarse a decir palabras escritas hace décadas o siglos, porque en ellas siguen latiendo las mismas preguntas humanas. Para quienes sientan, aunque sea de modo incipiente, una vocación artística, o simplemente el deseo de probar algo distinto, el teatro continúa siendo una escuela silenciosa y poderosa: de sensibilidad, de disciplina y, sobre todo, de humanidad.












