Atlético volvió a perder de visitante: cayó 3-1 contra Belgrano y estiró su racha negativa

El “Decano” no pudo cortar su sequía fuera de casa. Tras un primer tiempo equilibrado, arriesgó en el complemento para buscar el empate, sufrió la eficacia del rival y apenas descontó de penal con Benítez.

CARAS LARGAS. Los jugadores de Atlético dejan el campo masticando bronca, luego de una nueva derrota jugando de visitante. CARAS LARGAS. Los jugadores de Atlético dejan el campo masticando bronca, luego de una nueva derrota jugando de visitante. Ariel Carreras, especial para LA GACETA

Cuentan las viejas bitácoras del siglo XVII que el capitán Hendrick Van der Decken, enceguecido por la soberbia, desafió a la tormenta en el Cabo de Buena Esperanza jurando cruzar esas aguas aunque le tomara hasta el día del Juicio Final. La naturaleza, implacable, lo condenó a navegar eternamente sin poder tocar puerto jamás. Aquella leyenda del “Holandés Errante”, el barco fantasma condenado a la deriva, parece lejana en el tiempo, pero es dolorosamente pertinente para describir la racha negativa de Atlético jugando de visitante. La maldición continúa. El “Decano” no pudo torcer el destino, cayó 3-1 contra Belgrano en Córdoba y su travesía sin victorias fuera de casa suma una nueva hoja negra en el diario de viaje.

Como toda tripulación que busca romper un maleficio, Atlético llegó al “Océano de Alberdi” decidido a presentar batalla. Sabía que entraba en aguas infestadas por el “Pirata”, el único rival capaz de hacer valer la ley del mar en su propio territorio. El comandante Hugo Colace trazó una carta de navegación inteligente para los primeros minutos del combate: mantener el casco firme, cerrar las escotillas y resistir el asedio.

Durante el arranque, la estrategia pareció surtir efecto. La nave tucumana navegó con orden, neutralizando la sala de máquinas del rival. Ni Lucas Zelarayán, con su brújula habitual, ni Franco “Mudo” Vázquez lograban tomar el timón del partido para embestir contra el arco de Luis Ingolotti. Sin embargo, las primeras vías de agua comenzaron a notarse por estribor: Leonel Di Plácido sufría los embates de la marea celeste y hacía esfuerzos denodados por achicar agua ante cada abordaje por su sector.

Pero el “Viejo Lobo de Mar”, Ricardo Zielinski, quien supo ser Almirante de la nave “decana” en tiempos de gloria, ordenó cargar los cañones. Y en una desconcentración fatal de la tripulación tucumana, el barco se fue a pique. Todo nació de un balón detenido, esa arma predilecta de los corsarios.

El cañonero Lisandro López abandonó su puesto en la muralla defensiva para lanzarse al abordaje aéreo. Ganó en las alturas tras una ejecución milimétrica del “Chino” Zelarayán y bajó el balón al corazón del área chica. Allí, donde se definen los naufragios, apareció Emiliano Rigoni.

El artillero “Pirata” encontró el tesoro suelto en la cubierta y decretó el primer impacto en la línea de flotación de Atlético.

El naufragio

Ya en el complemento, el Capitán Colace, viendo que su nave hacía agua, ordenó una maniobra desesperada: desplegar todas las velas para ir al abordaje, aun sabiendo que dejaba su propia popa desguarnecida. La orden fue clara: fuego a discreción contra el navío pirata. Para ello, renovó la tripulación de cubierta enviando a los grumetes y oficiales de relevo: Manuel Brondo, Ezequiel Ham, y más tarde Martín Benítez e Ignacio Galván intentaron cambiar el rumbo.

La maniobra tuvo coraje, es cierto, pero en estas aguas la osadía se paga cara. Al descuidar la defensa, Atlético quedó a merced de los expertos saqueadores locales. Los talentosos navegantes de Belgrano tomaron el control del timón y encontraron un océano de espacios.

El notable Zelarayán volvió a usar su catalejo en tres cuartos de cancha y trazó una ruta perfecta para Nicolás “Uvita” Fernández. No dudó: cargó el cañón y soltó un bombazo que infló la red. Fue el segundo impacto, crítico para la moral “decana”

Con el “Holandés Errante” ya escorado y llenándose de agua, llegó el tiro de gracia. Julián Mavilla apareció minutos después para sentenciar el destino con el tercer golpe, un torpedo directo a la línea de flotación que terminó de hundir cualquier esperanza de rescate.

El "gol del honor" no cambió nada en la nueva derrota del "Decano"

El descuento de Benítez, ejecutado con frialdad desde el punto de penal, fue apenas una bengala de auxilio en la noche cerrada. Un grito de honor que no alcanzó para evitar el desastre ni sirvió de consuelo para el esfuerzo realizado. El “Decano” nunca supo salir a flote; intentó remar con valentía, pero sin munición pesada para responder el fuego, terminó siendo un espectador del dominio territorial de un Belgrano que patrulló sus aguas con jerarquía.

Porque para romper con un hechizo de tamaña magnitud, se necesita un golpe de timón firme, no sólo intenciones. Mientras no sea así, la maldición continuará. Esta vez la profecía se cumplió una vez más: el barco fantasma de Tucumán luchó, pero volvió a quedar a la deriva en medio de la tormenta, condenado, al menos por unos días más, a seguir errando por los mares sin poder tocar buen puerto.

Comentarios