LA TAPA DE LA GACETA. Bittel hablaba de superar los enfrentamientos, pero ya no había margen para un acuerdo.
“La posibilidad de un golpe quedó totalmente descartada”, afirmaba Deolindo Bittel, gobernador del Chaco y vicepresidente 1° del Partido Justicialista, mientras caía la tarde del sábado 20 de marzo de 1976. A esa altura, Bittel oficiaba de vocero y operador del Gobierno. La presidenta María Estela Martínez de Perón ya no abría la boca. Era la imagen de la resignación, aferrada a ese milagro susurrado por el puñado de acólitos que la acompañaba en las tertulias de Olivos. El milagro de una salida pacífica y política a la crisis. Pero Isabelita sabía que el margen para los pases mágicos se había agotado. Sólo esperaba que se precipitaran los acontecimientos y, sobre todo, en salvar la vida.
El discurso de Bittel ya no pregnaba en la sociedad, sonaba a expresión de deseos más que a posibilidades concretas de encontrar un nuevo rumbo. Bittel les hablaba a los propios, intentaba calmarlos, brindarles alguna esperanza. “En la Capital Federal todos los días hay rumores sobre un nuevo golpe -decía-. Algunos llegan a decir que ya están designados los gobernadores”. Y en el tono propio de quien habita una realidad paralela afirmaba: “no digo que en algunos sectores de las Fuerzas Armadas no existan intenciones golpistas, pero la conducción de las mismas está en manos de gente que quiere garantizar el proceso constitucional y borrar la vieja imagen de irrupción que tienen los militares en el campo civil”.
Esa conducción de la que hablaba Bittel estaba conformada por Jorge Rafael Videla (jefe del Ejército), Emilio Massera (de la Marina) y Orlando Agosti (de la Fuerza Aérea). De garantizar el proceso constitucional no tenían intenciones: cuatro días después derrocarían a la Presidenta.
Infinitamente más terrenal -y honesto- que Bittel había sido el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, el dirigente metalúrgico Victorio Calabró. Ese sábado había concurrido a la Casa Rosada y antes de salir pasó por la sala de prensa para desearles a los periodistas: “mucho éxito en el futuro”. Francisco “Paco” Manrique, figura política de la época, era de lo más explícito: “hay un Gobierno muerto”.
La inapelable crónica de la violencia marcaba que a lo largo del día se habían encontrado 14 cadáveres en distintos puntos del país. Todos acribillados. En algunos casos se hablaba de enfrentamientos con extremistas, en otros de atentados, la mayoría no tenía explicación. La muerte era cosa corriente e irrefrenable. En Salta todos se preguntaban por el paradero del ex gobernador Miguel Ragone (tucumano de nacimiento), desaparecido desde el 11 de marzo. En La Plata impactaba el crimen de Máximo Agoglia, hijo de un ex rector de la Universidad.
Sin respiro
Por otro lado, por más que se tratara de un fin de semana el ahogo económico no daba respiro. Llamaba la atención un método de protesta implementado en las calles mendocinas, mayormente por amas de casa: un masivo cacerolazo. “Protestamos por el aumento del costo de vida”, explicó una de las entrevistadas.
A todo esto, ¿qué sucedía en Tucumán? La inminencia del golpe no alteraba la agenda de Amado Juri. El Gobernador realizó una gira sabatina con un doble objetivo. Primero marchó a Amaicha del Valle para cumplir la promesa de entregar la propiedad de terrenos a “miembros de la comunidad indígena”. De allí se fue a Taco Ralo, donde inauguró obras en la comisaría y en un dispensario.
Entre tantas pálidas sólo el fútbol regalaba una sonrisa. En Kiev, bajo la nieve, Argentina le ganaba un amistoso a la URSS. Fue 1 a 0, con gol de Kempes. Cuentan que el “Loco” Gatti tenía una botellita de licor al lado del arco, con la que se daba calor. Trago a trago.
Producción periodística: Guillermo Monti























