01 Septiembre 2002
Al Prof. Werner Schiller, de quien tanto aprendí. In Memoriam
Las circunstancias bajo las cuales puede surgir un trabajo como este son inimaginables. Lo mismo vale para el curso con frecuencia errático seguido por la idea que lo generó. Tal reflexión nace de la reciente relectura de un libro adquirido casi 60 años atrás. Se trata de la traducción del original alemán al francés de los llamados Cuadernos de Conversación, de Ludwig van Beethoven (1770-1827).
Hacia 1819, Beethoven quedó completamente sordo. Incapacitado para el diálogo oral, llevaba siempre un cuaderno en el cual sus "interlocutores" escribían toda clase de preguntas. Una vez leídas, B. las contestaba oralmente. Esos cuadernos, expurgados de trivialidades, se publicaron en un único volumen con el título arriba citado.
Pues bien, por el tenor de una de las respuestas de B., se deduce que alguien le preguntó si la partícula holandesa "van" antepuesta a su apellido, equivalente al "von" alemán, era signo de alcurnia de sus ancestros holandeses. Respondió "no", con una curiosa explicación que omitiré.
De los apellidos
Constituyen un singularísimo "universo" no estudiado todavía en sus múltiples aspectos. Por cierto la Heráldica o Blasónica los estudia desde una perspectiva de interés especial para grupos familiares que, fundada o infundadamente, presumen de abolengo. En este modesto ensayo me ocuparé también de los apellidos, pero desde un punto de vista centrado en la heterogeneidad de sus contenidos semánticos, tan notoria en la siguiente lista extraída de la Guía Telecom de B.A., 2001-02.
Arena, Barro, Azul, Verde, Bueno, Malo, Verdugo, Cabezón, Capón, Calzón, Ladrón, Calvo, Corto, Largo, Cuadrado, Redondo, Panza, Panzone, Cuello, Orejas, Costilla, Camino, Vereda, Corral, Corrales, Saliva, Tarifa, Manteca, Pan, Vino, Pimienta, Centauro, Pez, Toro, Gallo, Ciruelo, Pino, Lechuga, Sol, Luna, Estrella, Dos, Tres, Mil, Guerra, Paz, Alegría, Abraham, Salomón, Dios (de), Diablo, en sus versiones Teufel (alemán) y Dickens (inglés). Cerraremos la enumeración con los sorprendentes apellidos Culino, Meo y Verga.Cualquier apellido tomado al azar plantea problemas de imposible solución, en este sentido: siempre hubo una primera persona o familia que recibió ese particular apellido. Averiguar quién fue esa persona, dónde y cuándo se la empezó a llamar de ese modo especial configura, en cualquier caso, un problema insoluble. La motivación de un apellido como Cabezón o Largo es desde luego presumible, lo es mucho menos si fuese Mesa o Vereda, pero aunque quede bien aclarada la razón de un determinado apelativo, permanecerá siempre pendiente el saber cuál fue la primera persona que lo recibió, y dónde y cuándo eso ocurrió. Otra incógnita: los nombres de los 8 meses del año desde enero a agosto, existen como apellidos, no así los 4 restantes. ¿Por qué esta discriminación?
Clasificación
Nos proponemos aquí ampliar una incipiente clasificación existente en nuestro desordenado universo. En él se encuentran ya identificados con nombres propios dos grupos importantes de apellidos, los "patronímicos" y los "gentilicios". Los primeros son apellidos como González, Fernández, etcétera, derivados de los nombres de pila bautismal de los correspondientes padres, Gonzalo, Fernando, etcétera. El sufijo "ez" significa "hijo de". Los "gentilicios" califican apellidos como España, Aragón, Sevillano. En su origen designaron la "procedencia" desde un cierto lugar de una persona incógnita que en tiempos inmemoriales se incorporó a una determinada comunidad. El vocablo se formó con la raíz latina "gens", de muchos significados. En este caso el término alude tanto a "la procedencia de cierto lugar", como a la "pertenencia" a una cierta familia o clan.
Cumpliendo con nuestro proyecto, empezamos por formar el mayor número posible de apellidos de modo tal que la totalidad de sus elementos se encuentre emparentada por una significativa propiedad común. De esa manera, formamos los conjuntos cuyos elementos nombran: 1) animales; 2) vegetales; 3) colores; 4) alimentos; 5) personajes bíblicos; 6) oficios manuales. Corresponde ahora dar nombres coherentes a estos conjuntos. A tal fin, observamos que el calificativo "patronímico" se formó según el esquema: patronímico = patr (i), padre + onuma, nombre = nombre del padre.
Adoptando este caso particular como patrón y con fundamento en los significados de los prefijos griegos castellanizados: 1) zoo (animal); 2) fito (vegetal); 3) cromo (color); 4) trofo (alimento); 5) biblio (libro); 6) ergon (trabajo, trabajador), parece razonable atribuir a los conjuntos formados líneas arriba, los siguientes nombres: 1) zoonímico; 2) fitonímico; 3) cromonímico; 4) trofonímico; 5) biblionímico; 6) ergonímico. Surge un problema: el importante conjunto de los "gentilicios" quedaría fuera de la clasificación. Por suerte, el prefijo griego "topos" (lugar, sitio), legitima el nombre "toponímico".
Es notorio que quedan muchos conjuntos sin clasificar. En particular, dejo a los expertos dar un nombre adecuado a los apellidos que alguien "bautizó" como "obscenos".
El corralito
Al arribar a este punto me pregunto: lo que escribí ¿servirá para algo? Sin vacilar, respondo: para nada. Mejor romper todo y abandonar la tarea por inútil. Muy fatigado, resuelvo descansar escuchando buena música. Así lo hago, cuando de pronto, de un modo inesperado y sin ninguna motivación, aparece en mi mente la palabra ¡corralito! La más odiada por los argentinos. No obstante, como palabra, resulta simpática. Busco por eso hallarle algo bueno y lo encuentro rápido: tiene el valor lingüístico de un auténtico neologismo, esto es, de una "palabra nueva", indispensable en un idioma para llenar una "laguna lingüística o léxica". Se designa así la inexistencia en ese idioma de un término específico para nombrar "algo" que existe, pero que carece de nombre, o bien, para nombrar "algo" que era inexistente y que de improviso se hace presente por primera vez. Uso la voz "algo" en su máxima latitud. Por ejemplo, el "conjunto de apellidos que designan animales" carecía de nombre. Lo denominé "zoonímico". Con mayor audacia, llamé "corralito" a un complejísimo fenómeno socio-económico-cultural que nunca se dio antes, ni en el país ni en parte alguna del mundo. En todos los centros económico-financieros del planeta se emplea el término "corralito" con referencia puntual al caso argentino, prueba evidente de que el fenómeno surgió a la vida aquí. En verdad, fonéticamente la palabra no suena como nueva, pero por haber incorporado a un término preexistente un nuevo significado, adquirió el carácter de un verdadero neologismo. Valioso antecedente: los vocablos "impresionismo" y "cubismo", derivados de voces preexistentes, como lo es "corralito", fueron en sus orígenes palabras cultas sólo usadas en elevados centros del arte. Con el correr de los años, entraron al léxico común y perdieron su categoría de origen.No podríamos dar fin a este trabajo sin aludir al origen de la palabra "corralito". En mi opinión, no fue acuñada por ningún economista. Caben tan sólo conjeturas más o menos plausibles. Una, entre tantas: un Sr. X, muy perjudicado por sus efectos, dijo: "ahora me metieron en un ?corral? o tal vez ?corralito?". A partir de ese momento, la expresión se convirtió en la más usada en la prensa oral y televisiva de cada día. Los azarosos vaivenes del loco mundo en que vivimos engendraron el desastre actual del país.
(c) LA GACETA
Las circunstancias bajo las cuales puede surgir un trabajo como este son inimaginables. Lo mismo vale para el curso con frecuencia errático seguido por la idea que lo generó. Tal reflexión nace de la reciente relectura de un libro adquirido casi 60 años atrás. Se trata de la traducción del original alemán al francés de los llamados Cuadernos de Conversación, de Ludwig van Beethoven (1770-1827).
Hacia 1819, Beethoven quedó completamente sordo. Incapacitado para el diálogo oral, llevaba siempre un cuaderno en el cual sus "interlocutores" escribían toda clase de preguntas. Una vez leídas, B. las contestaba oralmente. Esos cuadernos, expurgados de trivialidades, se publicaron en un único volumen con el título arriba citado.
Pues bien, por el tenor de una de las respuestas de B., se deduce que alguien le preguntó si la partícula holandesa "van" antepuesta a su apellido, equivalente al "von" alemán, era signo de alcurnia de sus ancestros holandeses. Respondió "no", con una curiosa explicación que omitiré.
De los apellidos
Constituyen un singularísimo "universo" no estudiado todavía en sus múltiples aspectos. Por cierto la Heráldica o Blasónica los estudia desde una perspectiva de interés especial para grupos familiares que, fundada o infundadamente, presumen de abolengo. En este modesto ensayo me ocuparé también de los apellidos, pero desde un punto de vista centrado en la heterogeneidad de sus contenidos semánticos, tan notoria en la siguiente lista extraída de la Guía Telecom de B.A., 2001-02.
Arena, Barro, Azul, Verde, Bueno, Malo, Verdugo, Cabezón, Capón, Calzón, Ladrón, Calvo, Corto, Largo, Cuadrado, Redondo, Panza, Panzone, Cuello, Orejas, Costilla, Camino, Vereda, Corral, Corrales, Saliva, Tarifa, Manteca, Pan, Vino, Pimienta, Centauro, Pez, Toro, Gallo, Ciruelo, Pino, Lechuga, Sol, Luna, Estrella, Dos, Tres, Mil, Guerra, Paz, Alegría, Abraham, Salomón, Dios (de), Diablo, en sus versiones Teufel (alemán) y Dickens (inglés). Cerraremos la enumeración con los sorprendentes apellidos Culino, Meo y Verga.Cualquier apellido tomado al azar plantea problemas de imposible solución, en este sentido: siempre hubo una primera persona o familia que recibió ese particular apellido. Averiguar quién fue esa persona, dónde y cuándo se la empezó a llamar de ese modo especial configura, en cualquier caso, un problema insoluble. La motivación de un apellido como Cabezón o Largo es desde luego presumible, lo es mucho menos si fuese Mesa o Vereda, pero aunque quede bien aclarada la razón de un determinado apelativo, permanecerá siempre pendiente el saber cuál fue la primera persona que lo recibió, y dónde y cuándo eso ocurrió. Otra incógnita: los nombres de los 8 meses del año desde enero a agosto, existen como apellidos, no así los 4 restantes. ¿Por qué esta discriminación?
Clasificación
Nos proponemos aquí ampliar una incipiente clasificación existente en nuestro desordenado universo. En él se encuentran ya identificados con nombres propios dos grupos importantes de apellidos, los "patronímicos" y los "gentilicios". Los primeros son apellidos como González, Fernández, etcétera, derivados de los nombres de pila bautismal de los correspondientes padres, Gonzalo, Fernando, etcétera. El sufijo "ez" significa "hijo de". Los "gentilicios" califican apellidos como España, Aragón, Sevillano. En su origen designaron la "procedencia" desde un cierto lugar de una persona incógnita que en tiempos inmemoriales se incorporó a una determinada comunidad. El vocablo se formó con la raíz latina "gens", de muchos significados. En este caso el término alude tanto a "la procedencia de cierto lugar", como a la "pertenencia" a una cierta familia o clan.
Cumpliendo con nuestro proyecto, empezamos por formar el mayor número posible de apellidos de modo tal que la totalidad de sus elementos se encuentre emparentada por una significativa propiedad común. De esa manera, formamos los conjuntos cuyos elementos nombran: 1) animales; 2) vegetales; 3) colores; 4) alimentos; 5) personajes bíblicos; 6) oficios manuales. Corresponde ahora dar nombres coherentes a estos conjuntos. A tal fin, observamos que el calificativo "patronímico" se formó según el esquema: patronímico = patr (i), padre + onuma, nombre = nombre del padre.
Adoptando este caso particular como patrón y con fundamento en los significados de los prefijos griegos castellanizados: 1) zoo (animal); 2) fito (vegetal); 3) cromo (color); 4) trofo (alimento); 5) biblio (libro); 6) ergon (trabajo, trabajador), parece razonable atribuir a los conjuntos formados líneas arriba, los siguientes nombres: 1) zoonímico; 2) fitonímico; 3) cromonímico; 4) trofonímico; 5) biblionímico; 6) ergonímico. Surge un problema: el importante conjunto de los "gentilicios" quedaría fuera de la clasificación. Por suerte, el prefijo griego "topos" (lugar, sitio), legitima el nombre "toponímico".
Es notorio que quedan muchos conjuntos sin clasificar. En particular, dejo a los expertos dar un nombre adecuado a los apellidos que alguien "bautizó" como "obscenos".
El corralito
Al arribar a este punto me pregunto: lo que escribí ¿servirá para algo? Sin vacilar, respondo: para nada. Mejor romper todo y abandonar la tarea por inútil. Muy fatigado, resuelvo descansar escuchando buena música. Así lo hago, cuando de pronto, de un modo inesperado y sin ninguna motivación, aparece en mi mente la palabra ¡corralito! La más odiada por los argentinos. No obstante, como palabra, resulta simpática. Busco por eso hallarle algo bueno y lo encuentro rápido: tiene el valor lingüístico de un auténtico neologismo, esto es, de una "palabra nueva", indispensable en un idioma para llenar una "laguna lingüística o léxica". Se designa así la inexistencia en ese idioma de un término específico para nombrar "algo" que existe, pero que carece de nombre, o bien, para nombrar "algo" que era inexistente y que de improviso se hace presente por primera vez. Uso la voz "algo" en su máxima latitud. Por ejemplo, el "conjunto de apellidos que designan animales" carecía de nombre. Lo denominé "zoonímico". Con mayor audacia, llamé "corralito" a un complejísimo fenómeno socio-económico-cultural que nunca se dio antes, ni en el país ni en parte alguna del mundo. En todos los centros económico-financieros del planeta se emplea el término "corralito" con referencia puntual al caso argentino, prueba evidente de que el fenómeno surgió a la vida aquí. En verdad, fonéticamente la palabra no suena como nueva, pero por haber incorporado a un término preexistente un nuevo significado, adquirió el carácter de un verdadero neologismo. Valioso antecedente: los vocablos "impresionismo" y "cubismo", derivados de voces preexistentes, como lo es "corralito", fueron en sus orígenes palabras cultas sólo usadas en elevados centros del arte. Con el correr de los años, entraron al léxico común y perdieron su categoría de origen.No podríamos dar fin a este trabajo sin aludir al origen de la palabra "corralito". En mi opinión, no fue acuñada por ningún economista. Caben tan sólo conjeturas más o menos plausibles. Una, entre tantas: un Sr. X, muy perjudicado por sus efectos, dijo: "ahora me metieron en un ?corral? o tal vez ?corralito?". A partir de ese momento, la expresión se convirtió en la más usada en la prensa oral y televisiva de cada día. Los azarosos vaivenes del loco mundo en que vivimos engendraron el desastre actual del país.
(c) LA GACETA















