“Tafí nos enamoró”: viajaron desde La Matanza y el Seven los hizo quedarse un poco más
A veces los imprevistos acomodan mejor las cosas que cualquier plan. Una familia de La Matanza llegó a Tucumán con la intención de cumplir un deseo largamente postergado: ver por primera vez en vivo el Seven de Tafí del Valle. Un problema con el vuelo terminó siendo la excusa perfecta para quedarse más días y redescubrir, o confirmar, algo que ya sentían: Tafí no se visita, Tafí se elige.
Sí, en un recorrido de LA GACETA aparecieron ellos: Padre e hijo. Mate en mano, atentos al juego, disfrutando el clima y el espectáculo. Para uno era la primera vez; para el otro, el reencuentro con una pasión que hasta ahora solo había seguido por pantalla.
El rugby fue el disparador. El formato dinámico, los partidos cortos, la intensidad constante. “No hay que esperar, arranca uno y sigue otro”, comentaban durante el móvil de nuestro diario, todavía sorprendidos por la velocidad del torneo. No hablaban de camisetas ni de resultados: hablaban del juego, del clima, del ritual compartido.
Pero el Seven fue apenas una parte del viaje. Tafí del Valle hizo el resto. Para uno de ellos, hijo de tucumanos, el lugar tiene algo más que paisaje: es memoria, raíces, una historia familiar que lo conecta con Las Carreras y El Potrerillo. Vivió siempre en Buenos Aires, pero no dudó al decirlo: “Si tuviera la posibilidad, me radicaría acá”.
El otro, más joven, miraba Tafí con ojos de turista: lo limpio, lo cuidado, lo caminable, lo distinto. Le gusta, le atrae, aunque la idea de empezar de nuevo lejos de amigos todavía pesa. Igual, reconoce el encanto.
Cuando llega el momento de definir, no dudan. Tafí es “esplendoroso”, “magnífico”, un lugar para vivirlo y transitarlo. El Seven, simplemente, se disfruta. Sin demasiadas vueltas. Como todo lo que vale la pena.
El vuelo reprogramado los obligó a quedarse hasta el martes. Nadie se quejó. Al contrario: el error terminó siendo un regalo.

















