Soy argentino, tucumano y “sancayetanense" de pura cepa. Nací, crecí, vivo y hasta que Dios lo disponga viviré en mi villa San Cayetano; fui monaguillo y estudié en el glorioso Colegio San Cayetano, como lo hicieron mis hijos y ahora mis nietos. Hasta hace dos años, los 7 de agosto, día de nuestro Santo Patrono, era un día de fiesta. Todas las familias concurríamos a misa (antes nos daban un rico chocolate) y nos preparábamos para la gran procesión por las calles de la parroquia. Vendedores ambulantes, puestos de ventas de comestibles, imágenes y estampitas de San Cayetano, quermeses. Todo dirigido y organizado por los curitas azules; sus alumnos y docentes, más los miles de fieles concurrentes, nos largábamos a la calle para acompañar y venerar a nuestro patrono, padre de la providencia, unos para agradecer y otros para suplicar por pan, paz y trabajo. Este año, como el fatídico y traumático 2020, por la pandemia del maldito y maléfico coronavirus, se nos impide juntarnos; solo debemos conformarnos con verlo a la distancia y elevar nuestros ruegos a Dios por la salud de nuestro pueblo y, primordialmente, que a los inconscientes los hagan entender que con la vida de los otros no se juega, que no es necesario incentivarlos para que se vacunen, lo deben hacer y punto, de lo contrario de esta no salimos.
Francisco Amable Díaz
Pedro G. Sal 1.180 B° 20 de Junio
San Miguel de Tucumán

















