Palabra de legislador: la ilusión del Aleph en la política argentina

En términos políticos, esta fantasía reaparece cada vez que una doctrina se presenta como panacea.

Palabra de legislador: la ilusión del Aleph en la política argentina
Hace 9 Hs

Gerónimo Vargas Aignasse

Legislador de la provincia de Tucumán

Por estos días, el debate público argentino parece dominado por una certeza asfixiante: la de quienes creen haber hallado la clave única para ordenar el caos. Como si existiera un punto infinitesimal desde el cual todo pudiera verse, comprenderse y resolverse. Esa ilusión —la de la explicación total— no es nueva. Jorge Luis Borges la narró con lucidez extraordinaria en El Aleph: ese punto del espacio que contiene todos los puntos, donde el universo entero se observa sin fisuras ni contradicciones.

La promesa del Aleph es seductora porque elimina la incertidumbre. En términos políticos, esta fantasía reaparece cada vez que una doctrina se presenta como panacea. Hoy, ese lugar parece ocuparlo el fanatismo libertario en sus expresiones más rígidas: la idea de que el mercado, despojado de interferencias, no solo organiza la economía, sino la vida social en su conjunto. Bajo este prisma, cualquier desigualdad, falla institucional o dolor social encuentra su origen —y su remedio— exclusivamente en la mayor o menor libertad económica.

El problema no es la libertad; la libertad es el oxígeno de cualquier sociedad democrática. El problema es su absolutización.

Dogma

Cuando una idea deja de ser una herramienta para convertirse en el lente único de interpretación, muta en dogma. Y los dogmas, por definición, son monólogos: no dialogan, se imponen. Como en el relato de Borges, lo que promete totalidad termina chocando con la finitud humana. La realidad social no es un sistema cerrado ni una ecuación de equilibrio; es un entramado de asimetrías históricas, instituciones imperfectas y demandas territoriales que no se dejan comprimir en una consigna de redes sociales.

Todo fanatismo comparte un rasgo: la incorregibilidad. Es la convicción de que no existen los matices y de que cualquier dato que contradiga el modelo debe ser descartado o castigado. Cuando la realidad no coincide con la teoría, no se revisa la teoría: se descalifica la realidad. Así, la ilusión de explicarlo todo termina por no iluminar nada; solo simplifica.

Nada de esto implica negar el valor de las ideas liberales ni el rol vital del mercado. Implica, en cambio, advertir sobre el riesgo de convertir una doctrina en un Aleph político. Creer que lo infinito —la complejidad de una nación— puede ser reducido a una sola variable sin pérdida de humanidad es, en el mejor de los casos, una ingenuidad y, en el peor, una forma de ceguera.

Borges, que no ahorraba críticas al peronismo de su tiempo, advertía sobre las identidades políticas que se vuelven impermeables a la evidencia. Esa rigidez no es patrimonio de una época ni de un partido; es la marca del fanatismo. La Argentina no necesita revelaciones místicas ni posiciones irreductibles. Necesita debates con rigor científico, ideas con sensibilidad social y convicciones templadas por la prudencia.

Como en el cuento, la realidad siempre será más vasta y secreta que cualquier teoría que intente abarcarla. Reconocer ese límite no es un signo de debilidad, sino el primer gesto de responsabilidad política.

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