IMPOTENTE. Kevin Ortiz pierde la pelota frente a Manuel García, una postal que se repitió durante toda la tarde.
La intensidad sin ideas no tiene destino. No se traduce en resultados ni gana partidos. Y para Atlético Tucumán, esa premisa parece un ciclo sin fin: corre como un maratonista, acelera como un automovilista, pero duda cada vez que el partido le exige tomar decisiones. Como si las ideas se le nublaran cada vez que el rival lo pone contra las cuerdas y lo obliga a buscar otros caminos para lastimar. Sarmiento hizo exactamente eso. Salió a disputar el partido desde el inicio, golpeó rápido con un gol de Junior Marabel, amplió la ventaja por medio de Diego Churín y terminó ganando 2-1 en Junín. Es cierto: el “Decano” de Hugo Colace intentó reaccionar en el segundo tiempo, pero recién tomó la iniciativa cuando se vio en aprietos. Antes, fue un equipo errático, desordenado y sin claridad para asumir el control del juego, repitiendo el mismo mal que ya había mostrado en el inicio del Apertura: correr por correr.
Colace sostuvo la misma tesis de los duelos anteriores: un 4-3-3 bien definido. El único cambio con respecto al último partido fue el ingreso de Gabriel Compagnucci en lugar de Franco Nicola. Sin embargo, con el correr de los minutos, Atlético volvió a hacer aguas en las mismas facetas que lo persiguen desde el comienzo del campeonato. Intentó atacar de manera directa, buscó ser vertiginoso y acelerar cada avance, pero cuando se le quemaron los papeles no encontró cómo dar vuelta la página.
El problema no estuvo en la intención, sino en la falta de mecanismos. Cuando el plan inicial perdió sorpresa, el equipo quedó sin respuestas colectivas. Como si dependiera casi exclusivamente de alguna pincelada de Nicolás Laméndola o de que Renzo Tesuri encontrara un pase filtrado aislado para los delanteros, Atlético terminó buscando soluciones individuales para un problema estructural. Una vocación que no forma parte de su naturaleza ni de su funcionamiento, y que explica por qué la intensidad, cuando no está acompañada de ideas, termina siendo apenas un gesto vacío.
Esa frustración de que el plan no saliera como se esperaba se notaba en los rostros del “Decano”. Sarmiento, en tanto, capitalizó ese estado emocional y lo tradujo en goles. Tras una gran jugada colectiva, Julián Contrera lanzó un centro preciso que Marabel empujó al gol. Fue una señal clara de que Atlético estaba golpeado.
El segundo tanto profundizó aún más esa sensación: Churín recibió la pelota y logró girar ante la marca de tres jugadores del “Decano” (Kevin Ortiz, Gianluca Ferrari y Leonel Di Plácido) para definir con autoridad. La imagen fue elocuente: parecía un equipo vencido cuando todavía quedaba gran parte del partido por delante. Y el fútbol lo demuestra una y otra vez: el 2-0 es un resultado remontable, y los ejemplos sobran.
En el inicio del segundo tiempo, Atlético mostró otra cara. Sin demasiada claridad colectiva, pero con empuje y algunas acciones individuales que invitaron a creer. El ingreso de Gabriel Abeldaño y la conformación de un doble “9” le dieron mayor peso ofensivo al equipo, mientras que Lautaro Godoy aportó algo más de lucidez en los metros finales. A eso se sumó el descuento de Maximiliano Villa, que llegó tras un centro de Godoy y un cabezazo certero de Leandro “Loco” Díaz, para volver a poner al “Decano” en partido.
El resultado, sin embargo, deja más dudas que certezas de cara al futuro. ¿Cómo hará Colace para transformar intensidad en control? ¿Puede el doble “9” ser una solución sostenida o apenas un recurso circunstancial?
Atlético mostró que correr no le alcanza y que reaccionar tarde tiene un costo alto. El desafío, de ahora en más, no será acelerar más, sino pensar mejor. Porque la intensidad, cuando no está acompañada de ideas, no solo no tiene destino: también termina agotando cualquier ilusión.





















