Por Mariana Apud
26 Abril 2014
VENDEDORES. Los Galván improvisaron un puestito donde ofertan desde chizitos hasta alfajores de maicena y bizcochuelos.
Soplan Buenos Aires. Desde el centro de Las Termas de Río Hondo la vía de acceso hacia el autódromo es una larga traza, ahora de asfalto, que tiene de todo un poco. Un hotel, algún infaltable potrero, algunos comercios y casas, varias casas. Por estas horas, esas moradas de los lugareños exhiben en sus veredas, la gran mayoría de tierra, un escenario particular. La postal se genera cada vez que en el autódromo hay ruido motor.
Parrillas, mesas con sombrillas, gacebos, lámparas con formas de simpáticos animales pintados con colores múltiples adornan las veredas. Así, los lugareños se convierten en ocasionales comerciantes, un hecho que les causa una buena caricia al bolsillo y los entusiasma porque, como el nombre de la calle donde viven lo dice: gracias al autódromo soplan Buenos Aires.
“Cambió el 100 % y vamos a seguir avanzando”, le comentó a LG Deportiva Carlos Galván. El hombre canoso vive desde 1964 a la altura 600 de la calle que une el centro termense con el autódromo. “Todo esto era monte y había animales”, describió.
Galván recordó que un caminito apenas marcado le permitía llegar hasta el parque Güemes, pero ahora la renovación puso pavimento en la calle donde reside. Su hija Cristina tuvo la idea de vender tortilla a la parrilla, bizcochuelo de chocolate con dulce de leche, chizitos, puflitos y agua mineral. “Es la primera vez que probamos. Ya veníamos viendo el movimiento con las carreras de autos”, explicó la dama dejando en claro que esta vez no pensaron en escaparle a la oportunidad. “Empezamos muy temprano, todavía estaba oscuro”, reveló.
“El bar de Lucas”, de la familia Orellana, unas cuadras después de lo de los Galván, también sintió el impacto de evolución provocado por el autódromo, sobre todo por la fecha mundial del Moto GP. “Estamos hace más de 15 años, el cambio fue muy importante y nos favoreció. Pienso que este evento es el que más gente va a traer”, indicó Liliana que no dejó de estirar con el oflador la masa de la tortilla para que quede bien finita. La mesa de plástico sufre cada vez que ella y su compañera de tareas hacen presión sobre la mezcla. “Las hacemos así. Ya usamos seis kilos de harina y llegamos a sacar entre 15 y 30 tortillas”, precisó en la vereda del bar donde está la improvisada cocina.
En la esquina con calle Pellegrini, están los nietos de Nora que instalaron la parrilla para las tortillas y además, con una llanta y mucho carbón para calentarla, consiguieron lo necesario para cocinar una ristra de chorizos que venden a 20 pesos. “Esto lo pusieron mis nietos. No hay más vida que esto para ellos porque no tienen trabajo”, explicó la abuela.
Evidentemente, la experiencia adquirida en la venta callejera en la plaza termense ya le dio máximas de marketing urbano. “Hay que hacerlo acá”, gesticula con los dos brazos. “Donde se vea porque la gente no conoce. Ayer vinieron unos yanquis ¡y no conocían lo que era esto!”, dijo con sorpresa mientras levantaba su pequeño mate. “¡Preguntaban por qué lo chupábamos!”, volvió a sorprenderse la mujer.
Aunque no tuvo éxito comercial, Nora cree que tendrá en algún momento más minutos de fama que los que le dará la nota en LG Deportiva. “No compraron, pero lo grabaron para ponerlo en Discovery”, explicó entusiasmada. “No habían visto nunca las empanadas, tampoco el horno de barro; la yerba era algo novedoso para ellos”, detalló con creciente asombro la dueña de la casa color verde agua marina.
Por estas horas, por la Buenos Aires termense, muchos siguen el axioma comercial de Nora: mostrar, exhibir y vender. El autódromo genera ruido por el Moto GP y no sólo a los fanáticos de las motos el sonido los pone felices.
Parrillas, mesas con sombrillas, gacebos, lámparas con formas de simpáticos animales pintados con colores múltiples adornan las veredas. Así, los lugareños se convierten en ocasionales comerciantes, un hecho que les causa una buena caricia al bolsillo y los entusiasma porque, como el nombre de la calle donde viven lo dice: gracias al autódromo soplan Buenos Aires.
“Cambió el 100 % y vamos a seguir avanzando”, le comentó a LG Deportiva Carlos Galván. El hombre canoso vive desde 1964 a la altura 600 de la calle que une el centro termense con el autódromo. “Todo esto era monte y había animales”, describió.
Galván recordó que un caminito apenas marcado le permitía llegar hasta el parque Güemes, pero ahora la renovación puso pavimento en la calle donde reside. Su hija Cristina tuvo la idea de vender tortilla a la parrilla, bizcochuelo de chocolate con dulce de leche, chizitos, puflitos y agua mineral. “Es la primera vez que probamos. Ya veníamos viendo el movimiento con las carreras de autos”, explicó la dama dejando en claro que esta vez no pensaron en escaparle a la oportunidad. “Empezamos muy temprano, todavía estaba oscuro”, reveló.
“El bar de Lucas”, de la familia Orellana, unas cuadras después de lo de los Galván, también sintió el impacto de evolución provocado por el autódromo, sobre todo por la fecha mundial del Moto GP. “Estamos hace más de 15 años, el cambio fue muy importante y nos favoreció. Pienso que este evento es el que más gente va a traer”, indicó Liliana que no dejó de estirar con el oflador la masa de la tortilla para que quede bien finita. La mesa de plástico sufre cada vez que ella y su compañera de tareas hacen presión sobre la mezcla. “Las hacemos así. Ya usamos seis kilos de harina y llegamos a sacar entre 15 y 30 tortillas”, precisó en la vereda del bar donde está la improvisada cocina.
En la esquina con calle Pellegrini, están los nietos de Nora que instalaron la parrilla para las tortillas y además, con una llanta y mucho carbón para calentarla, consiguieron lo necesario para cocinar una ristra de chorizos que venden a 20 pesos. “Esto lo pusieron mis nietos. No hay más vida que esto para ellos porque no tienen trabajo”, explicó la abuela.
Evidentemente, la experiencia adquirida en la venta callejera en la plaza termense ya le dio máximas de marketing urbano. “Hay que hacerlo acá”, gesticula con los dos brazos. “Donde se vea porque la gente no conoce. Ayer vinieron unos yanquis ¡y no conocían lo que era esto!”, dijo con sorpresa mientras levantaba su pequeño mate. “¡Preguntaban por qué lo chupábamos!”, volvió a sorprenderse la mujer.
Aunque no tuvo éxito comercial, Nora cree que tendrá en algún momento más minutos de fama que los que le dará la nota en LG Deportiva. “No compraron, pero lo grabaron para ponerlo en Discovery”, explicó entusiasmada. “No habían visto nunca las empanadas, tampoco el horno de barro; la yerba era algo novedoso para ellos”, detalló con creciente asombro la dueña de la casa color verde agua marina.
Por estas horas, por la Buenos Aires termense, muchos siguen el axioma comercial de Nora: mostrar, exhibir y vender. El autódromo genera ruido por el Moto GP y no sólo a los fanáticos de las motos el sonido los pone felices.
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