La otra cara del pluriempleo en Tucumán: trabaja en una herrería, da clases en un gimnasio, estudia y cría solo a su hijo
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Joaquín Gómez, padre soltero de Tucumán, trabaja hoy como herrero y profesor de gimnasio mientras estudia, debido a que un solo sueldo no le alcanza para cubrir sus gastos.
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Con cinco horas de sueño diario, Joaquín divide su tiempo entre la crianza de su hijo Felipe, materias del profesorado de Educación Física y dos extenuantes jornadas laborales.
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Su historia expone el auge del pluriempleo en Tucumán, donde el 30% de los ocupados requiere de un segundo ingreso, una tendencia que ya afecta a 1.6 millones de argentinos.
Miércoles, seis de la mañana. En el barrio Ciudadela, sobre Bolívar al 1.500, todavía es de noche y el frío -cinco grados a esa hora- se mete con fuerza por las ventanas de la casa de Joaquín Gómez Picuard, el protagonista de esta historia. Una de esas historias que se repiten en silencio en Tucumán, cuando un solo trabajo no alcanza y el tiempo empieza a estirarse más de la cuenta. En el Gran Tucumán, tres de cada 10 trabajadores atraviesan esa realidad: 131.000 personas, aún teniendo empleo, necesitan sumar otro ingreso para sostenerse en una provincia donde la desocupación sigue siendo relativamente baja, pero en la que trabajar dejó de garantizar tranquilidad económica. El fenómeno ya alcanza a 1,6 millones de argentinos y el pluriempleo atraviesa uno de sus niveles más altos de la última década. A sus 31 años, el cuerpo de Joaquín ya casi no pregunta. Se acostumbró a arrancar temprano, incluso cuando el cansancio del día anterior todavía sigue ahí. Confiesa que duerme, con suerte, cinco horas por día. Como tantos tucumanos, sostiene dos trabajos para poder llegar a fin de mes.
En la habitación de al lado, su hijo Felipe duerme. Joaquín lo despierta con cuidado, aunque sin demasiado margen para demorarse. Le prepara algo caliente y lo acompaña hasta la parada del colectivo para que tome la línea 9 rumbo a la escuela. Afuera sigue siendo de noche. La calle está vacía, apenas iluminada por una luna que empieza a apagarse lentamente. Pero para ellos, el día ya comenzó.
Caminan juntos hasta la parada y Joaquín espera a que Felipe suba. Cuando vuelve a su casa, el silencio dura poco. Antes de que arranque el ruido de la jornada, encuentra un momento breve para sentarse con unos apuntes. Revisa hojas, subraya y trata de avanzar un poco más. Estudia el profesorado de Educación Física y está a pocas materias de recibirse. “Si todo sale bien, este año termino”, le cuenta a LA GACETA.
No es algo nuevo para él. Hace años que combina estudio y trabajo. Siempre fue así, aunque ahora la presión es distinta. Sus días giran alrededor de dos empleos y de una idea que repite varias veces durante la charla: sostener lo que tiene y seguir creciendo con aquello que sabe hacer.
Mientras la mañana avanza, en la casa donde también viven sus padres, Luis y Rosa, y su hermano Javier -un sostén fundamental en tiempos difíciles- empieza la otra parte de su rutina: la herrería. El sonido del metal rompe la quietud, el olor a hierro quemado invade el ambiente y las chispas de la soldadora empiezan a marcar el ritmo de un día que no afloja.
EL PRIMER TURNO. En la herrería, Joaquín fabrica equipamiento para gimnasios. LA GACETA / MATÍAS VIEITO
No es cualquier trabajo. Joaquín fabrica equipamiento para gimnasios: barras, estructuras y piezas que después terminan en espacios donde otros entrenan o intentan mejorar su cuerpo. Pero admite que “no siempre hay pedidos” y que, cuando el trabajo baja, “se complica”. La herrería muchas veces no alcanza. Por eso, cada tarde, el día continúa en otro lugar: su segundo sustento.
Un clic que cambió todo
Hace algunos años su vida tenía otro ritmo. Pero hubo un quiebre. Desde que se separó, Joaquín quedó a cargo de su hijo, hoy de 12 años, y desde entonces sus días se reorganizaron por completo. La meta ya no pasa solamente por estirar el sueldo, sino también por sostener la crianza cotidiana. “Busco lo mejor, siempre. Con lo que gano llego justo a fin de mes, pago impuestos y hago las compras del día. No me doy muchos gustos, aunque me encantaría. Hoy, si te ponés a pensar, una docena de empanadas son dos días de comida”, dice. No lo expresa como una queja, sino como una constatación.
Cuando termina en la herrería, Joaquín descansa un rato. Apenas un rato. Deja las herramientas, espera a Felipe que vuelve de la escuela, le prepara el almuerzo, lee un poco y vuelve a arrancar. Se cambia, agarra la bicicleta y sale otra vez. Con los últimos reflejos del sol sobre Ciudadela, pedalea hacia su segundo trabajo: un gimnasio donde se desempeña como instructor. Alrededor de las 17.30 llega una nueva exigencia. Ya no hay soldadoras ni hierro, pero sí correcciones, indicaciones y motivación constante. Tiene que sostener la energía cuando el cuerpo ya viene desgastado desde temprano.
HIERROS Y RUTINAS. Joaquín Gómez Picuard divide sus días entre la herrería, el gimnasio y el estudio del profesorado de Educación Física. LA GACETA / MATÍAS VIEITO
El disfrute
No todo en la vida de Joaquín es trabajo. En algunos momentos aparece la música: su banda de rock, la guitarra, los amigos o el tiempo compartido con su pareja. Son instantes breves donde logra bajar el ritmo y convertirse en otro Joaquín, uno menos apurado. “Una vez mi viejo me dijo: ‘Tu reloj no tiene 24 horas, tendría que tener 30’”, cuenta entre risas.
EL RESPIRO. Entre jornadas extensas y obligaciones diarias, Joaquín encuentra un momento para bajar el ritmo con su guitarra. LA GACETA / MATÍAS VIEITO
El final
A las 11 de la noche, cuando la jornada finalmente termina, Joaquín vuelve a su casa con la cabeza todavía llena de ruido. Felipe ya duerme o lo espera para compartir ese último tramo del día que les pertenece solo a ellos. Ahí aparecen las tareas más simples: pensar la cena, ordenar algunas cosas y estirar un poco más el tiempo.
Cuando todo finalmente se aquieta y el reloj marca la una de la madrugada, Joaquín queda en silencio. El cuerpo acusa el desgaste y la cabeza ya empieza a adelantarse al día siguiente. Sabe que en pocas horas todo volverá a ponerse en marcha. Porque en su casa, como en tantas otras de Tucumán, la tregua dura poco cuando un solo trabajo no alcanza. A las seis de la mañana, el despertador volverá a sonar.
























