Osvaldo Jaldo cuestionó a Lisandro Catalán. COMUNICACIÓN PÚBLICA
La semana pasada analizábamos esa “democracia de espectadores” donde la sociedad mira la política como un show ajeno, como si no lo que se decide en el Congreso de la Nación nada tuviera que ver con nuestro día a día. Están los que miran hacia un costado, los que se hacen los distraídos y los que actúan de manera activa. Pasa en la sociedad en general y también entre quienes tienen responsabilidades de gestión. Osvaldo Jaldo decidió que él no va a ser un extra en la película de otros. El alineamiento de sus diputados con la hoja de ruta libertaria en el Congreso -apoyando piezas clave como la reforma laboral o la baja de la edad de imputabilidad- no fue un error de cálculo ni una distracción: fue la puesta en escena oficial del “manual Jaldo”.
¿En qué consiste este precepto? En una simplificación de algunas premisas de la política: la gestión por sobre la ideología; la caja por sobre el relato. Mientras el peronismo nacional lanzaba rayos y centellas tildándolo de “traidor”, en la trinchera tucumana el oficialismo cerró filas.
Desde Buenos Aires los dardos apuntaron contra Jaldo, pero también contra los diputados tucumanos del bloque Independencia. Desde el día anterior a la sesión, comenzaron a aparecer posteos en las redes sociales y hasta llamadas y mensajes a los celulares para “convencerlos” de que voten en contra de la “modernización” libertaria. La presión fue agresiva, en distintas acepciones que tiene el adjetivo. Incluso trascendió que habría habido algunos intentos de convencer al propio gobernador para que bajara la orden de que, mínimamente, sus diputados no dieran quórum. El mandatario habría seguido la sesión antentamente hasta la madrugada, con el celular en la mano y tecleando mensajes.
Finalmente, pese a las presiones y a los cuasiescraches públicos, los tres diputados del bloque Independencia hicieron lo que Jaldo les pidió: dieron quórum para que la sesión se realice y, después, dos de tres aprobaron el proyecto: Gladys Medina y Elia Fernández votaron a favor, mientras que Javier Noguera se ausentó. El caso del taficeño fue el más duro. Muy indentificado con el ala más de “izquierda” o kirchnerista del peronismo comarcano, sus colegas de ese espectro ideológico del PJ no le estarían perdonando su cambio de postura. Noguera, como Jaldo, necesitan tragarse algunos sapos para mantener sus gestiones a flote (en el caso del diputado, la que lleva en Tafí Viejo Alejandra Rodríguez)
Allí, justamente, radicó el argumento de los dirigentes locales que salieron bancar la decisión de Jaldo: en una provincia con las cuentas al límite, la lealtad a un partido nacional en crisis no paga sueldos.
La “peluca”, un accesorio estacional
Lo más curioso del “manual Jaldo” es su carácter esporádico. Hace apenas unos meses, en la antesala de los comicios de medio término, el tono desde la Casa de Gobierno era otro. Con las urnas cerca, el gobernador endureció el discurso, marcó distancias y se puso el traje de defensor del federalismo herido por el ajuste centralista. Fue una coreografía necesaria para retener el voto peronista más duro y marcar territorio.
Sin embargo, pasadas las elecciones y con los resultados en la mano, el propio Jaldo fue quien despejó las dudas. En declaraciones a LA GACETA, con esa franqueza que a veces desarma, reconoció que “volvía a ponerse la peluca”. La frase, más que una alusión estética a Javier Milei, fue una declaración de principios: en la etapa que se abre, Tucumán necesita estar en el radar de la Casa Rosada. La peluca no es una convicción; es una herramienta de negociación. El gobernador lo repite en distintas oportunidades sin tapujos y reafirma que la vía “del diálogo” es el correcto con la Nación. De a poco, el tucumano consigue fondos y financiamieno para obras, pero también es cierto que el Gobierno nacional es mal pagador y a veces la acumulación de esas deudas levanta “fuego amigo” contra el mandatario.
El costo de la apuesta
Esta estrategia de “geometría variable” -ser opositor para las urnas y aliado para la gestión- sitúa al gobernador en una encrucijada que el análisis político debe diseccionar bajo dos hipótesis de costo y beneficio:
Una es la hipótesis de la erosión política: existe la posibilidad de que Jaldo termine pagando una factura impagable tanto en el PJ nacional como en el local. Al jugar siempre al límite del alineamiento, podría quedar atrapado en una “tierra de nadie”. Si el modelo libertario no logra estabilizar la economía real, Jaldo habrá sacrificado su capital simbólico por un alivio financiero que el viento podría llevarse. En este escenario, corre riesgo de que se lo mencione como el hombre que perdió la identidad peronista sin ganar la estabilidad anhelada.
La otra hipótesis es la del triunfo del administrador: rl otro camino es el del éxito pragmático. Si el gobernador logra que Tucumán sea una “isla” de funcionamiento estatal -con salarios al día, obras básicas reactivadas y paz social- mientras el resto del país cruje bajo el ajuste, su figura se blindará. En este caso, el costo político se diluye ante la eficacia. El peronismo, que siempre ha tenido un olfato especial para el poder efectivo, terminará aceptando que el “manual Jaldo” fue la única balsa de salvación en un océano de incertidumbre.
Lo que los críticos de la metrópoli no alcanzan a ver es que, para un gobernador del norte, la política no es un debate estético. Jaldo apostó todo a que el ciudadano prefiere una administración con las cuentas en orden antes que una épica opositora con las arcas vacías. Es una jugada de ajedrez en un tablero de arena: el tiempo dirá si la peluca le quedó a medida o si fue solo un disfraz que lo terminó dejando a la intemperie.




















