La capacidad de formalizar, es decir buscar y eventualmente encontrar relaciones, reglas y estructuras, es una ventaja superlativa de la especie. Gracias a eso pensamos, anticipamos y organizamos la vida común. El problema no es formalizar, sino su forma patológica: cuando esa misma capacidad se aplica sin medida y produce situaciones perfectamente coherentes, pero ya absurdas.
Es un peligro por caso encontrarse con un kiosquero digamos coherentista, es decir que siempre está en la crítica de cómo se relacionan las ideas y las acciones y justificaciones. Verán que es fácil de identificar. Los del barrio saben que no hay que decirle nada. El problema es cuando cae un pobre transeúnte. Uno que, digámoslo así, entra sin pensar y pide un alfajor.
—¿Está usted a favor del sistema? —pregunta el kiosquero.
Se ríe. Mira alrededor, atrás la gente curtida en el arte le mueven la cabeza al cliente paloma con fuerza, como diciendo no lo hagas.
—¿Qué sistema? El kiosquero suspira, feliz. Los otros clientes relinchan ante tamaña ingenuidad, tanto candor.
—El sistema de preferencias. A ver: di usted pide un alfajor, en ese acto presupone una serie de cosas a las que debe asentir a la vez que lo abre. Me refiero a confianza en la marca, aceptación del precio, expectativas razonables de placer, legitimidad del fabricante, continuidad del sabor en el tiempo, identidad, fetichismo de la mercancia. Además de goloso. Todo eso no puede quedar implícito.
—y sí…deme cualquiera.
La gente se golpea la frente.
—Imposible —dice el kiosquero—. Cualquiera no es un criterio. Requiere un conjunto de referencia. ¿Cualquiera respecto de qué sistema de clasificación? ¿Precio, tamaño, relleno, cobertura?
El ciudadano se retira. El kiosquero asiente y lo despide con voz alta:
—¡El sistema también contempla la renuncia. Es uno de sus casos límite!
Mira al público risueño y pregunta quién sigue.
Esta enfermedad de la formalización tuvo a Kurt Gödel como uno de sus pacientes más dilectos. Gödel fue un genio matemático irrepetible pero también un hombre excéntrico, hipocondríaco y paranoico único. No sin razones: en 1936 un estudiante mató a uno de sus mayores referentes, Moritz Shlick , cuando éste iba a dar clases. El asesino, un estudiante llamado Hans Nelböck dijo haberlo hecho “por difundir ideas antimetafísicas que minan la moral y la cohesión de la vida”, además de quedar rotulado de judío por su amistad con Einstein y su trabajo bajo la dirección de Hans Hahn. Se exilió en Estados Unidos; fue el propio Albert Einstein quien hizo todos los trámites posibles para que ingresara al Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. Decía Einstein que iba a su oficina “solo para tener el privilegio de caminar a casa con Kurt Gödel”.
Cuando llegó el momento de su audiencia de naturalización estadounidense, Gödel alarmó a sus gestores —Einstein y Oskar Morgenstern— al anunciarles que había encontrado una falla lógica en la Constitución: era posible, a partir de ciertas cláusulas de enmienda, que una dictadura surgiera por medios perfectamente legales. Le dijeron que no se le ocurra abrir la boca ante el juez Phillip Forman.
El juez lo recibió con amabilidad. Conocía la historia de Kurt, llena de exilios y amarguras. Quiso tranquilizarlo diciéndole que era la tierra de los libres, un país donde no podría ocurrir jamás una dictadura como las que Gödel había vivido en Austria y Alemania.
El lógico no pudo contenerse.
—Al contrario —dijo—. Yo sé cómo eso puede pasar.
Einstein, rápido como la luz (perdón el chiste) hizo un comentario risueño y junto a Morgenstern le cambiaron de tema al juez y la nacionalización fue un éxito. Así las cosas, los últimos 30 años de su vida transcurrieron en suelo americano, donde falleció en 1978. Decía que iba a morir envenenado, así que comía sólo lo que su esposa Adele Nimbursky Porkert le cocinaba. Durante una larga internación de Adele en el 77, dejó de alimentarse y murió por esa razón.
La formalización y la coherencia (una de sus hijas predilectas) son una ventaja extraordinaria para la humanidad. Pero parece generar horribles absurdos cuando se exige rigor lógico a las personas y a (por lo menos) algunas democracias .






















