Hay despedidas que se anuncian con anticipación y otras que, aun sabidas, golpean cuando se concretan. En el Monumental, bajo un cielo cargado de emoción y memoria, Marcelo Gallardo dirigió su último partido en este segundo ciclo al frente de River Plate y se fue como tantas otras veces: de pie, ovacionado, ganador. El triunfo por 3-1 ante Banfield por la séptima fecha del Torneo Apertura fue mucho más que un resultado. Fue una síntesis perfecta de lo que significó el “Muñeco” para el club: exigencia, carácter y la convicción de que la historia siempre merece un final a la altura.
El estadio fue un escenario de contrastes. Más de 80.000 personas colmaron las tribunas para rendirse ante el entrenador más ganador de la historia riverplatense. Durante varios pasajes del encuentro bajó el grito cerrado y sentido de “Muñeco, Muñeco…”, una ovación que estremeció cada rincón de Núñez. Pero también hubo silbidos e insultos para varios futbolistas, apuntados por el bajo nivel que arrastraba el equipo. Amor incondicional para el conductor; reproche para los intérpretes. Una mezcla de emociones que describió con crudeza el momento.
En lo futbolístico, River salió decidido a que la tarde-noche no se le escapara. A los ocho minutos ya había avisado con claridad: Tomás Galván remató a quemarropa en el área chica, el arquero Facundo Sanguinetti alcanzó a desviar, la pelota dio en el palo y, en el rebote, Danilo Arboleda despejó al córner. Fue el primer síntoma de una superioridad que se haría constante durante gran parte de la etapa inicial.
Apertura del marcador
El 1-0 llegó a los 12 minutos y tuvo sello clásico. Centro preciso de Ian Subiabre desde la derecha y aparición imponente de Lucas Martínez Quarta en las alturas para ganar de cabeza y marcar la apertura del marcador. El zaguero, símbolo de una generación moldeada por Gallardo, encontró en ese salto la mejor metáfora de la noche: elevarse en el momento justo.
River dominaba en ritmo y en asociaciones. A los 23’, una buena secuencia entre Fausto Vera, Joaquín Freitas, Subiabre y Galván terminó con un disparo a colocar de este último que pasó muy cerca. Seis minutos más tarde, Vera aceleró, pisó el área tras recibir de Subiabre y sacó un tiro rasante que cruzó el arco sin encontrar destino de red. A los 35’, Freitas probó desde la medialuna, pero su derechazo se fue ancho. Todo era del local, que jugaba con decisión y movilidad.
Sin embargo, cuando parecía que el descanso llegaría con ventaja mínima, pero merecida, apareció el golpe inesperado. A los 44 minutos, un error defensivo dejó servido el empate para Mauro Méndez, que no perdonó y estampó el 1-1 para Banfield. El silencio se mezcló con murmullos de fastidio. River había hecho mucho para irse arriba, pero volvía a pagar caro una desatención defensiva.
El complemento fue la respuesta inmediata a esa herida. Apenas habían transcurrido 40 segundos cuando Subiabre sacó un remate que dio en el palo y Sebastián Driussi, atento al rebote, empujó el balón al fondo de la red para el 2-1. Gol de vestuario, de oportunismo, de equipo que no quería permitir que la despedida de su entrenador se empañara.
A partir de ahí, el partido volvió a inclinarse con claridad hacia el arco visitante. River manejó la pelota, encontró espacios y generó situaciones con continuidad. Sanguinetti comenzó a transformarse en figura al sostener a Banfield con intervenciones decisivas. Pero a los 13 minutos no pudo hacer nada: gran combinación entre Galván y Freitas, y definición certera de este último para el 3-1. Fue el premio a una actuación activa del delantero y el golpe que terminó de encaminar la victoria.
Hubo tiempo para más. Galván, Driussi y Kendry Páez contaron con chances para ampliar la diferencia, pero el arquero del “Taladro” evitó una goleada mayor. Del otro lado, el equipo de Pedro Troglio apenas insinuó alguna reacción aislada, siempre contenida por una defensa que, salvo el error del empate, mostró solidez.
Con el triunfo, River alcanzó los 10 puntos y quedó en la quinta posición de la Zona B, en puestos de clasificación a los playoffs y a seis unidades del líder Independiente Rivadavia, su próximo rival. Banfield, en cambio, se quedó con siete puntos en la undécima colocación.
Pero las estadísticas quedaron en un segundo plano. El pitazo final encontró a Gallardo mirando el campo con serenidad. No hubo estridencias ni gestos ampulosos. Sólo el reconocimiento de una tribuna que entendió que estaba asistiendo al cierre de otro capítulo trascendente. El segundo ciclo terminó con una gran victoria, como si el destino hubiera decidido respetar la lógica de un entrenador que convirtió la exigencia en costumbre y la gloria en hábito.


















