01 Septiembre 2002
El lapacho crece en el centro del mundo. Un obrero especializado en desagües cloacales desnuda desaprensivamente sus raíces, y ni su corazón trepida ni su fuerte brazo tiembla al blandir el brillante filo de la pala para asestar el golpe. El grito de la mujer se interpone entre la raíz y el golpe y el hombre percibe, sin entender, la presencia de la raíz. Como si quemara, arroja lejos de sí la pala, y se inclina sobre la raíz y de otra manera la ve ahora y siente necesidad de tocar la superficie rugosa pero el llanto, que se presenta en grandes oleadas, lo convulsiona. ¿Cómo vino a saber que estaba en el centro del mundo? ¡Ah! Pero en ese momento lo supo, su llanto, el gesto del brazo, lo supo.
La plegaria dice: Haz que los vientos del mundo sean la vida.
El lapacho florece, espléndido, rosa pálido, en el centro del mundo. Ya no se sabe si es el mundo, si es la nave o si sus vientos portan el primer secreto. Pero se oyen, sí, se oyen, todos lo ven, es claramente visible y se oyen las voces de la revelación, de los conquistadores sobre tierras nuevas, de los niños no, ellos son como el lapacho floreciendo, las voces de los cielos rasgados y las grandes naves -cada vez más livianas- que los surcan, los eurekas de cuando el tiempo se detiene y señala con su índice a la voz de... voz.
La mujer ha juntado agua de lluvia y la vierte, lentamente, sobre la raíz del bello lapacho ombligo del mundo. La plegaria dice: que los vientos del mundo sean la vida.
Como un tirabuzón su cuerpo gira hacia atrás y las manos le cubren la cara en un gesto de giro hacia el quebranto, como cuando un cuerpo se dobla y la frente busca apoyo en el suelo. Pero no, ese cuerpo no es un cuerpo de baile ni una vieja coreografía. Sepan los hombres que el lapacho mismo es el viento y es la voz.
(c) LA GACETA
La plegaria dice: Haz que los vientos del mundo sean la vida.
El lapacho florece, espléndido, rosa pálido, en el centro del mundo. Ya no se sabe si es el mundo, si es la nave o si sus vientos portan el primer secreto. Pero se oyen, sí, se oyen, todos lo ven, es claramente visible y se oyen las voces de la revelación, de los conquistadores sobre tierras nuevas, de los niños no, ellos son como el lapacho floreciendo, las voces de los cielos rasgados y las grandes naves -cada vez más livianas- que los surcan, los eurekas de cuando el tiempo se detiene y señala con su índice a la voz de... voz.
La mujer ha juntado agua de lluvia y la vierte, lentamente, sobre la raíz del bello lapacho ombligo del mundo. La plegaria dice: que los vientos del mundo sean la vida.
Como un tirabuzón su cuerpo gira hacia atrás y las manos le cubren la cara en un gesto de giro hacia el quebranto, como cuando un cuerpo se dobla y la frente busca apoyo en el suelo. Pero no, ese cuerpo no es un cuerpo de baile ni una vieja coreografía. Sepan los hombres que el lapacho mismo es el viento y es la voz.
(c) LA GACETA















