16 Marzo 2014
El Evangelio de este domingo nos invita a considerar la importancia de nuestra imagen interior. La transfiguración mira a lo profundo del corazón, de lo que somos dentro nuestro. Cada hombre vale lo que vale su corazón, rezan los dichos universales de la humanidad, y es allí donde Cristo, hijo de Dios lo remata, diciendo: “Que allí donde está tu tesoro está tu corazón”.
La sociedad contemporánea ha cultivado la imagen externa como el modo mas explícito de presentar nuestras personas, se ha caído en una suerte de idolatría de la imagen. Por ello se buscar aparecer mas joven, mas inteligente, se quiere mas belleza, mas exteriorización. Se cultiva la imagen como síntesis de la verdad. Nada mas banal.
Descartes decía “Pienso luego existo”, Zygmunt Bauman dice que este axioma pasó a ser hoy diverso: “Siento, luego soy”. Este paradigma se traduce a todos los modos humanos y uno de ellos es la cultura de la imagen por la imagen misma.
El Evangelio nos comenta el hecho histórico sobrenatural de la Transfiguración, donde Jesús muestra su estado glorioso de la vida de la Gloria; su estado, además de sintetizar la unión de las profecías referidas a El, nos exhortan a una transfiguración de nuestras vidas y actitudes. Mientras que la sociedad de consumo vende el concepto de transformación, para el cristiano la búsqueda es su Transfiguración de lo interior. Es ir a una belleza que no pasa por un quirófano sino a la que surge de la belleza misma del interior, del alma plena de gracia y virtudes.
Esa Transfiguración tiene como Centro a Cristo, “este es mi Hijo amado, escúchenlo”, es la exhortación de Dios Padre que nos recuerda aquella afirmación del Concilio “El misterio del Hombre solo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado” GS 22. Es decir de la Palabra de Jesús. Allí el hombre esclarece su identidad plena y el sentido, significado y contenido de la historia humana. La transfiguración se constituye así en un faro de luz para el hombre pero también para la sociedad humana.
Cuánto hay que transformar la realidad social mediante un serio trabajo de transfiguración del corazón humano. La droga en los jóvenes, las enfermedades del espíritu en tantas maneras de depresión y miedo, el esclavizante estrés de la vida, la idolatría del dinero, son algunas de las tantas realidades que gritan que estamos viviendo sobre lo puramente periférico y no estamos yendo a la raíz de los problemas. No podemos seguir viviendo hacia afuera, este tiempo cuaresmal es un llamado a parar un poco la locura de la vida para mirarnos hacia adentro, a lo profundo de la realidad interior de lo que somos y de cómo estamos. Le pidamos al Señor que transforme nuestras vidas transfigurando nuestros corazones.
La sociedad contemporánea ha cultivado la imagen externa como el modo mas explícito de presentar nuestras personas, se ha caído en una suerte de idolatría de la imagen. Por ello se buscar aparecer mas joven, mas inteligente, se quiere mas belleza, mas exteriorización. Se cultiva la imagen como síntesis de la verdad. Nada mas banal.
Descartes decía “Pienso luego existo”, Zygmunt Bauman dice que este axioma pasó a ser hoy diverso: “Siento, luego soy”. Este paradigma se traduce a todos los modos humanos y uno de ellos es la cultura de la imagen por la imagen misma.
El Evangelio nos comenta el hecho histórico sobrenatural de la Transfiguración, donde Jesús muestra su estado glorioso de la vida de la Gloria; su estado, además de sintetizar la unión de las profecías referidas a El, nos exhortan a una transfiguración de nuestras vidas y actitudes. Mientras que la sociedad de consumo vende el concepto de transformación, para el cristiano la búsqueda es su Transfiguración de lo interior. Es ir a una belleza que no pasa por un quirófano sino a la que surge de la belleza misma del interior, del alma plena de gracia y virtudes.
Esa Transfiguración tiene como Centro a Cristo, “este es mi Hijo amado, escúchenlo”, es la exhortación de Dios Padre que nos recuerda aquella afirmación del Concilio “El misterio del Hombre solo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado” GS 22. Es decir de la Palabra de Jesús. Allí el hombre esclarece su identidad plena y el sentido, significado y contenido de la historia humana. La transfiguración se constituye así en un faro de luz para el hombre pero también para la sociedad humana.
Cuánto hay que transformar la realidad social mediante un serio trabajo de transfiguración del corazón humano. La droga en los jóvenes, las enfermedades del espíritu en tantas maneras de depresión y miedo, el esclavizante estrés de la vida, la idolatría del dinero, son algunas de las tantas realidades que gritan que estamos viviendo sobre lo puramente periférico y no estamos yendo a la raíz de los problemas. No podemos seguir viviendo hacia afuera, este tiempo cuaresmal es un llamado a parar un poco la locura de la vida para mirarnos hacia adentro, a lo profundo de la realidad interior de lo que somos y de cómo estamos. Le pidamos al Señor que transforme nuestras vidas transfigurando nuestros corazones.
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