¿Qué puede pasar por la cabeza de un hombre poderoso cuando tiene que hablarle a la población en la apertura de sesiones? Hasta la vestimenta cuenta en este momento. Tanto el presidente de la Nación como el gobernador de la provincia han elegido en otras oportunidades mostrar sus atributos. Algo así como subrayar, como pasarles un felpón amarillo a sus dudas y, de paso, a las de los otros.
Hay un texto escrito días antes y corregido hasta las últimas horas. Muchas veces esas palabras tienen más de un autor. Es que la política es una tarea colectiva que tiene un líder claramente identificado. Ese tiene a mano el marcador rojo para tachar lo que será mejor no decir. En el discurso inaugural el titular del Poder Ejecutivo le pone palabras a la voluntad política.
Los chicos suelen entretenerse horas frente a un lago. Arrojan una piedra y las ondas que se dibujan en el agua empiezan a ensancharse, con lentitud, pero con perseverancia. Muchas veces las ondas siguen creciendo hasta que se pierden de vista. Eso pasa con las ideas que se lanzan en la laguna institucional del recinto legislativo. Lo que a veces no terminan de ver los principales líderes es que las ondas llegan -aunque no quieran- a toda la sociedad.
Ha habido circunstancias en las que los mandatarios han constituido esta instancia trascendental y constitucional en un mero trámite. No asumen la responsabilidad de que a ese texto que tienen en la mano lo está mirando con fuerza escrutadora la historia. Y los que están en el recinto no sólo meros escuchas o aplaudidores sino responsables del volumen de esas palabras.
La onda expansiva de otras asambleas aún se extiende en la provincia. Hubo una vez en la que el gobernador de Tucumán anunció una reforma política. Eran épocas en las que los vientos electorales advertían de un temporal largo y tormentoso en el peronismo. Para Osvaldo Jaldo era importante aferrarse a los maderos de una sociedad hastiada de los caprichos peronistas que fueron instalando un sistema electoral infranqueable y propio.
A medida que la borrasca fue amainando, Jaldo, barómetro y encuestas en mano, se fue convirtiendo en piloto de tormenta. Se puso y se sacó la peluca todas las veces que pudo y que necesitó. Así se convirtió en una pieza importante del rompecabezas mileísta. Esos menesteres le permitieron conocer y acercar distancias nada menos que con Lisandro Catalán, quien, curiosamente, hoy, le provoca urticarias.
Miedo a salir
El peronismo tucumano ha quedado atrapado en su propio laberinto de Creta. Durante décadas ha ido construyendo una arquitectura política eficaz para conservar el poder, administrar sus tiempos y ordenar la competencia bajo reglas que le resultaban favorables y manejables. Pero esa misma estructura, que durante tanto tiempo le garantizó dominio, hoy se ha convertido en su prisión bajo el cielo del siglo XXI. Así como establecer nuevas reglas laborales en este mundo de celulares, internet y wifi, se entiende que la reforma política es necesaria. El desgaste se acumula, ante una sociedad que reclama otra calidad institucional y porque el sistema exhibe síntomas de agotamiento. Pero indudablemente al peronismo comarcano le cuesta entender que puede haber vida fuera del laberinto y estar fuera de él le da terror. “... algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe…”, son palabras del gran Jorge Luis Borges describiendo -en “La casa de Asterión”- el miedo a salir del laberinto.
Aquellos que viven y, por lo tanto, se alimentan dentro de él tienen muy claro que salir del laberinto implicaría desmontar los mecanismos -sofisticado sinónimo de bolsones, votos boligoma, acarreos y otras genialidades- que le dieron fortaleza. Exponerse a un escenario más incierto, más abierto es, por lo tanto, más riesgoso. Ésa es su tragedia. Si no reforma, se degrada; si reforma, puede perder. Y así queda girando sobre sí mismo, como quien conoce que la salida existe, pero teme que al cruzarla deje de ser dueño del poder que lo sostuvo hasta ahora. Jaldo y su laberinto.
A medida que se ponía y sacaba la peluca, el mandatario fue entendiendo que cualquier transformación del sistema no se traduciría ni en votos ni en otra forma de verlo. Tal vez alguna fotografía de la historia lo mostraría más alineado. A ese dato incontrastable lo describe un dirigente del sur: “es como que vos invités a tu cumpleaños a 200 amigos y dejés 300 afuera. Todos empiezan a odiarte y se te vuelven en contra el mismo día de la fiesta. Por lo tanto hay que invitarlos a todos. Hasta el que tiene 10 votos es fundamental en estos tiempos”. Dicho de otra manera, tiene que haber acoples para todos.
Otros dirigentes que saben de la necesidad de que alguna vez el sistema electoral tenga que modificarse, sostienen que cualquier cosa que hagamos será para darle votos y victorias a la oposición. Siguiendo este mismo razonamiento, Catalán repite ante cuanto micrófono se le atraviesa y en cuanta red social asoma a su celular cada una de las acciones que implican una reforma política. Como si fuera un “padre nuestro liberal” no se cansa de orar en voz alta y repite el costo de la Legislatura, de los concejos deliberantes y del mantenimiento de las delegaciones comunales. Y Jaldo empieza a rascarse mientras lo escucha.
Si se hubiera cumplido la palabra desplegada en aquella apertura de sesiones la oposición no tendría ni voz ni voto. Pero nada de eso sucedió y el peronismo sigue encerrado en su laberinto.
Cuando todavía la Casa Rosada era su lugar de trabajo, Catalán hablaba con cuanto tucumano andaba cerca de la Plaza de Mayo y trazaba las más diversas estrategias. Ahí dudó entre ser y no ser candidato y apostó a conducir el espacio libertario sin poner su nombre en una boleta electoral. Apostó y ganó. En aquella época armaba y desarmaba listas de candidatos. Siempre dejaba afuera aquellos que eran de otros partidos y no juraban fidelidad eterna a la Libertad Avanza. “Hay que ganar, después todos se van a ir sumando”, decía. En la trasnochada madrugada del viernes, el tiempo le dio la razón. El partido Creo abandonó su credo impoluto y aceptó mezclarse con la Libertad Avanza.
El acuerdo desató sonrisas y en las primeras horas del viernes salieron todos desesperados a contar lo que había ocurrido. Lo mismo había hecho el diputado Mariano Campero pero en esas instancias no hubo algarabía tucumana. Al contrario, ceño fruncido y dientes apretados fue la respuesta norteña mientras en Buenos Aires aplaudía el pase. Catalán ya no puede disimular sus deseos de sentarse en el sillón de Lucas Córdoba -y de Jaldo hasta ahora-, ambición que comparte con Campero. Por eso cuando se lo nombran, a Catalán le da urticaria y mal humor.
Debe y haber
La Apertura de Sesiones Legislativas es el lugar y el momento en el que la política toda se peina para la foto, después vuelve a embarrarse en la realidad. Jaldo quiere que se lo vea seguro de sus decisiones y por eso, seguramente, hará gala de su gestión en Seguridad y presumirá con algunas cuestiones en Salud y Educación. Es posible que quiera presumir con la obra pública pero allí siempre el debe es mayor que el haber. La ruta 303 por la que muchos transitan para volver a su hogar después de haber circulado por la 34 y de haber pasado por Pozo Hondo no sólo es peligrosa sino vergonzantes. Los pobres ciclistas y motociclistas que van de Las Cejas hasta Banda del Río Salí se sienten pilotos de fórmula uno en las curvas de Monza esquivando pozos y arriesgando sus vidas porque si viene un auto la banquina es una simple ilusión. Esas cosas podría reclamarle la oposición legislativa, aunque sus reflejos se encuentran adormecidos.
Tres figuras
La tensión política durante esta semana que nunca más volverá tuvo como protagonistas a Sandra Mendoza, a la intendenta de Capital y a Virginia Mercado. La senadora dijo basta y cortó el cordón umbilical que lo unía con el ex gobernador Juan Manzur y, al separarse del bloque, también le dijo adiós al kirchnerismo. Se incorporó a una nueva bancada fortaleciendo su poder político y el del mismísimo gobernador Jaldo. La intendenta de Capital también dio la nota. Es que justo en el mismo momento en el que se elegían autoridades del Concejo Deliberante tuvo que viajar y se frustró la sesión. Curiosamente, lo mismo solía hacer su antecesor, Germán Alfaro, cuando quería que algo no ocurriera. Por último el papelón mayor lo protagonizó Virginia Mercado quien en su juicio abreviado, institución que se mira de reojo, perdió la memoria. Es la testigo de los últimos momentos en que Paulina Lebbos tuvo vida y ella no recuerda nada. Un antecedente vergonzoso más se suma a este conmocionante suceso que ya tiene 20 años de muerte.
En la apertura de sesiones los gobernadores no sólo informan: se delatan. Dicen qué quieren hacer, pero sobre todo dejan ver qué temen. Y acaso el mayor temor del poder tucumano no sea perder una elección, sino que desarme el laberinto que durante años le permitió no depender de nadie. Ahí está la verdadera discusión. No si habrá un anuncio más o menos brillante, sino si alguna vez alguien se animará a salir de la arquitectura que lo sostuvo. Porque hay sistemas que se construyen para gobernar o simplemente para ganar, pero un día descubren que también fueron construidos para no poder irse de ellos.





















