Las películas del Lejano Oeste han dejado de tener vigencia. Hoy, y casi permanentemente, en los distintos canales han sido suplantadas por un “Urgente” o “Último Momento “y una música de fondo, que ya preanuncia lo que se viene. Esta vez no son cowboys sino city boys... city girls... no caballos ni regios sombreros, sino caras cubiertas por gorros que no dejan ver ni el suspiro, en motos y autos que ya robaron, y que siguen usando para no detener la ola delictiva. Y aquí no hay un “corten” y” volvemos a rodar la escena”. Aquí no hay actores que asumen el rol de malos o el papel de buenos. Aquí hay directamente chorros o asesinos que atacan, hieren y matan inocentes... hasta niños que accidentalmente están en la escena. Y cámaras sin directores detrás de ellas pero que filman al mejor estilo hollywoodense. La adrenalina que nos producía el ser espectadores de una ficción, hoy es miedo verdadero ante una cruel realidad... en el país en que esto ocurre. A veces, con ese temor que paraliza, cambiamos de canal, y de repente lo del Lejano Oeste es ahora la cuarta parte de “El Padrino”. Se sale de un casamiento, y una banda de narcos acribilla a gente de la otra banda. Y la gente de este bando atacado, quizás se venga envenenando la droga que los clientes de los que fueron a acribillar, consumirán... para matarlos, para eliminar compradores o perjudicar el negocio o... ¡para vaya a saber qué! Antes dejábamos de ver la película en cuestión, las unas o las otras, y era suficiente para dejar de ver sangre, gente cayendo al piso con un cuchillo clavado en el pecho o cinco tiros en la cabeza, o una sobredosis de veneno al que se agregó más veneno letal. Porque eso es la droga... puro veneno. Y en esta ficción convertida en cruel realidad, los adictos son las tristes víctimas de esa gente mala que se hace millonaria proveyéndoles lo que saben que, aún sin ese extraño elemento agregado, los mata. Salimos a la calle, y si una moto con dos desconocidos, caras cubiertas o no, pasan al lado, los corazones se aceleran. Si caminamos y gente que viene en sentido contrario tiene aspecto raro, y ojos vidriosos, queremos salir corriendo. Si permanecemos en nuestros hogares, el “a salvo” ya no existe. Y el Estado, ese corrupto Estado gigantesco, enfermo entre otras cosas de empleomanía, mira a un costado. Ausente sin aviso ¿A quién contactamos, por favor? ¿Al Llanero Solitario? ¿A Mandrake? Porque en esta triste Argentina, los que manejan ese Estado no están en las cosas por las que el pueblo los eligió... ellos viven ocupados en campañas electorales que no terminan nunca, porque hoy se eligió, y mañana ya están en carrera para la próxima. Dejen de preocuparse, señores políticos... ¡ocúpense! Aquí hay argentinos que mueren y no sólo por la pandemia.
María Estela López Chehín
24 de Septiembre 1.431
Concepción















