15 Noviembre 2002
Cuando en octubre pasado concluían en Madrid las primeras jornadas destinadas a promover el consumo de frutas y hortalizas, como una manera concreta de luchar contra el cáncer, nadie se imaginaba los resultados asombrosos al que habían llegado destacados investigadores y profesionales de todo el mundo, en el que se resaltaba de manera concreta y objetiva las bondades del consumo de estos alimentos frescos.
Está científicamente comprobado que el consumo de cinco raciones diarias de productos frutihortícolas frescos previenen en el ser humano la aparición de enfermedades de origen oxidativo, entre las que se encuentran distintos tipos de cáncer (pulmón, colon, esófago y estómago) y en la prevención de enfermedades cardiovasculares, gracias a su alto contenido en vitaminas, minerales, fibras y compuestos bioactivos. Por otra parte, numerosos estudios presentados demuestran que la incidencia de muertes por infarto en poblaciones con dietas pobres en ingesta de productos vegetales es más del doble que en aquellas donde existe un consumo abundante de frutas y hortalizas. La American Institute for Cancer Research y la World Cancer Research Fund han concluído que el riesgo de aparición de la enfermedad se puede reducir en un 30% con un patrón dietético que incluya una elevada proporción de alimentos de origen vegetal, una disminución en la ingesta de carnes y alimentos ricos en grasa, así como la reducción del aporte calórico y el incremento de la actividad física.
La mayoría de los organismos que luchan contra las enfermedades de carácter terminal recomiendan el consumo de una dieta equilibrada que contenga entre 400 y 600 gramos diarios de frutas y hortalizas y que supongan más del 10 % de la energía consumida.
Las urgencias
Luego de haber realizado esta larga introducción debemos concluir que en un país en crisis como en el que vivimos y en una provincia donde los problemas de mala alimentación y desnutrición son una constante, la "educación alimentaria y nutricional hacia la población" deben ser prioritarias y una fuerte obligación. El Estado no debe perder más el tiempo y debe abocarse en forma urgente a diagramar planes alimentarios en base al consumo concreto y masivo de frutas y hortalizas que, por otra parte, están al alcance de todos y son los alimentos que menos cuestan o pesan sobre el bolsillo de cualquier consumidor.
Debemos convencernos que la educación alcanza los mayores niveles de éxito, siempre y cuando se imparta con planes y ejemplos concretos. El Estado debe constituirse en el garante de la alimentación sana y responsable de toda familia, célula básica de cualquier sociedad constituida.
Es preciso, entonces, y bajo estos mismos conceptos, no tan sólo aportar alimentos frescos y saludables a los centros escolares, sino idear planes de capacitación para que ellos mismos puedan producir sus propios alimentos en huertas escolares, en una primera etapa, y luego, en huertas familiares o comunitarias que sean perdurables. Es necesario ofertar una información rigurosa sobre cómo producir, cómo consumir y sobre las mismas bondades de las frutas y las hortalizas en la alimentación y en la nutrición.
Aprovechemos las bondades de nuestra naturaleza para hacer realidad lo que el mes pasado expertos de todo el mundo concluyeron en Madrid.
Está científicamente comprobado que el consumo de cinco raciones diarias de productos frutihortícolas frescos previenen en el ser humano la aparición de enfermedades de origen oxidativo, entre las que se encuentran distintos tipos de cáncer (pulmón, colon, esófago y estómago) y en la prevención de enfermedades cardiovasculares, gracias a su alto contenido en vitaminas, minerales, fibras y compuestos bioactivos. Por otra parte, numerosos estudios presentados demuestran que la incidencia de muertes por infarto en poblaciones con dietas pobres en ingesta de productos vegetales es más del doble que en aquellas donde existe un consumo abundante de frutas y hortalizas. La American Institute for Cancer Research y la World Cancer Research Fund han concluído que el riesgo de aparición de la enfermedad se puede reducir en un 30% con un patrón dietético que incluya una elevada proporción de alimentos de origen vegetal, una disminución en la ingesta de carnes y alimentos ricos en grasa, así como la reducción del aporte calórico y el incremento de la actividad física.
La mayoría de los organismos que luchan contra las enfermedades de carácter terminal recomiendan el consumo de una dieta equilibrada que contenga entre 400 y 600 gramos diarios de frutas y hortalizas y que supongan más del 10 % de la energía consumida.
Las urgencias
Luego de haber realizado esta larga introducción debemos concluir que en un país en crisis como en el que vivimos y en una provincia donde los problemas de mala alimentación y desnutrición son una constante, la "educación alimentaria y nutricional hacia la población" deben ser prioritarias y una fuerte obligación. El Estado no debe perder más el tiempo y debe abocarse en forma urgente a diagramar planes alimentarios en base al consumo concreto y masivo de frutas y hortalizas que, por otra parte, están al alcance de todos y son los alimentos que menos cuestan o pesan sobre el bolsillo de cualquier consumidor.
Debemos convencernos que la educación alcanza los mayores niveles de éxito, siempre y cuando se imparta con planes y ejemplos concretos. El Estado debe constituirse en el garante de la alimentación sana y responsable de toda familia, célula básica de cualquier sociedad constituida.
Es preciso, entonces, y bajo estos mismos conceptos, no tan sólo aportar alimentos frescos y saludables a los centros escolares, sino idear planes de capacitación para que ellos mismos puedan producir sus propios alimentos en huertas escolares, en una primera etapa, y luego, en huertas familiares o comunitarias que sean perdurables. Es necesario ofertar una información rigurosa sobre cómo producir, cómo consumir y sobre las mismas bondades de las frutas y las hortalizas en la alimentación y en la nutrición.
Aprovechemos las bondades de nuestra naturaleza para hacer realidad lo que el mes pasado expertos de todo el mundo concluyeron en Madrid.












