Progreso es expandir la frontera agropecuaria en forma sustentable y con tecnología de punta

El desmonte indiscriminado es un atentado contra la naturaleza. Pero con los avances tecnológicos se pueden desarrollar cultivos en zonas marginales con éxito. Por Ernesto Caram -Sección Rural

25 Julio 2008
La expansión de la frontera agropecuaria es un tema que causa dolor de cabeza a más de un funcionario nacional y en los últimos tiempos ninguno de ellos buscó abordarlo con detenimiento, ante los reparos que pueden partir de los grupos ecologistas o “verdes”. Algunos diputados nacionales se oponen también a la iniciativa.
Es cierto que el desmonte o el avance de la frontera agropecuaria en forma indiscriminada significa un atentado contra la ecología. En la actualidad, su enfoque con la tecnología disponible en el país y en el mundo, con sistemas de rotaciones y fertilizaciones eficazmente comprobados, con nuevos híbridos que producen una gran generación de materia seca con alto potencial de rendimientos y abundantes rastrojos, se podrían expandir los cultivos hacia zonas marginales con el éxito de la inversión asegurado y también la sustentabilidad del ecosistema.
Esto se lograría gracias a la tecnología disponible en la agroindustria y podrían generarse riquezas y valor agregado sobre las materias primas producidas, en favor del progreso del interior del país en su conjunto.

Concertación
Luego de la derogación de la polémica Resolución 125, el debate Gobierno-campo quedó abierto y ahora debería discutirse una política clara, objetiva y sustentable en una mesa de concertación entre profesionales y técnicos.
Una ley agropecuaria abarcativa debería incluir incentivos hacia aquellos productores, pequeños, medianos o grandes -sin exclusión-, que generen rotaciones permanentes entre gramíneas y oleaginosas, o la incorporación de fertilizantes nitrogenados, fosforados, azufrados, potásicos y compuestos, o las inversiones en la cadena para darle mayor “valor” a las materias primas producidas.
Producir más soja (proteínas) y más maíz (almidón, glucosa y fructuosa, etc.) permitiría al sector obtener granos tanto para exportar en forma directa como para abastecer a una agroindustria que está ávida de materia prima para alimentar animales (cerdos, pollos, conejos, corderos).
También está latente la posibilidad de abastecer fábricas que necesitan producir bioetanol a partir de la caña de azúcar y del maíz, o biodiesel a partir de las oleaginosas.
Todas estas proyecciones pueden concretarse en forma compatible y sustentable si las reglas de juego son claras y el organismo oficial de contralor las hace cumplir a rajatabla en el sector agropecuario.
Chile, en su norte árido, posee las empresas más grandes de la región en cuanto a la producción y exportación de carnes de pollos y de cerdos, en establecimientos confinados por falta de superficie. Esos productos terminados con maíces producidos en EE.UU. y México (no en la Argentina), llegan a países tan lejanos como China y Japón, con un elevado valor agregado y con un mercado cada vez más demandante de productos de alta calidad y producidos en forma natural (sin anabólicos).
Es vital entonces incorporar en todo el NOA maíces híbridos o sorgos de alto potencial (para rotar con la soja) y dar sustentabilidad al sistema, y asociarlos a profundos cambios en materia de infraestructura. Esto permitirá al productor darle valor a sus granos transformándolos en carne o combustibles (buscando un perfecto equilibrio), para abastecer tanto al mercado local como a los internacionales.
Los productores y empresarios agropecuarios son conscientes de que esto es posible. Por lo tanto, haría falta convencer a los funcionarios -con los argumentos técnicos- en cuanto a la viabilidad de expandir y de producir con valor agregado, para generar puestos de trabajo y multiplicar las riquezas de un país que no tiene otra salida que producir para los mercados local e internacionales.
El NOA es deficitario en la producción de carnes para consumo interno. El camino a recorrer para poder exportar carnes aún está lejano, porque no existen políticas que incentiven al productor  de ganado a integrarse a la cadena de valor. Si esta posibilidad se pone en marcha habría más riquezas para ayudar a que la gente se quede a vivir en el campo y que quienes se fueron regresen esperanzados por un futuro mejor. Esta realidad deberá ser abordada en forma urgente.

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