Científicos tucumanos buscan determinar si es posible sembrar quinoa en Marte o en la Luna
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Investigadores de la Universidad San Pablo-T y Fundación Miguel Lillo estudian en Tucumán si es viable cultivar quinoa en suelos simulados de Marte y la Luna para futuras misiones.
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El equipo recrea condiciones extremas y suelos extraplanetarios en su campus. Cuentan con el apoyo del INTA, que aporta semillas resistentes preparadas para desafíos espaciales.
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Este estudio posiciona a la ciencia tucumana en la vanguardia espacial. De ser exitoso, facilitaría la autonomía alimentaria en colonias humanas fuera de la Tierra a largo plazo.
EL EQUIPO EN EL CAMPUS DE LA UNIVERSIDAD DE SAN PABLO-T. Mercedes Rivero, Matheo Such, Federico Zamora y Pamela Such Stelzer.
En el silencio controlado de un laboratorio tucumano, donde la temperatura y la humedad obedecen a parámetros estrictos y el aire parece suspendido en una quietud casi quirúrgica, un puñado de semillas de quinoa se prepara para un desafío: crecer como si estuviera en la Luna o en Marte.
La escena transcurre en el CIBA (Centro de Investigaciones en Biofísica Aplicada), pleno campus de la Universidad de San Pablo-T. Entre bandejas experimentales, sensores y protocolos minuciosos, toma forma uno de los proyectos científicos más singulares que se hayan gestado en la provincia. Detrás de la iniciativa está la Dra. Pamela Such Stelzer, científica tucumana afiliada al SETI Institute, que desde hace años trabaja en el desarrollo de tecnologías ISRU (In-Situ Resource Utilization), es decir, sistemas que permitan utilizar recursos disponibles en otros cuerpos celestes para sostener la vida humana.
El programa incluye cuatro experimentos interrelacionados. Este, en particular, apunta a responder una pregunta que hasta hace poco pertenecía al terreno de la ciencia ficción: ¿puede un cultivo terrestre prosperar en suelos extraterrestres?
La quinoa no fue elegida al azar. Resistente, nutritiva y adaptable a condiciones extremas, este cultivo andino aparece como un candidato ideal para futuros hábitats fuera de la Tierra. “Vamos a probar crecimientos de quinoa tanto en ambientes lunares como marcianos”, explica Such Stelzer. Ni la Luna ni Marte poseen suelos como los conocemos. Lo que hay es regolito, un material mineral sin materia orgánica, incapaz por sí solo de sostener la vida vegetal.
Además de sembrar semillas en simulaciones de regolito lunar y marciano se intentará crear las condiciones mínimas para que esas plantas sobrevivan. “Vamos a inocular bacterias para generar un microsuelo alrededor de la plantita”, detalla la investigadora. Ese “cóctel” de semillas y microorganismos es, en rigor, el verdadero experimento: una apuesta por recrear, en miniatura, los procesos que en la Tierra tardaron millones de años en consolidarse. El CIBA ofrece las condiciones ideales para este tipo de ensayos, tanto por la calidad del equipamiento como de los recursos humanos, encabezados por los doctores Federico Zamora (director) y Mercedes Rivero (vicedirectora).
Durante un mes, las plantas estarán sometidas a condiciones que replican ciclos lunares y marcianos. En el caso de la Luna, el foco está puesto en el polo sur, donde los días y las noches se extienden durante dos semanas cada uno, explica Such Stelzer. A esto se suma la simulación de radiación solar, un componente clave en cualquier escenario fuera de la protección atmosférica terrestre.
ACCIÓN. El trabajo en el Centro de Investigaciones en Biofísica Aplicada.
Para Marte, en cambio, los tiempos se ajustan a ciclos más breves. Si todo funciona como se espera, las plantas podrían alcanzar entre siete y diez centímetros de altura, un indicador modesto en términos terrestres, pero significativo en condiciones tan adversas.
El experimento no termina allí, porque en los últimos días el proyecto sumó una segunda etapa que amplía su alcance. Una vez que las plantas hayan crecido, serán sometidas a análisis nutricionales. “Queremos ver si todavía son nutritivas, si se pueden comer como plántulas y si aportan a la nutrición de manera similar a como lo hacen en la Tierra”, explica la científica. Estos estudios estarán a cargo de un equipo de la Mayo Clinic, en Estados Unidos, lo que habla de la dimensión internacional de la iniciativa.
Pero hay más. Mientras en Tucumán se simulan condiciones extraterrestres, otro componente del proyecto irá camino al espacio. A fines de mayo o principios de junio, una cápsula con semillas de quinoa será lanzada en un cohete de SpaceX, como parte de una misión coordinada por Space Flight Laboratories, en Croacia, y financiada por la Orion Project Foundation, de Hungría.
Dentro de la cápsula, las semillas viajan compartimentadas, listas para enfrentar nueve meses de órbita alrededor de la Tierra. Es, en términos experimentales, el equivalente a un viaje a Marte. Antes del lanzamiento, se realizaron estudios de ADN y análisis moleculares; y cuando las semillas regresen se repetirán las pruebas para detectar posibles alteraciones provocadas por la radiación solar.
La invitación a participar en esta misión no fue casual. Según relata Such Stelzer, el origen se remonta a un trabajo previo, desarrollado en 2019, que despertó el interés de la fundación húngara. “Vieron nuestro trabajo y nos invitaron a hacer el experimento en condiciones reales”, recuerda. La decisión de involucrar a instituciones argentinas fue inmediata. “Los conocimientos del INTA, integrados con la Fundación Miguel Lillo y la Universidad de San Pablo, son únicos”, afirma.
Esa articulación es, en sí misma, uno de los aspectos más notables del proyecto. Las semillas provienen del INTA, con el respaldo de biólogos de la Fundación Miguel Lillo; la Universidad de San Pablo-T aporta infraestructura y conocimiento institucional; y el equipo de Such Stelzer integra la mirada geológica necesaria para comprender y simular los regolitos extraterrestres. Es, en definitiva, un esfuerzo colectivo que combina saberes locales con redes globales.
La imagen que surge de este entramado es potente. Tucumán, históricamente asociado a la producción agrícola, proyectándose como un actor en la frontera de la exploración espacial. “Argentina fue conocida como el granero del mundo -dice la investigadora-. ¿Por qué no pensar en un granero del sistema solar?”.
Hoy, esa historia podría estar escribiendo un nuevo capítulo en Tucumán. Uno en el que la quinoa -un cultivo ancestral de los Andes- se convierte en protagonista de una exploración que mira hacia el cielo. Y en el que un laboratorio, aparentemente aislado del mundo, se conecta con cohetes, satélites y estaciones orbitales en una red que desdibuja las fronteras entre lo local y lo global.
Si las semillas germinan, si las plantas crecen, si conservan su valor nutricional y si sobreviven al viaje espacial, el experimento habrá dado un paso significativo. No resolverá, por sí solo, los desafíos de la colonización espacial, pero aportará algo igual de valioso: evidencia. En ciencia, eso es lo que permite que las ideas dejen de ser hipótesis para convertirse en posibilidades reales. Y en este caso, esa posibilidad tiene raíces -literalmente- en el suelo tucumano, aunque su horizonte esté, cada vez más, fuera de este mundo.























