Karina, Adorni y Javier Milei
Por Hugo E. Grimaldi
La semana que se cierra volvió a girar alrededor del Jefe de Gabinete del gobierno de Javier Milei, un funcionario que pasó de ser un mediocre portavoz a convertirse en símbolo del desgaste. En la práctica, Manuel Adorni funciona hoy como un jarrón chino del Gobierno: una pieza incómoda que nadie sabe dónde ubicar, pero que el Presidente se empeña en conservar. De ahí, que todo el episodio referido a su patrimonio, con el emperramiento presidencial incluido, hoy se parece más a una careteada política que a una redefinición efectiva del poder.
El funcionario encarna no solamente la altanería que irrita a los periodistas, sino también una sospecha que excede las investigaciones de la Justicia: el contratista que refaccionó su casa lo señaló como “evasor” y esa falla moral, que se observa antes de que la Justicia diga lo suyo, la sociedad la traduce en bronca. El blindaje del Presidente, con frases que lo atan a su suerte no logró hasta ahora torcer esa percepción y, al sostenerlo, ha dejado a su gobierno atrapado en la idea de que la corrupción ya no es ajena sino propia.
La magnitud del problema excede al Gobierno y lo deja a Milei en un offside tan grande que no necesita VAR, porque la sociedad marca en Adorni cierta desconfianza hacia el propio Presidente y ha empezado a revivir el ciclo de amor-odio que tiene antecedentes ingratos en la política argentina y que ha derrumbado proyectos anteriores. Milei insiste en que la oposición, la prensa ensobrada, los econochantas y los empresarios prebendarios son los que manipulan a la gente, pero hace más de dos meses que no encuentra cómo torcer la situación. Los insultos o las salidas de caja no le devuelven tampoco credibilidad.
Al respecto, el Presidente debió bajar un poco el copete en la semana y reconocer algo que esta misma columna y muchos colegas y economistas vapuleados por él han dicho: que “se frenó la actividad”, que “cayó el salario real” y que hubo “un salto en la tasa de inflación”. Así mismo lo dijo, aunque sin mencionar que quienes describían la situación estaban en lo cierto. Por supuesto que atribuyó parte de la situación a la crisis financiera y política generada desde afuera de su gobierno, lo que definió como un “intento de golpe de Estado”. Otro tic de los presidentes: la culpa siempre es de los demás.
Lo que parece suceder es que todos aquellos recursos de “acting” personal ya no le generan a Milei rédito político y que el gobernante siempre se debe someter a la realidad. Durante los primeros meses, la narrativa victimista le permitió consolidar apoyos, pero hoy se percibe como gestos vacíos que no resuelven los problemas de fondo. Al insistir en darle tanta entidad a Adorni, el Presidente se ha quedado sin una estrategia alternativa y transmite la imagen de un Gobierno que resiste por inercia. La bronca social no se disipa con gritos ni con salidas de caja y cada semana que pasa sin un giro real se profundiza la distancia con los votantes.
Lo concreto es que hoy la bronca de buena parte de la sociedad es con el Gobierno todo y cada vez que se insiste en sostener lo insostenible, el contrato social se resquebraja un poco más. Si es cierto que el Presidente prefiere “perder una elección” –como parece ser que dijo- antes que entregar a colaborador tan cuestionado, eso equivale a admitir que la lealtad personal pesa más que la transparencia prometida a la sociedad que lo eligió. Punto en contra –y de fondo- para Milei.
Desde lo práctico, lo que se observa es que toda la energía invertida en defender lo indefendible ha paralizado la gestión y así, el “pecado” de Adorni ha dejado de ser suyo para convertirse en una carga colectiva que termina pagando toda la sociedad que al día de hoy ya no distingue entre la falla moral de un funcionario y la incapacidad del Presidente para corregirla. Pero. además, como todo aquel que es designado no se somete a las urnas, entonces el golpe político recae fatalmente sobre quien lo eligió y en este contexto, mantenerlo no mejora la situación. Tener la fortaleza de cortar el drenaje no es tibieza, como cree el Presidente de la “emocionalidad importante”, sino realismo.
De lo que se trata es de comprender que la integridad del funcionario es indivisible y que la lealtad personal, cuando ignora la ejemplaridad pública, se transforma en un error estratégico que agota el capital político. Así, el colaborador de confianza pasa a ser un lastre y arrastra la credibilidad de todo el Gobierno hacia las profundidades porque el cuestionamiento moral inhabilita más que el penal. Lo cierto es que mientras el caso judicial depende de los tiempos de los tribunales de Comodoro Py, lo ético impacta en tiempo real sobre la confianza social.
Dicen en su entorno que fue este último punto la viga maestra de lo que Patricia Bullrich esgrimió como argumento cuando le pidió a Adorni que presente rápido la Declaración Jurada, algo de lo que Milei no ha querido ni escuchar porque vé detrás de cada cortinado un enemigo o al menos a alguien que podría hacerle sombra. Aunque sus allegados lo minimizan, la senadora aspira a ser Jefa de Gobierno porteña, un traje que los Milei reservaban para Adorni, pero que ahora quedó en desuso. Entre Bullrich y la reaparición de Mauricio Macri, a los Milei se les hicieron “los rulos”, diría CFK.
Las mediciones de opinión pública traducen muy bien todo lo que está pasando porque muestran que, además de lo crítico del caso del Jefe de Gabinete, la caída de imagen presidencial recoge síntomas de un desgaste general que combina la inflación que venía en alza hasta marzo (el 2,6% de abril tampoco es ninguna panacea), choques con opositores, insultos cada vez más soeces hacia el periodismo y un estilo presidencial que se percibe cada vez más errático. El blindaje al funcionario se suma como símbolo del deterioro.
Bancar a un colaborador cuestionado no es novedad en la política argentina: Raúl Alfonsín sostuvo a funcionarios señalados por la crisis económica y defendió a su hermano (Cajas PAN) a capa y espada. Carlos Menem lo hizo con ministros acusados de corrupción y sostuvo al jefe de la SIDE, Hugo Anzorregui por el pago que hizo con fondos reservados a Carlos Telleldin para que involucrara falsamente a policías bonaerenses en la investigación del atentado a la AMIA. A su vez, Cristina Fernández blindó a secretarios bajo sospecha judicial y, en todos los casos, la lealtad personal terminó imponiéndose sobre la transparencia prometida. Asi, el costo político en todos esos casos fue mayor que el beneficio inmediato y hoy Milei repite el mismo patrón, con el riesgo de que la historia vuelva a mostrar que la defensa cerrada de un funcionario pueda arrastrar a todo un proyecto.
Lo más notorio es que tanto ruido contribuyó a apagar algunos de los pocos logros del Gobierno que han quedado en segundo plano, sobre todo en materia económica. En la lista sobresalen el corte de la espiral inflacionaria tras diez meses de suba, la aprobación del acuerdo con el FMI, el mantenimiento del superávit fiscal, la moderación del dólar, la importante compra de Reservas de abril, la recuperación selectiva de las exportaciones y las inversiones vía RIGI que no paran de anunciarse. El aumento de la calificación crediticia internacional –otra buena noticia- que hizo que el riesgo-país bajara de los 500 puntos básicos, duró apenas un día.
Si Milei se decide finalmente a soltar a Adorni, no será solo un gesto de supervivencia política sino la oportunidad de recuperar el contrato social que su blindaje a ultranza ha erosionado. Al desprenderse de un colaborador que es símbolo de una falla ética, el Presidente podría empezar a capitalizar lo que el caso le negó: credibilidad, transparencia y margen para recomponer la relación con los votantes.
Aquel jarrón chino del Gobierno que nadie sabe dónde poner deja en claro que en política los objetos frágiles no se conservan por voluntad, sino por contexto y que cuando el entorno se vuelve hostil, lo que no se suelta termina rompiéndose solo. La moraleja es que resistir a cualquier costo no asegura la permanencia de nadie sino que apenas retrasa el estallido, ya que lo insostenible se sostiene hasta que se derrumba. Saberlo para rectificar a tiempo abre siempre la puerta a una redención todavía posible.

















