MERCADO LABORAL. En los ocho meses que van de mayo de 2025 a enero pasado, se perdieron 101.100 puestos de trabajo asalariados privados registrados.
Federico Pablo Vacalebre
Profesor de la Universidad del CEMA
El programa económico argentino registra avances macroeconómicos genuinos e incuestionables. El equilibrio fiscal y externo simultáneo, la acumulación de reservas y el salto exportador son logros reales que pocas veces se alinearon de manera tan consistente en la historia reciente del país. Pero el cuadro que dibujan los indicadores de actividad, empleo, salarios y consumo del primer bimestre cuenta una historia diferente: la de una economía que crece por sectores y no por capas, donde la recuperación benefició hasta ahora a los segmentos más vinculados a la exportación y el capital, mientras que los sectores que concentran la mayor parte del empleo y el consumo popular siguen operando con contracción o estancamiento. Esa brecha no es solo social. Es el principal riesgo político que puede comprometer la sostenibilidad del programa en un año electoral.
La heterogeneidad sectorial es brutal cuando se miran los datos con detenimiento. El sector agropecuario, la energía y la minería, y la intermediación financiera crecieron entre un 6,6% y un 17,5% interanual en el primer bimestre, con ganancias acumuladas desde diciembre de 2023 que oscilan entre el 21% y el 25%. Pero esos tres sectores en expansión apenas representan el 16% del PBI. Los sectores que concentran el 48% del producto -la industria, el comercio, la construcción y los servicios personales- muestran un panorama opuesto. La industria cayó un 5,7% interanual en el período y acumula un retroceso del 4,8% desde el inicio de la gestión; el comercio retrocedió un 5,2% y un 1,3% respectivamente; la construcción, pese a que algunos indicadores recientes son menos negativos, arrastra una caída acumulada del 21,9% desde noviembre de 2023. El EMAE total apenas registró una variación del -0,2% interanual en el primer bimestre, lo que ilustra con exactitud la magnitud de la brecha entre los sectores ganadores y los que todavía no recuperan.
El mercado laboral formal refleja con precisión esa dinámica. En los ocho meses que van de mayo de 2025 a enero pasado se perdieron 101.100 puestos de trabajo asalariados privados registrados. Desde el inicio de la gestión, la pérdida acumulada de empleo privado formal asciende a 206.300 puestos. La construcción, que llegó a perder 58.800 empleos formales en ese lapso, es el sector que más destruyó trabajo en términos relativos, con una caída del 13,3%.
Salarios
Los salarios reales siguen siendo la variable que más preocupa desde el punto de vista del bienestar. En los últimos seis meses, los salarios privados formales cayeron un 3,6% en términos reales medidos contra el IPC y un 6,7% frente a la canasta básica total. Los salarios públicos retrocedieron un 5,9% real en el mismo período y acumulan una pérdida del 18,3% desde diciembre de 2023. El peso de esa compresión salarial se traduce directamente en la demanda de consumo masivo. Las ventas en supermercados cayeron un 2,1% interanual en el primer bimestre y un 11% acumulado desde el inicio de la gestión; las ventas minoristas de pymes retrocedieron un 3,6% en el primer trimestre; y las ventas de alimentos y bebidas que releva la CAME se contrajeron un 5,1% en el mismo período. Que el 31,6% de los hogares encuestados declare que sus ingresos no alcanzan para cubrir los gastos del mes y que solo el 3,85% pueda ahorrar algo es la expresión más directa del impacto de esa compresión sobre la vida cotidiana. A esa presión sobre el ingreso disponible se suma el efecto de la apreciación del tipo de cambio real sobre la competitividad de los sectores transables. El tipo de cambio real multilateral muestra hoy una apreciación del 19,3% respecto de septiembre de 2025, del 26,7% al promedio histórico de los últimos 26 años y del 10,1% incluso respecto del cierre de 2025. El tipo de cambio bilateral frente al dólar acumula una apreciación del 21% desde septiembre. Esa revaluación abarata las importaciones y comprime la competitividad de la producción local en los sectores que compiten con bienes externos, lo que explica en parte la caída de la industria y el comercio. El dilema de política es conocido: una depreciación mejoraría la competitividad pero agravaría la inflación, justo cuando el proceso desinflacionario todavía no se consolidó.
La pregunta que esos datos plantean no es si el programa puede sostenerse económicamente en el corto plazo. Puede. La pregunta es que sucede si la recuperación no empieza a llegar con más fuerza a los hogares que representan la mayoría del padrón electoral.
Un programa que logra equilibrar las cuentas externas y fiscales pero que no logra que esa mejora se traduzca en bienestar cotidiano para la mayoría corre el riesgo de sufrir un castigo electoral que condicione su continuidad. Que la recuperación llegue al 48% del PBI que hoy sigue en rojo no es solo un objetivo social. Es la condición para que el cambio de régimen que el programa propone pueda consolidarse más allá del calendario electoral.

















