Las pantallas que protegen: ¿puede la tecnología reducir el riesgo de demencia en los adultos mayores?
Las tecnologías podrían ser grandes estimuladores de “neuroplasticidad”, la capacidad del cerebro de reorganizarse, formar nuevas conexiones entre neuronas y adaptarse a nuevas experiencias a lo largo de toda la vida.
Dos adultos mayores interactuando con tecnología. Iustración realizada con inteligencia artificial
Alberto tiene 75 años y está obsesionado con aprender un nuevo idioma. En realidad, quiere retomar sus estudios de francés que inició en su época universitaria y que abandonó por los vaivenes y responsabilidades de la vida adulta. La motivación está presente pero se niega a volver a métodos tradicionales que lo obligarían a asistir a clases, por eso recurre a aplicaciones como Duolingo para estimular su aprendizaje. Sin embargo, es consciente que para aprender más, la plataforma tendrá sus limitaciones. Por las tardes busca alternativas con inteligencia artificial y ya tiene lista una tabla comparativa de auriculares que traducen en tiempo real, cualquier idioma en formato de audio. Un sueño para cualquier viajero.
Estela, en cambio, no quiere aprender ni francés ni inglés. Enviudó hace cinco años y vive con uno de sus nueve hijos. Sin embargo, pasa la mayoría del tiempo sola en su casa y en esas horas encontró compañía en un parlante inteligente. Le pide música, recetas, consejos de viaje y las noticias del día. Antes de salir también le consulta si va a llover y al regresar por la tarde no duda en preguntarle si tiene alguna película para recomendarle. Sabe, como mujer nacida antes de que existiera internet y la televisión, que detrás del parlante hay una voz robotizada que se maneja por algoritmos, pero confía en su criterio a la hora de saber qué pasa en el mundo.
Alberto y Estela son parte de una generación que nació en tiempos completamente analógicos pero hoy no renuncian a aprender todos los avances de la digitalización. Para algunos el mundo se ha vuelto más complejo pero ellos fueron testigos de complejidades más desafiantes en materia informativa. Ellos conviven en una época en la que también existe un consenso general de que los niños deben retrasar lo máximo posible su acceso a las pantallas. Y aún así, cuando acceden, las recomendaciones de los especialistas advierten que deben estar acompañados por adultos en un recorrido que para ellos que si bien es novedoso, también puede ser nocivo. Sin embargo, las tecnologías podrían ser grandes estimuladores para un sector de la población que puede presentar lo que los expertos llaman “neuroplasticidad”. Se trata de la capacidad del cerebro de reorganizarse, formar nuevas conexiones entre neuronas y adaptarse a nuevas experiencias a lo largo de toda la vida. Durante décadas se creyó que esta capacidad era exclusiva de la infancia, pero la neurociencia moderna demostró que el cerebro adulto, incluso el de personas de 70, 80 o más años, conserva capacidad de cambio y adaptación.
Al contrario de lo que pasa con los niños, los adultos mayores que utilizan tecnología digital tienen menos riesgo de deterioro cognitivo. Así lo respaldan diversos estudios a partir de la estimulación que las pantallas propician. Lo que para algunos puede ser un riesgo, para otros puede implicar un esfuerzo permanente para conservar la atención y la necesidad de aprender. Un metaanálisis publicado en Nature Human Behaviour, que analizó datos de más de 400.000 personas mayores de 50 años, confirmó que aquellos adultos que utilizaban tecnologías digitales tenían un 58% menos de riesgo de deterioro cognitivo y una reducción del 26% en la tasa de declive cognitivo. El estudio, escrito por Jared F. Benge y publicado a principios de 2025, los denomina a estos adultos como “pioneros digitales” y sostiene que al haber alcanzado la edad en la que surgen los riesgos de demencia, ponen a prueba la hipótesis de la “demencia digital” frente a la de la “reserva tecnológica”. La primera sostiene que el uso tecnológico debilita funciones como la memoria, la atención y la planificación. La segunda plantea que la tecnología puede estimular la cognición y actuar como factor protector frente al deterioro.
Los resultados del estudio respaldaron la segunda hipótesis y confirmaron que el uso de herramientas digitales se asocia con una reducción del 58% en el riesgo de deterioro cognitivo y una ralentización del declive con el paso del tiempo. Estos beneficios se mantuvieron consistentes incluso al ajustar variables demográficas, socioeconómicas y de salud, lo que sugiere que la tecnología fomenta comportamientos que protegen activamente la salud cerebral. Sin embargo, los especialistas también advierten que todo depende de la dosis de uso. Al igual que en los cerebros más jóvenes, las pantallas también pueden propiciar en los adultos el aislamiento, la depresión y prácticas no saludables.
Las nuevas prácticas de Alberto y Estela ilustran lo que la ciencia confirma en los últimos años: el cerebro humano no termina de formarse en la infancia, sino que conserva una capacidad de adaptación que puede ejercitarse a lo largo de toda la vida. Los expertos llaman a esta capacidad “reserva cognitiva” y es el resultado acumulado de los desafíos que el cerebro enfrentó y superó a lo largo de su vida. Cada vez que aprendemos algo nuevo, renovamos esa reserva. Si la neuroplasticidad es la capacidad del cerebro de tender nuevos puentes, la reserva cognitiva es la red de puentes que ya fueron construidos. Cuando un adulto mayor aprende a usar una nueva tecnología, activa su neuroplasticidad, cuando lleva años haciéndolo, amplía su reserva cognitiva.
La paradoja es evidente. Las mismas pantallas que los especialistas recomiendan alejar de los niños pueden convertirse en aliadas de los adultos mayores. Alberto y Estela no son solo personas que aprendieron a usar tecnología. Son un ejemplo de algo que la neurociencia está empezando a entender con mayor claridad y es que envejecer no es solo un proceso biológico que le ocurre al cerebro, sino también una negociación entre el deterioro inevitable y la voluntad de seguir aprendiendo. La curiosidad y la voluntad de aprender pueden ser pasatiempos para ellos, pero para la ciencia representan mucho más que eso: son verdaderas medicinas para la mente y eso es realmente algo para celebrar en estos tiempos.























