LA GACETA vivió el AMG Experience a 205 km/h junto a Daniel Herrero el CEO de Mercedes-Benz
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LA GACETA testeó modelos Mercedes-Benz a 205 km/h junto al CEO Daniel Herrero en el Autódromo de Termas de Río Hondo, buscando experimentar la potencia de la línea AMG en pista.
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La jornada contó con asesoramiento de pilotos de Turismo Carretera y mecánicos de boxes, permitiendo a los invitados conducir vehículos de más de 400 caballos de fuerza.
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Esta acción busca consolidar el posicionamiento de Mercedes-Benz mediante el marketing de experiencias, vinculando la marca con la adrenalina y la exclusividad del automovilismo.
A TODA VELOCIDAD. El auto acelera sobre el asfalto en el Autódromo Internacional de Las Termas de Rio Hondo.
El ruido fue lo primero que me golpeó apenas bajé del auto en el Autódromo Internacional de Termas de Río Hondo: motores, herramientas, radios y el rugido seco de un V10 que parecía partir el aire en dos. El AMG Experience de Mercedes-Benz todavía no había empezado y yo ya estaba cuestionando todas mis decisiones laborales por no haberme dedicado al automovilismo.
Alrededor del museo todo era movimiento: camiones gigantes, mecánicos entrando y saliendo de boxes, autos desarmados y personas moviéndose en monopatines eléctricos. Era imposible no pensar en una previa de Fórmula 1.
En medio de ese caos nos recibieron con café y medialunas mientras Daniel Herrero, CEO de Prestige Autos, y los pilotos de Turismo Carretera Otto Fritzler y Diego Azar explicaban el desafío: manejar distintos modelos AMG -CLE 53 AMG, C 43 AMG, GLC 43 AMG y A 35 AMG- y competir entre nosotros en vueltas rápidas.
Dicho así sonaba divertido, pero yo mentalmente estaba pensando cuánto me costaría fingir un desmayo para no tener que subirme a algún auto.
Después vino la charla técnica sobre la pista, las curvas, las zonas de frenado y algunos consejos de manejo
Circuito de Las Termas de Rio Hondo antes de iniciar el AMG Experience.
Cuando bajamos a pista vi los autos estacionados uno al lado del otro y entendí que no había marcha atrás. A lo lejos, los mecánicos trabajaban sobre los autos del TC mientras el olor a goma y combustible se mezclaba con el calor santiagueño.
Los invitados empezaron a subirse demasiado rápido para mi gusto. Yo preferí mirar de lejos y analizar la situación como quien observa fauna salvaje en un documental. Necesitaba entender la mecánica antes de entregarle mi vida a un Mercedes.
Al costado habían armado un living con sillones y una mesa llena de cascos. La dinámica era simple: agarrabas uno y te subías. Pero yo seguía ahí, sin tocar ninguno.
Entonces empezó el espectáculo más interesante del día: algunos se bajaban arrepentidos; otros, eufóricos, pedían más velocidad. Mientras tanto, empleados del autódromo corrían hacia los Mercedes-Benz con ventiladores de mano para enfriar motores. Imaginate manejar algo tan caliente que necesita ser abanicado como una señora de Recoleta en 1920.
Yo seguía sin agarrar ningún casco hasta que caminé hacia boxes y escuché otra vez el V10: un ruido ridículo, innecesario y hermoso que no se escucha, se siente en el pecho.
No sé si fue el V10 o qué, pero volví. Agarré un casco antes de arrepentirme. Y automáticamente alguien dijo: “Está libre este auto, subí”. Perfecto. Ya estaba secuestrada por el evento.
Me senté y cuando miré hacia mi derecha vi que mi copiloto era Diego Azar, reconocido por sus actuaciones en el Top Race y piloto del equipo Mercedes-Benz de Turismo Carretera. Me explicó un par de cosas para salir a pista y yo, entre risas nerviosas, le pedí paciencia.
La primera vuelta transcurrió entre mi manejo comparable al de una señora llevando una torta de cumpleaños y los intentos de Diego por convencerme de que el auto no nos iba a matar. La velocidad siempre me dio respeto. Además tengo un hijo y quería volver entera a Tucumán. Hice la primera curva tranquila, aceleré un poco en la recta y, para un piloto de TC como él, debíamos parecer un caracol.
Ir a 150 km/h ya era, para mí, una experiencia casi cinematográfica. Manejo todos los días por la ruta 9 mientras mi hijo canta canciones de “La Granja de Zenón" y esa ya es para mí una experiencia casi límite.
Boxes de Mercedes-Benz en el Turismo Carretera.
Cuando llegó la segunda curva, Diego me pidió que frenara fuerte. Fuerte de verdad. Y ahí entendí que mi cuerpo no estaba preparado para eso. Descubrí músculos nuevos intentando sostenerme del volante mientras el auto hacía exactamente lo que tenía que hacer y yo, exactamente, lo que hace alguien que no nació para correr Le Mans.
Cuando salimos de la curva aceleré más confiada. Y ahí apareció algo. El miedo empezó a mezclarse con diversión. Una combinación peligrosísima.
Volvimos a boxes y yo ya quería otra vuelta. Porque el cerebro humano funciona raro: cinco minutos antes pensaba que podía morir y ahora quería repetir la experiencia.
Pero esta vez tenía un objetivo claro: la GLC 43 AMG. Primero porque me encantan las SUV. Segundo porque el copiloto era Daniel Herrero, uno de los empresarios más reconocidos de la industria automotriz argentina y expresidente de Toyota Argentina durante 12 años, y yo quería entrevistarlo.
Esperé mi oportunidad. Había fila para subir con él. Parecía Mick Jagger pero del mundo automotor.
Se bajó un hombre, yo me escabullí entre la gente y me senté en el asiento del conductor como quien no quiere la cosa. Me presenté sin revelar mis verdaderas intenciones periodísticas. Primero había que caer simpática. Herrero me preguntó cuánto medía. Le dije “uno sesenta”.
Tocó unos comandos en la pantalla y el asiento se acomodó solo hasta quedar perfecto. En ese momento entendí que nunca voy a poder volver a ser feliz en mi auto.
Después vino la pregunta clave: “¿Te querés divertir?”. No dudé: le dije que sí. Salimos a pista y Herrero me pidió una sola cosa: “Haceme caso en todo”. Y yo, que claramente había perdido el instinto de supervivencia, le hice caso.
Al salir de la primera curva me dijo que acelerara a fondo. Pero a fondo de verdad. Y esta vez lo hice. No miré el velocímetro. Solo escuchaba a Daniel gritando desde al lado: “¡Vamos bien! ¡Pasamos los 200! ¡Estamos en 205!”.
Los conos marcaban la zona de frenado pero él me pedía que siguiera un poco más. Que pisara los pianitos. Que sostuviera fuerte el volante. Que frenara más adentro de la curva. Y yo obedecía.
Y ahí entendí por qué a la gente le gustan tanto los autos rápidos. Porque durante esos minutos no existe nada más. Ni el trabajo. Ni el celular. Ninguna responsabilidad. Solo existe el ruido del motor, las curvas y una cantidad absurda de adrenalina.
La vuelta duró un minuto y medio. Para mí fueron tres días hábiles. Cuando volvimos a boxes yo ya no estaba nerviosa. Estaba completamente eufórica. Había hecho algo que juraba que no iba a hacer nunca.
Daniel se bajó feliz. No porque yo manejara bien -claramente no estaba en la lista para reemplazar a Franco Colapinto- sino porque creo que él tampoco esperaba que yo realmente acelerara.
Después vino la entrevista. Hablamos casi 20 minutos. Pero los primeros 10 ni siquiera quedaron grabados porque terminamos conversando como si nos conociéramos de toda la vida: de autos, de Colapinto, de Mercedes y de esa extraña necesidad humana de ir cada vez más rápido aunque sepamos perfectamente que no hace ninguna falta. Y mientras lo escuchaba entendí el verdadero negocio de Mercedes. No venden autos. Venden la fantasía de sentirte piloto por un rato. Y eso, funciona.






















