Por Marcelo Aguaysol
25 Junio 2014
La realidad ya no cabe bajo la alfombra oficial. La recesión de la actividad económica se ha llevado puestos indicadores sensibles como la pobreza, la indigencia o el desempleo. Ni hablar del empleo en negro. Tucumán está a un paso de contar con una estadística por demás escandalosa: uno de cada dos asalariados no son registrados por sus empleadores. En esta caída de la actividad ni la economía informal se ha salvado. Hay franjas de negocios de valores que se ha caído por el precipicio debido a la ruptura de la cadena de pagos. No es de extrañar que la devaluación, la inflación y la incertidumbre de las decisiones oficiales hayan impactado con tanta fuerza en la franja oculta que mueve, al decir de expertos y funcionarios, un 40% de la actividad económica tucumana.
Los espejismos han quedado atrás, en un desierto de intestinas peleas políticas para resolver los problemas económicos generales de la sociedad. Pocos han tomado nota de lo que nos está pasando a los argentinos. Y lo vemos, escuchamos y leemos a diario desde el mismo momento en que nos ponemos a analizar -livianamente- las actuaciones de la Selección Nacional de Fútbol en Brasil hasta el modo en que nos paramos para reflexionar acerca de la pelea del Gobierno nacional con los denominados fondos buitre. Siempre volcados hacia lo pendular: que Messi no rinde futbolísticamente de acuerdo con sus logros y la crítica se acaba en el mismo momento en que convierte ese gol salvador. Volcado al lenguaje económico, ni el Gobierno -que sigue con su dialéctica confrontativa- ni la oposición han sido capaz de sentarse alrededor de una misma mesa a encontrar la salida a un problema que, en definitiva, lo terminaremos pagando cada uno de los 40 millones de habitantes de este bendito país. La deuda pública siempre ha sido un lastre para las generaciones de ciudadanos nacionales. Las crisis son el gran karma argentino, en el que se salvan los que tienen más espaldas y terminan cayendo aquellos que apenas pueden llegar a fines de mes o directamente viven de prestado para poder cubrir, mínimamente, los gastos mensuales de su hogar.
El impuesto a las Ganancias sigue golpeando con tanta fuerza que cientos de miles de asalariados ya no esperan con tanto aliento el pago del medio aguinaldo. Directamente el fisco se lo lleva porque sigue considerando que el salario es ganancia. La devaluación de enero pasado se ha encargado de hacernos más pobres (un 23% si se busca una precisión estadística). Y la inflación nuestra de cada día nos muestra que nuestro ingreso va perdiendo, en promedio, entre un 2% y un 3% de poder adquisitivo mensual. Y así estamos, discutiendo si es que les pagamos o no a los fondos buitre. Las deudas deben honrarse, más cuando se llega a conducir un país que se ha caracterizado por acarrear problemas en vez de atacarlos. Pero las críticas no cotizan en Bolsa, ni tampoco las livianas observaciones políticas, mucho menos la tozudez en la gestión de la cosa pública. Si alguna vez nos sentáramos a debatir -en serio- cuestiones tan centrales para la vida de un país en vez de alquilar balcones para gritar sin argumentos, la Argentina maduraría. Habrá tiempo para repartir culpas y, generalmente, es la misma historia la que les pasa facturas a los que no hicieron los deberes como correspondía.
Ahora que estamos en recesión, las variables económicas son negativas. Sólo por citar algunos ejemplos, en algunas provincias ha golpeado más que en otras. En el último año, por caso, Tucumán ha perdido 5.300 puestos de trabajo en el sector privado por la merma de la actividad económica. Pero, a la vez, ha consolidado su mercado laboral informal, en el que están inmersas no menos de 125.000 personas. Son situaciones contradictorias de una misma raíz. Toda causa tiene su efecto. Y viceversa.
Los espejismos han quedado atrás, en un desierto de intestinas peleas políticas para resolver los problemas económicos generales de la sociedad. Pocos han tomado nota de lo que nos está pasando a los argentinos. Y lo vemos, escuchamos y leemos a diario desde el mismo momento en que nos ponemos a analizar -livianamente- las actuaciones de la Selección Nacional de Fútbol en Brasil hasta el modo en que nos paramos para reflexionar acerca de la pelea del Gobierno nacional con los denominados fondos buitre. Siempre volcados hacia lo pendular: que Messi no rinde futbolísticamente de acuerdo con sus logros y la crítica se acaba en el mismo momento en que convierte ese gol salvador. Volcado al lenguaje económico, ni el Gobierno -que sigue con su dialéctica confrontativa- ni la oposición han sido capaz de sentarse alrededor de una misma mesa a encontrar la salida a un problema que, en definitiva, lo terminaremos pagando cada uno de los 40 millones de habitantes de este bendito país. La deuda pública siempre ha sido un lastre para las generaciones de ciudadanos nacionales. Las crisis son el gran karma argentino, en el que se salvan los que tienen más espaldas y terminan cayendo aquellos que apenas pueden llegar a fines de mes o directamente viven de prestado para poder cubrir, mínimamente, los gastos mensuales de su hogar.
El impuesto a las Ganancias sigue golpeando con tanta fuerza que cientos de miles de asalariados ya no esperan con tanto aliento el pago del medio aguinaldo. Directamente el fisco se lo lleva porque sigue considerando que el salario es ganancia. La devaluación de enero pasado se ha encargado de hacernos más pobres (un 23% si se busca una precisión estadística). Y la inflación nuestra de cada día nos muestra que nuestro ingreso va perdiendo, en promedio, entre un 2% y un 3% de poder adquisitivo mensual. Y así estamos, discutiendo si es que les pagamos o no a los fondos buitre. Las deudas deben honrarse, más cuando se llega a conducir un país que se ha caracterizado por acarrear problemas en vez de atacarlos. Pero las críticas no cotizan en Bolsa, ni tampoco las livianas observaciones políticas, mucho menos la tozudez en la gestión de la cosa pública. Si alguna vez nos sentáramos a debatir -en serio- cuestiones tan centrales para la vida de un país en vez de alquilar balcones para gritar sin argumentos, la Argentina maduraría. Habrá tiempo para repartir culpas y, generalmente, es la misma historia la que les pasa facturas a los que no hicieron los deberes como correspondía.
Ahora que estamos en recesión, las variables económicas son negativas. Sólo por citar algunos ejemplos, en algunas provincias ha golpeado más que en otras. En el último año, por caso, Tucumán ha perdido 5.300 puestos de trabajo en el sector privado por la merma de la actividad económica. Pero, a la vez, ha consolidado su mercado laboral informal, en el que están inmersas no menos de 125.000 personas. Son situaciones contradictorias de una misma raíz. Toda causa tiene su efecto. Y viceversa.






















