De Tucumán al infinito (y más allá): el camino de Pamela hacia el espacio
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La científica tucumana Pamela Such Stelzer completó en Canadá el entrenamiento AST501 del IIAS, un paso clave para ser astronauta y avanzar en investigación de vida en el espacio.
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Tras emigrar por falta de apoyo local, la experta suma 15 años en astrobiología y minería espacial, vinculando ahora la investigación teórica con operaciones en entornos extremos.
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El hito resalta el potencial de Argentina en misiones a la Luna o Marte. La científica insta a formalizar las ciencias planetarias en la educación para potenciar el talento nacional.
La científica tucumana Pamela Such Stelzer.
“Desde muy chica quise ser astronauta”, empieza contando Pamela, y a mí se me ablanda el corazón. Porque si hay algo que yo respondía cuando me preguntaban qué quería ser de grande, era exactamente eso. Con el tiempo, esa posibilidad se vuelve lejana -casi imposible-, algo difícil de concretar. Pero Pamela viene a desarmar esa idea por completo: “Con los años ese interés se transformó en ciencia, en trabajo, en una carrera construida paso a paso durante más de 15 años. Este tipo de formación hoy es más posible de lo que muchos imaginan”, promete, dejando abierta la esperanza de los que crecen mirando al cielo.
Esta historia se trata de Pamela Such Stelzer, una científica tucumana de 46 años que se dedica a la investigación aplicada a la exploración espacial, especialmente en el desarrollo de sistemas que permitan sostener la vida humana fuera de la Tierra; y quien acaba de completar el programa “AST501” del IIAS Institute, una institución internacional dedicada a la formación avanzada en ciencias astronauticas y entrenamiento análogo, que representa el primer paso para quienes buscan entender si están preparados -y si realmente quieren- avanzar en este tipo de trayectoria.
Pamela se fue de Tucumán con 28 años, y tras un breve regreso a la provincia, partió hacia Toronto -pasando por Estados Unidos- para finalmente radicarse en Vancouver, Canadá. “Me rechazaron en la carrera del Conicet dos veces con dos proyectos diferentes, uno en minería espacial y otro en astrobiología. Por eso me fui de Argentina y pasé a ser científica afiliada en SETI en USA”, relata.
“Es un proceso de construcción”
Stelzer cuenta que aplicó para la carrera de Astronauta por primera vez en 1999, en el marco del programa “Mars One”, cuando ingresó a primer año de la Universidad de Ciencias Naturales de la UNT. Luego, en 2014, intentó en NASA cuando ya se encontraba postdoctorando en el CASLEO, estudiando la posibilidad de minar Asteroides; más recientemente, en 2021, se postuló como afiliada del instituto SETI a la European Space Agency. “No fui seleccionada en ninguna de esas oportunidades. Pero nunca dejé de intentarlo y seguiré haciéndolo”, dice con convicción.
Pero su formación no se queda solo en lo académico: también implica compartir y democratizar ese conocimiento en su país de origen. “Cada vez que vuelvo a Tucumán a visitar a mi familia doy cursos o charlas gratuitas en la UNT y la USPT. Durante un año enseñé ciencias espaciales a chicos en una escuela de San Juan y, en plena pandemia -desde Estados Unidos-, di clases bilingües para niños de Argentina y Canadá, sumando invitados internacionales de agencias espaciales de todo el mundo que participaban con charlas por Zoom”.
“Sistemas humanos”
Pamela explica que el “AST501” no es un “curso de astronautas” en el sentido clásico, sino un entrenamiento intensivo que busca acercar a científicos, ingenieros y profesionales al tipo de operaciones, pensamiento y toma de decisiones que requiere el trabajo en entornos espaciales. Está diseñado para entender cómo se ejecuta ciencia en condiciones extremas: con restricciones, en equipo, bajo presión y con protocolos muy estrictos. En esencia, te entrena para pensar como alguien que trabaja en una misión, donde no se trata solo de lo físico sino de aprender a operar sistemas, coordinar equipos e interpretar datos en condiciones no ideales. Cuenta que este entrenamiento es clave porque no alcanza con diseñar experimentos o modelos desde la Tierra, tenés que entender cómo esos sistemas funcionan en campo y qué limitaciones reales tienen. Es decir, que conecta la teoría con la realidad. “Te hace pensar: ¿esto que estoy diseñando realmente se puede ejecutar allá? Esa pregunta cambia todo”, remarca.
Y destaca que lo más desafiante no es lo físico, sino lo mental. “Estás en situaciones donde no tenés toda la información, el tiempo es limitado y cualquier decisión impacta al equipo. Eso te obliga a confiar en tu formación. Ahí es donde realmente entendés que el espacio no es un lugar para individualidades, sino para sistemas humanos que funcionan bien juntos”.
“Desde afuera uno tiende a pensar la exploración espacial como tecnología avanzada, pero cuando lo vivís desde adentro, entendés que es principalmente un problema de integración. La ciencia en el espacio no es solo buena ciencia, es ciencia que puede ejecutarse en condiciones reales”.
El futuro espacial desde Argentina
Para la científica, nuestro país no parte de cero en la carrera espacial: tiene una base científica sólida, con formación fuerte en ciencias básicas y profesionales acostumbrados a resolver problemas con recursos limitados, una habilidad que, lejos de ser una desventaja, se vuelve estratégica en contextos extremos como el espacial. El problema, plantea, no es la falta de talento sino la falta de articulación: hay conocimiento, hay experiencia, incluso con argentinos ocupando roles clave en agencias y universidades del exterior, pero todavía cuesta integrarlo con la industria y escalar en programas de mayor alcance. En ese sentido, insiste en que el país necesita inversión sostenida, pero sobre todo una visión de largo plazo que conecte ciencia, tecnología e industria.
Desde esa mirada, ella plantea que el rol de la Argentina en la exploración de la Luna o Marte puede ser mucho más relevante de lo que suele pensarse. No necesariamente liderando lanzamientos, sino aportando en áreas clave como desarrollo tecnológico, análisis de recursos, agricultura espacial o instrumentación científica. “La exploración del futuro va a ser colaborativa”, resume.
Para subirse a esa dinámica, advierte, hacen falta más programas interdisciplinarios y experiencias prácticas que acerquen el conocimiento a la realidad. El desafío es formar el capital humano que sostenga esa industria desde etapas tempranas, por ejemplo, con una base educativa en STEAM sólida y que instituciones como la Universidad Nacional de Tucumán comprendan que las ciencias planetarias no son un campo emergente, sino una disciplina con más de 50 años de desarrollo en muchas universidades del mundo, y deben actuar en consecuencia para integrarlas de manera estratégica en su oferta académica y así lograr una coordinación real entre universidades, instituciones y políticas públicas. El rumbo, asegura, es el correcto, pero el salto depende de cómo se organice ese potencial que ya existe.
Un paso más cerca del Espacio
Este logro marca una continuidad en la carrera de Pamela: es “un paso más” en un camino que ya venía construyendo en la exploración planetaria y el estudio de recursos espaciales. Lejos de cambiar su perfil, dice, lo amplía, porque le permite integrar mejor la ciencia, la tecnología y su aplicación concreta en futuras misiones. Y si hay algo que busca dejar claro hacia las nuevas generaciones es que este mundo no es inaccesible: por supuesto exige formación sólida, curiosidad y, sobre todo, paciencia. No hay atajos, sino trabajo constante, perseverancia y resiliencia.




















