El Super Bowl del 8 de febrero de 2026 incluyó una campaña de concientización sobre la salud renal. Las actrices Sofía Vergara y Octavia Spencer protagonizaron un spot destinado a promover la detección temprana del daño renal, especialmente en personas con hipertensión arterial y diabetes tipo 2. El mensaje fue claro, directo y necesario: controlar a tiempo una enfermedad silenciosa puede evitar consecuencias irreversibles. El contexto no fue casual. El Super Bowl es uno de los eventos televisivos más vistos del mundo. Millones de personas no solo consumen el espectáculo deportivo, sino también todo lo que lo rodea. Cuando ese inmenso altavoz se utiliza para difundir un mensaje de salud pública, el impacto es real. El entretenimiento, en ese caso, se convierte en prevención. El contraste aparece cuando miramos nuestra propia realidad. En Argentina, antes y durante los partidos de fútbol de la liga local, es cada vez más frecuente la difusión de publicidades de plataformas de apuestas online. Muchas de ellas están protagonizadas por ídolos deportivos, figuras admiradas, referentes indiscutidos. Todo es legal, todo está reglamentado, todo incluye la advertencia “solo para mayores de 18 años”. Sin embargo, los ídolos no les hablan únicamente a quienes enumera la ley: le hablan a quienes los miran. Los adolescentes no leen la letra chica. Observan, imitan, aprenden. Miran qué hace su héroe, qué consume, qué legitima. Cuando un campeón del mundo asocia éxito, carisma y prestigio con una aplicación de apuestas que cabe en el celular, el mensaje es contundente, aunque el aviso diga lo contrario. Legal también fue fumar en los aviones o publicitar cigarrillos con médicos sonrientes. Legal es hoy el aborto en nuestro país. Pero la legalidad, muchas veces, no es sinónimo de corrección ética. Resulta difícil sostener que un ídolo nacional preste su imagen para promover el juego online sin que eso genere preocupación. Los ídolos construyen cultura. Habilitan conductas. Marcan límites. Una sociedad que les exige goles, atajadas o títulos también debería exigirles coherencia. ¿Por qué no utilizar ese enorme capital simbólico para campañas de prevención, de alimentación saludable, de actividad física, de detección precoz de enfermedades, de educación? El contrasentido es evidente. Durante décadas aprendimos, con razón, que el tabaco, las drogas, el alcohol y el juego generan daño, adicción y ruina familiar. Se hicieron campañas sanitarias, se colocaron advertencias, se limitaron publicidades. Sin embargo, hoy el juego online entra por la puerta grande del deporte. Cuando un ídolo presta su imagen, no está vendiendo solo una aplicación: está prestando confianza, prestigio y ejemplo. El mensaje real no es “apostar con cuidado”. Es otro: “si esto lo hace alguien que admiro, entonces no debe estar tan mal”. Y ahí reside el problema. Las casas de apuestas no buscan solo usuarios; buscan normalizar un hábito en generaciones que todavía están construyendo su escala de valores. Y para eso, no hay herramienta más eficaz que un ídolo popular. Prohibimos la publicidad del cigarrillo, pero llenamos camisetas y pantallas de apuestas. Decimos “cuidemos a los chicos”, pero les ponemos el casino en el bolsillo. Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos qué les pedimos realmente a nuestros ídolos. Porque la responsabilidad del ejemplo no se mide en contratos ni en cláusulas legales, sino en el impacto silencioso que deja en quienes miran y aprenden.
Juan L. Marcotullio
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