El primer festejo del árbol fue el 8 de julio de 1901, cuando hubo una masiva plantación en las calles, según cuenta Carlos Páez de la Torre (h) en “El primer Día del Árbol” (02/03/2019). Los alumnos de la escuela Normal y de otros establecimientos plantaron junto al Gimnasio (hoy Centro de Salud) un laurel traído de Yerba Buena, en homenaje a Juan Bautista Alberdi. Después cada escuela aportó un acta que todas colocaron en un bote de cristal que fue enterrado junto al laurel. Más tarde se plantaron palmeras en la escuela Monteagudo. “Miles de árboles se plantaron en un mismo día por niños de escuelas públicas en todo el pueblo de la provincia”, dice la nota.
Verdadero culto
La ceremonia se repitió constantemente a lo largo de las décadas. Aunque cambió la fecha del día del árbol. El 24 de junio de 1922 se publicó que autoridades y niños de las escuelas de Tucumán plantaron 2.230 árboles. “La función del árbol en la sociedad es múltiple y su importancia es capital para el desenvolvimiento del hombre en la sociedad de los pueblos”, dice la crónica, y recuerda: “el Pino de San Lorenzo, donde reposara San Martín, el Pacará de Tucumán, que cobijó a Belgrano durante los combates contra las fuerzas realistas del general Tristán…”. Los árboles tucumanos han sido célebres por su tamaño, su frondosidad y la calidad de sus maderas. Y muchos han quedado registrados en la crónica histórica. Además del pacará de Belgrano (que estaba en la esquina de la hoy San Martín y Catamarca), estaban el tarco de la plaza Belgrano que elogiaba Nicolás Avellaneda y la alameda de álamos y mirtos que menciona Alberdi en la plaza Belgrano. Cuenta Páez de la Torre en “Árboles con historia” (“La Tarde”, 17/04/1986) que había un verdadero culto al árbol fomentado por el Estado, y que anualmente daba lugar a la plantación de miles de ejemplares. En su libro de viajes de 1861 el médico italiano Pablo Mantegazza dice que ”la provincia de Tucumán ha ganado el nombre de Jardín de la República, y bien lo merece, por la vegetación lujuriante que cubre sus cerros con espléndido verdor…”.
Tributo al progreso
En el Día del Árbol de 1919 José R. Fierro hizo una evocación de los árboles característicos de la ciudad, de cuando “se designaba cariñosamente a las calles de la ciudad por sus árboles característicos”. Todos los ejemplares evocados, excepto el San Antonio de la Escuela Sarmiento, desaparecieron. “Pagaron su tributo al progreso moderno”, dijo Fierro, recordando con “gratitud“ al intendente Zenón Santillán quien no sólo arboló la ciudad sino que salvó “del hacha de los ingenieros” a muchos árboles en trance de ser talados por las obras en las calles.
La expansión de la industria y la agricultura fueron en detrimento de los frondosos bosques tucumanos. Juan B. Terán, que amaba los árboles, advertía de la degradación de las yungas por la industria maderera. Siendo diputado, en 1914, propuso leyes (que no se adoptaron) para proteger el bosque y para que cada dueño de casa se hiciera responsable de cuidar el árbol de su vereda. En la Fiesta del Árbol de 1916 dijo que “Tucumán es un oasis debido a la montaña y los bosques… La montaña detiene los vapores del Atlántico y los condensa, y de la lluvia ha surgido el bosque que mantiene la humedad, refresca el clima y enriquece el suelo” (cita de Carlos Páez de la Torre (h) en “Importancia del árbol”, 15/11/05).
Palabras vacías
Un siglo después, la realidad es otra, aunque los niños nunca dejaron de plantar y en las palabras de los funcionarios se ha mantenido el elogio del árbol, con intenciones que cada vez fueron quedando más vacías, porque nunca llegaron a hechos. No sólo hay que plantar los árboles; también hay que cuidarlos. El caso más representativo de esta contradicción fue el anuncio de 2017, durante el gobierno de Juan Manzur, de que se iba a plantar un árbol por cada tucumano hasta 2019 y se decía que iban a ser 1,5 millón de ejemplares. En 2020 había sólo 50 árboles de muestra de esa iniciativa.
Hoy tenemos déficit de árboles. Cuando fue la terrible emergencia de 2017 en La Madrid, el río San Francisco, salido de cauce y desviado por un canal artificial hacia el río Marapa, inundó todo el pueblo del sureste tucumano. Entonces se advirtió que a lo largo de 20 años se habían talado miles de kilómetros cuadrados de bosques desde los cerros de Catamarca hasta los humedales de la zona de La Madrid, que habían desaparecido. Antes esa vegetación había contenido en el sur los torrentes generados por las poderosas tormentas tucumanas. En el gran trabajo de investigación que se hizo después de la desgracia de La Madrid se contempló reponer los humedales y tratar de reforestar hacia la montaña.
Pero para eso había que convencer a los productores y a las comunidades. Apenas se hicieron algunas pruebas, porque todo ese esfuerzo quedó en el diagnóstico y como en los años subsiguientes no hubo tormentas en el sur que causaran tanto daño, todo quedó en la nata. Pero la fuerza de las tormentas tucumanas vuelve periódicamente. Ahora les tocó a Villa Chicligasta, Atahona y Lules.
Recuperar bosques
De estas emergencias se conocieron ahora dos propuestas singulares: una es del doctor en Biología Juan González, que sugiere forestar los costados de las rutas y caminos. Dice que hay unos 2.000 kilómetros de caminos. “Considerando una densidad moderada de plantación -un árbol cada 10 metros por lado- se requerirían aproximadamente 200 árboles por kilómetro, lo que representa del orden de 400.000 a 450.000 árboles para una intervención a escala provincial”. La otra es del doctor en Ciencias Biológicas Edgardo Pero, que propone la recuperación de bosques ribereños como herramienta para mitigar inundaciones y frenar la erosión de los ríos. Dice que se ha hecho en los últimos tres años un proyecto piloto con productores en Simoca para reforestar y que eso ayude a enlentecer el avance del agua.
Ambos hablan de árboles nativos para esta tarea. Pero elogia el valor del sauce criollo en las riberas. González dice que incluso se pueden crear viveros comunales y municipales. “Invertir en rutas y árboles al mismo tiempo es invertir en futuro, trabajo y arraigo”, dice.
No es la solución completa, que seguramente ha de llegar con infraestructura y técnica, además de la reforestación. Pero es como si volvieran al respeto al árbol del origen de esta sociedad y parece ser el punto de partida, si siempre se dice que la deforestación es lo que ha ayudado a estos desastres naturales. Es como la “Navaja de Ockham” en la prevención ambiental: la explicación más sencilla suele ser la más probable.
















