"Me escapaba para venir": las confesiones de Aníbal Terán, la figura del rugby que brilla en el fútbol de las Intervillas
Fue wing de Los Naranjas y Los Pumitas, pero admite que su "primera pasión" siempre fue la redonda. A los 45 años, brilla en el equipo de veteranos de Tafí A y recuerda las picardías que hacía para no perderse el torneo donde es feliz.
INTACTO. Aníbal Terán no perdió el ritmo y conserva el despliegue físico que lo caracterizó en su carrera. SANTIAGO GIMÉNEZ / LA GACETA
Aníbal Terán recorre las canchas de las Intervillas con una naturalidad que sorprende. Puede sonar paradójico, pero lejos de las canchas de rugby que lo vieron brillar como wing de Los Naranjas y de Los Pumitas, parece haber encontrado allí, entre líneas de cal, camisetas transpiradas y saludos repetidos, un lugar propio. En Tafí del Valle no hay tribunas multitudinarias ni himnos, pero sí algo que se le parece bastante a la pertenencia.
Minutos después del triunfo de Tafí A sobre Tafí B por 3-2, en el partido inaugural del torneo de veteranos, una charla con LA GACETA termina de darle sentido a esa primera impresión. A los 45 años, Terán fue una de las figuras del encuentro, pero sobre todo fue un protagonista cómodo, suelto, como si ese escenario hubiera sido siempre parte de su recorrido. Y, en cierto modo, lo fue: el fútbol, confiesa, siempre fue su primera pasión.
Escapadas y una pasión "prohibida"
La historia de Aníbal en las Intervillas es casi tan larga como la del torneo moderno. “Juego desde hace más de 20 años. Empecé de pibe, cuando tenía 20 o 21, allá por el 2000 o 2001”, recuerda. Sus palabras abren una postal de otro Tafí, más rústico y autogestionado. “Nosotros mismos hicimos la cancha de fútbol en ‘El Churqui’, donde estaba la de polo. Cavamos los pozos para los arcos, la marcamos nosotros… El pasto estaba impresionante, parejito. Estábamos orgullosos de esa cancha”, cuenta.
Ese entusiasmo convivía, por entonces, con una exigencia máxima. Terán era jugador de alto rendimiento en el rugby tucumano, pieza estable del seleccionado y de Tucumán Rugby. “Era complicado. A fines de enero ya estaba en plena pretemporada. Jugar las Intervillas era medio una falta de respeto para el plantel, porque si me lesionaba era un problema serio”, admite con una sonrisa. Aun así, se las ingeniaba. “A veces me escapaba calladito, jugaba y me iba. Alguna vez me delataron porque salí en una foto en el diario y se enojaron… pero era muy divertido”, dice entre risas. Tras su retiro del rugby, en 2011, ya sin culpas ni escondites, empezó a disputar casi todas las ediciones completas.
El repaso por su carrera ovalada aparece inevitablemente. Los Pumitas, un Sudamericano, más de una década en Los Naranjas, siempre por la punta. “Me quedó la espina de que me bajaron de la última lista para el Mundial juvenil. Fue una decepción grande”, reconoce. Pero el balance es sereno, sin cuentas pendientes. “El rugby es un deporte espectacular, completo en valores, educación y amistad. Es como una segunda casa y estoy feliz de haberlo jugado”, revela.
Sin embargo, cuando habla de fútbol, algo cambia en el tono. “Siendo sincero, es mi primera pasión. Soy enfermo de Racing y del 'Deca'”, confiesa. De chico quiso ser futbolista, incluso probó suerte en Atlético, pero la doble escolaridad lo dejó al margen. A los 15 años el rugby empezó a marcar el camino y el resto es historia conocida. Hoy, en cambio, disfruta del fútbol amateur con una intensidad particular. “Es competitivo, divertido y se juega con amigos. Me muevo de delantero o en el medio; es muy dinámico”, detalla sobre su lugar en la cancha de "11".
El cuerpo, pese a los años y al kilometraje, responde. Aunque, paradójicamente, las lesiones más graves llegaron con la pelota redonda. “En el fútbol me rompí los cruzados, el tendón de Aquiles y me fisuré la muñeca. En el rugby, lo máximo fue algún esguince o golpe”, enumera, casi como una anécdota más.
El legado de las Intervillas
Cuando se le pregunta qué hace tan especiales a las Intervillas, la respuesta va más allá del resultado. “Está la competencia entre las villas, que es fuerte. En veteranos, Tafí A y Raco A ya es un clásico. Pero lo más importante es mantener el espíritu de las villas veraniegas”, explica. Y ahí aparece el verdadero núcleo del evento. “Ver que los hijos y nietos de los fundadores siguen disfrutando de esto es espectacular. El club está hermoso y uno ya espera que llegue febrero para vivir las olimpiadas”, cierra.
Aníbal Terán se despide y vuelve a caminar entre las instalaciones del Club de Socios donde, cerca de la cantina, lo espera su equipo para celebrar el tercer tiempo. Ya no lo sigue un scrum ni una tribuna llena, es cierto, pero sí un entorno que lo reconoce y lo contiene. En las Intervillas, su historia no se mide en caps ni en tries, sino en continuidad, en memoria y en el simple gesto de volver cada año. Tal vez por eso, aunque lejos del rugby de élite, parece estar exactamente donde alguna vez soñó.




















