POTENCIA. Ignacio Marquieguez es uno de los goleadores de Tarucas en el Súper Rugby Américas. Osvaldo Ripoll/LA GACETA.
En el deporte, las dudas no se discuten: se eliminan ganando. Pero no de cualquier manera. Hay que jugar bien, hay que sostener una idea y, sobre todo, hay que convencer. A todos. Desde el head coach hasta el último fanático en la tribuna. Porque una victoria casual no construye nada, y a veces una derrota bien jugada dice mucho más. Tarucas aprendió la lección a los golpes. Venció a Dogos con lo justo y con un try de dudosa validez. Perdió contra Pampas tras ser superado. Y superó a Yacaré con una sensación agridulce: un primer tiempo arrollador y un segundo en el que pidió la hora.
Los resultados lo colocaban como uno de los protagonistas del Súper Rugby Américas, pero lo cierto es que todavía faltaba enlazar engranajes para encontrar el mecanismo perfecto. Siempre había algo para discutir. Siempre quedaba una deuda sin saldar. Y el partido contra Cobras aparecía como el escenario ideal para romper con ese ciclo. Y así lo hizo. Sin dudas, sin matices: goleó 52-22, sumó punto bonus y llegó a los 23 puntos en la tabla.
Es cierto: las diferencias con Cobras son abismales. El equipo de Álvaro Galindo presenta una virtud clara en las formaciones fijas, tiene experiencia y capacidad de adaptarse a diferentes contextos. Pero el desafío era superar esas lagunas de juego que alimentaban las dudas. Siempre aparecía algo: un descuido, una falla, un factor externo. Siempre había un detalle capaz de poner en jaque la ecuación de la franquicia tucumana. Y ese malestar se trataba una y otra vez puertas adentro. Porque el único método para crecer es reconocer el problema, cuestionarlo y trabajar para cambiarlo.
Cobras, en tanto, es uno de los equipos más flojos de la competición. Tiene buenos pasajes de juego y figuras del calibre de Rosko Specman, pero su rendimiento se reduce a eso: pequeños pueblos en un mapa repleto de grandes ciudades. Esa falta de constancia explica por qué es uno de los rivales más flojos del torneo, tan lejos de las franquicias argentinas y por qué, cada vez que se enfrentan, Tarucas no encuentra resistencia real para vulnerar su defensa.
Y esa superioridad no tardó en trasladarse al marcador. Incluso en el primer tiempo, el equipo tucumano ya había conseguido el bonus ofensivo (se deben marcar cuatro tries como mínimo). El primero en golpear fue Pablo Pfister, que hizo su debut en condición de local. Tarucas mostró su superioridad en el scrum. Y tras una cadena de pases, el wing de Tucumán Rugby abrió el marcador.
El equipo de Josh Reeves intentó pelear. Presentó batalla durante gran parte del primer tiempo y buscó el try con sus herramientas. Incluso Specman impidió una conquista de Matías Orlando después de una gran corrida, y Julián Leszczynski anotó un penal para poner el partido 7-3. Pero Tarucas, sin poner quinta a fondo, empezó a sumar try por try: primero fue Ignacio Marquieguez y luego Bautista Estofán.
Tarucas todavía no había terminado de quebrar el partido, claro. Tenía los recuerdos frescos de lo que pasó en Corrientes contra Yacaré, cuando se fue al descanso tras anotar cuatro tries y luego sufrió en la segunda mitad. Pero esta vez se notaba algo distinto: era la oportunidad de consolidarse y, sobre todo, de silenciar esas dudas que siempre volvían. Pero, anoche, la sensación era diferente: si Tarucas aceleraba, nadie sabía cuál podía ser el techo, o cuál iba a ser el resultado final.
El segundo tiempo continuó en el mismo curso: Facundo Cardozo fue el primero en golpear y estirar la ventaja. Es cierto: Cobras intentó reaccionar y, a través del line y maul, Santiago Bonavento anotó la única y efímera esperanza para los brasileños. Pero la ráfaga “naranja” no se detuvo: Pfister marcó su doblete, Ignacio Cerrutti apoyó tras una gran patada de Thiago Sbrocco y Pedro Coll terminó de decorar el resultado para Tarucas.
Gustavo Gobeti y Specman anotaron las últimas conquistas para Cobras, pero ya sin cambiar la historia.
Porque cuando un equipo juega así, el resultado deja de ser lo importante. Lo que queda es la sensación de que, si acelera, puede ir mucho más lejos, de que la ilusión de pelear grandes objetivos está al alcance. Y en ese escenario, las dudas ya no tienen lugar.





















