Manuel Adorni será un asterisco, una de las tantas anécdotas que pululan por los entresijos de la historia. Como Jorge Capitanich, aquel (otro) Jefe de Gabinete que rompía diarios en vivo y en directo. Personajes menores, deslomados en el esfuerzo por despegarse del patetismo al que se ven condenados. Pero si en algo son consecuentes los Adorni de la vida es con cumplir el rol que les asigna la puesta en escena a la que suele verse reducida la institucionalidad. Un show, más grotesco criollo que sainete, que sirve como telón para ocultar realidades incómodas. Maniobras de distracción eficaces, a fin de cuentas. Adorni, como punta de lanza de lo sucedido el miércoles, se ajustó admirablemente al guión.
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Un espectáculo ingeniosamente planificado: escenografía perfecta, protagonistas bien definidos, héroes, villanos (de acuerdo al paladar del espectador), actores de reparto, cameos y un montón de extras, a quienes les tocaba, alternativamente, aplaudir o enfadarse. Cada quien con su libreto. Amos de la apariencia y de la representación; oportunos ejecutantes del golpe de efecto y de la actuación. Todo lo sucedido el miércoles sintetiza el fenómeno de la época: el pochoclo, los therians autopercibidos leones, la diputada maquillándose para sacarse selfis, el Presidente de la Nación, desencajado, gritándoles “¡chorros!” a un puñado de periodistas y Adorni atado al libreto con rigor prusiano. Ni informe de gestión ni interpelación; más bien la banalización de la democracia llevada al extremo.
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La dimensión performativa de la política es tan simbólica como dramática. Diseñada para cautivar, legitimar el poder y construir un relato ante la ciudadanía, siempre se valió de la capacidad de los líderes para conectar con los actores sociales por medio de diversas herramientas. Puede ser una oratoria magistral, el carisma de una mirada o de un gesto, simple simpatía. No es para cualquiera. Pero cuando lo teatral se impone, como en la Argentina de hoy, lo que queda al final de la obra es un escenario vacío. Cuando Adorni levantó sus carpetas y cada actor rumbeó para su casa, para lo único que habían servido siete horas de dramaturgia de mala calidad fue para inventar una interminable retahíla de memes.
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La banalización de las democracias occidentales es un tema central en el pensamiento político del siglo XXI. Un clásico de la época es “Gobernando el vacío”, de Peter Mair, quien sostiene que la democracia sigue existiendo en cuanto a sistema electoral, pero que ha dejado de ser un gobierno en el que la sociedad realmente participa. En consecuencia, los ciudadanos se repliegan hacia intereses cada vez más alejados del quehacer político. En la práctica, esto se traduce en un retraimiento a la hora de acudir a las urnas. En paralelo, la irrupción de las redes sociales y de los foros habilitó un espacio copado por fanáticos o por trolls rentados carentes de pensamiento crítico, sujetos a que el algoritmo que habitan les dicte lo que deben decir.
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La advertencia resulta mucho más concreta y preocupante en “Cómo mueren las democracias”, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. Allí sostienen que, a diferencia del siglo XX, ya no hay tanques en las calles ni golpes militares, sino un desgaste gradual y por lo general silencioso de las normas democráticas. Los autores subrayan que sin tolerancia ni moderación no hay espacio para la construcción institucional y recomiendan seguir con atención las señales de alerta. En el caso de los líderes, aquellos con tendencias autoritarias que niegan la legitimidad de sus oponentes, toleran la violencia (o se sirven de ella) y amenazan con restringir libertades civiles y de prensa. No hay con este razonamiento mejor camino para matar una democracia que banalizarla al extremo.
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Anne Applebaum lo sintetiza en “El ocaso de la democracia”. Afirma que los enemigos, más que exteriores, se encuentran enquistados adentro del sistema. Como huevos de una serpiente lista para emerger en cualquier momento. Es otra arista del fenómeno, la relacionada con quiénes detentan el poder real, moviendo los hilos, mientras al público se le ofrece una puesta en escena como la coprotagonizada por Adorni en la Cámara de Diputados. Puede que ese poder haya estado -en parte- en los palcos de la Cámara, puede que fuera del recinto. Lo único seguro, según los autores mencionados, es que hoy el poder no le pertenece al pueblo y esa es la cuestión de fondo en toda esta historia.
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Qué festín hubiera sido asistir a la puesta en escena del miércoles junto a Giovanni Sartori. Escucharlo analizar, minuto a minuto, ese espectáculo del que escribió en una de sus obras fundamentales (“Homo Videns”). Sartori explicó cómo la cultura visual atrofia el pensamiento. ¡Y eso que murió un año antes de que TikTok se consolidara a escala global! Pues bien, el espectáculo de Adorni y compañía en el Congreso pareció ejecutado a la medida de este concepto. Lo que más temía y más alertó el pensador italiano: la democracia reducida a un show visual sin contenido conceptual ni profundidad. Muchísimo ruido, la claque aplaudidora, el teatral retiro de Milei con su tropa a cuestas y Adorni, incólume, en lo suyo. Así estamos.



















