Las fábulas son un género que parece estar en desgracia porque ya no se usa moralizar a través de animalitos y otros antropomorfismos. Recuerdo que en todas las casas había estos libritos de fácil lectura y con explicación para que no se le escape a uno la moraleja. Esopo, La Fontaine y los españolísimos Samaniego (1745-1801) e Iriarte (1750-1791). Tengo a la vista un libro con “Las mejores fábulas de Iriarte y Samaniego”, lo cual encarna una pequeña paradoja, dada su conocida enemistad.
Don Tomás de Iriarte y Nieves-Ravelo escribía fábulas para criticar a los literatos. Con Samaniego encarnaba un estilo de sátira muy distinto. Don Félix María Serafín Sánchez de Samaniego y Zabala era de lectura popular y no le interesaba el circuito de su oficio. La pelea entre ellos surgió a raíz de que a Iriarte se le ocurrió omitir a su colega en el prólogo a sus fábulas y proclamarse el primer fabulista original en español. De ahí propongo esta fábula de fabulistas, que no pueden con el genio de ser arquetipos risueños.
Hubo una vez, en el siglo de las luces y las pelucas empolvadas, un jardín literario donde dos pavos reales de pluma afilada se disputaban el trono de la moraleja. Uno se llamaba Félix María de Samaniego, un hidalgo de campo que prefería la sátira picante y los animales con vicios humanos; el otro era Tomás de Iriarte, un cortesano meticuloso que creía que la literatura debía funcionar con la precisión de un cronómetro suizo.
Samaniego era la tradición en movimiento: recogía viejos cuentos que corrían de boca en boca como semillas al viento y los hacía brotar otra vez, con plumas más brillantes y menos polvo. No buscaba originalidad: buscaba eficacia. Para él, la fábula era una práctica viva, un oficio casi artesanal donde lo importante era acertar con la voz justa del animal, la vuelta inesperada del cuento y esa sonrisa final que deja pensando. Su estilo es la continuidad del género sin culpa ni complejos: actualizar lo heredado, ajustarlo al clima local, afinarlo para que funcione hoy tanto como ayer.
Iriarte, en cambio, representaba la norma como autoridad. Veía el género como un campo desordenado que necesitaba reglas, método, corrección. Sus “Fábulas literarias” son un desfile de ataques a escritores, traductores y pedantes: una especie de manual disciplinario disfrazado de bestiario. En su mundo, la fábula no es tanto una tradición compartida como un instrumento para enderezar al otro, para exhibir quién escribe bien y quién no. Es el crítico que usa el poema como martillo.
El conflicto nació, como suelen nacer las fábulas, de una disputa por la altura de la rama. Uno proclamó desde lo alto que nadie antes había cantado con verdadera originalidad; el otro, que llevaba años enseñando trinos a los polluelos, sintió que el aire se volvía más espeso. Lo que fue una amistad llena de cumplidos se transformó pronto en una guerra de tinta. Samaniego, con el ingenio del zorro, comenzó a publicar parodias y ataques anónimos. Se burlaba de la rigidez de Iriarte, llamándolo “relojero” en lugar de poeta, sugiriendo que sus versos tenían técnica pero carecían de alma. Iriarte, por su parte, respondía defendiendo la disciplina y la regla frente a lo que él consideraba el descuido popular de su rival.
En este corral de letras, los dos fabuleros se convirtieron en los animales de su propia invención. Se perseguían por las tertulias y los gacetines como el perro y el gato, como los carneros que, por no ceder el paso, acabaron juntos en el agua. La moraleja de esta historia de rencores es clara: cuando dos maestros de la fábula se enfrentan por ver quién es el más sabio, terminan regalando al mundo la mejor de sus obras, la demostración de que incluso el más virtuoso de los escritores puede quedar atrapado por la vanidad que pretendía denunciar.
Así, Iriarte y Samaniego quedaron grabados en la historia no solo por sus animales parlantes, sino por haber encarnado la fábula definitiva sobre la envidia literaria. A los fabuleros que se pelean, la imprenta los junta.












