Dos trabajos, un hijo y una carrera: la historia de una psicóloga que encontró en el pluriempleo la forma de progresar

  • En Tucumán, la psicóloga Giselle Nucci y miles de profesionales recurren al pluriempleo para llegar a fin de mes ante la falta de estabilidad económica actual.
  • Más de 131.000 trabajadores buscan otro ingreso en el Gran Tucumán. La crisis fuerza a profesionales a combinar empleo formal, consultorio y tareas de cuidado sin descanso.
  • Este fenómeno muestra que un título universitario ya no garantiza estabilidad, impactando en la salud mental y reconfigurando el futuro económico de las nuevas generaciones.

TRABAJOS Y CRIANZA. Giselle Nucci como muchos profesionales tucumanos, asegura que un solo ingreso ya no alcanza para sostener la economía familiar. TRABAJOS Y CRIANZA. Giselle Nucci como muchos profesionales tucumanos, asegura que un solo ingreso ya no alcanza para sostener la economía familiar. LA GACETA / MATÍAS VIEITO

Hace algunos años, para buena parte de la clase media argentina, estudiar una carrera universitaria todavía aparecía asociado a una idea de estabilidad. Un título profesional prometía trabajo fijo, cierta previsibilidad económica y la posibilidad de proyectar una vida familiar sin sobresaltos permanentes. Hoy, esa sensación parece cada vez más lejana. Giselle Nucci, psicóloga tucumana de 35 años, lo vive en carne propia: trabaja por la mañana en el área de Recursos Humanos de una institución de salud, por la tarde atiende pacientes en su consultorio particular y, junto a su pareja -profesor de Educación Física- organiza como puede la crianza de su hijo de cuatro años entre horarios fragmentados, ingresos múltiples y jornadas que nunca terminan del todo. Su rutina refleja una escena cada vez más habitual en Tucumán, donde miles de trabajadores formales y profesionales necesitan sumar actividades para sostenerse. En el Gran Tucumán, más de 131.000 personas buscan otro ingreso aun teniendo empleo, en una provincia donde la desocupación se mantiene relativamente baja, pero donde trabajar dejó de garantizar tranquilidad económica.  

“Mi día comienza muy temprano. Arranco a las cinco de la mañana para poder hacer algo de actividad física. Entro a trabajar a las ocho, salgo a las 11 y de ahí paso a mi consultorio hasta las cinco”, cuenta. Después busca a su hijo en el jardín y continúa el resto de la jornada dedicada al cuidado familiar.

“No puedo elegir dejar una cosa para hacer la otra”

Para Giselle, el quiebre apareció con la maternidad. Ahí empezó a notar que, incluso con trabajos formales y estudios universitarios, sostener una familia exigía mucho más que un salario estable. “Cuando nació mi niño me empecé a dar cuenta de que no solamente el sueldo, sino las condiciones de estabilidad que uno necesita para poder sostener una familia son difíciles”, relata.

Aunque valora la seguridad de tener empleo en relación de dependencia, asegura que eso ya no alcanza. “No puedo elegir dejar una cosa para hacer la otra. Necesito hacer las dos, incluso a veces más, para que se pueda cubrir”, explica.

La situación también atraviesa a su pareja. En distintos momentos, además de sus trabajos vinculados al deporte, recurrió a Uber para sumar ingresos. No sólo por necesidad económica, sino también por la flexibilidad horaria que les permitía organizar la crianza sin pagar más en cuidados.

“Nos pasaba esto: para que los dos podamos salir a trabajar en el mismo horario necesitábamos pagar a alguien para que cuide a nuestro hijo. Y eso a veces nos termina costando más”, dice.

El desgaste de vivir produciendo

Durante la entrevista, Giselle no habla solamente de dinero. También describe el desgaste mental que implica vivir entre horarios fragmentados, múltiples responsabilidades y preocupación constante. “El trabajo es un organizador de la vida. Y cuando el trabajo te muestra que no termina más, eso impacta”, sostiene.

La psicóloga asegura que muchas veces la jornada laboral continúa incluso fuera de los espacios formales. “Uno por ahí no está trabajando en la oficina, pero está pensando qué falta comprar, cuánto cobrará el pediatra o cómo llegar a fin de mes. Eso queda en la cabeza y no se va”, explica.

Desde su experiencia clínica, asegura que el agotamiento y la ansiedad aparecen cada vez más asociados a esa lógica de productividad permanente. “Cuando la necesidad empieza a priorizar, se convierte en una exigencia y anula toda posibilidad de desear”, afirma.

Según cuenta, muchos pacientes llegan atravesados por la sensación de no poder detenerse nunca. “Mucha gente siente que si no hacen algo está perdiendo tiempo. Entonces estudian, trabajan, hacen cursos, buscan producir todo el tiempo”, describe.

También asegura que cada vez más personas espacian sus tratamientos psicológicos porque no pueden pagarlos. “Me pasa mucho esto de pacientes que me dicen: ‘este mes no voy a poder, ¿puedo llamarte el próximo?’. No tiene que ver con falta de deseo, sino con que realmente no lo pueden costear”, señala.

Profesionales agotados y proyectos cada vez más lejanos

Durante décadas, acceder a un título universitario fue presentado como una garantía de movilidad social. Giselle siente que esa idea hoy está en crisis. “Esa famosa frase de ‘ser profesional te asegura estabilidad’ hoy es mucho más vulnerable a las condiciones de existencia que tenemos”, sostiene.

La dificultad para acceder a una vivienda propia, la incertidumbre sobre el futuro y la imposibilidad de proyectar aparecen como temas recurrentes entre sus pacientes y también en su propia experiencia.

“El tener que costear alquileres es otra preocupación más. No podés prever cuánto vas a gastar mes a mes y eso hace muy difícil proyectar”, explica. Además, asegura que las mujeres siguen cargando con desigualdades particulares al momento de combinar trabajo y crianza. “Cuando una mujer decide maternar, implica hacer una pausa real en los proyectos”, afirma.

Giselle dice que muchas veces siente que vive negociando entre el deseo y la necesidad. Entre trabajar más horas o tener más tiempo con su hijo. Entre sostener cierta estabilidad económica o frenar un poco para descansar.

Mientras organiza pacientes, horarios y cuentas de fin de mes, hay una idea que vuelve una y otra vez durante la charla: incluso para quienes estudiaron, consiguieron un empleo formal y siguieron el camino que durante años se presentó como “el correcto”, la tranquilidad económica ya no aparece garantizada. Y ahí, entre jornadas extensas, trabajos múltiples y cansancio acumulado, también empieza a cambiar la forma en que una generación imagina su futuro.

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