El fin de semana pasado -durante un viaje a caballo por nuestros cerros, compartido con algunos amigos- llegamos a visitar a doña Lidia Navarro. Doña Lidia es una sufrida señora -ya mayor- que vive con un par de hijas, algún nieto y un puñado de entenados, en su puesto ubicado a 3.000 metros de altura sobre las faldas de las Cumbres Calchaquíes. Allí tiene algunas vacas (quizás una veintena) y una majadita de ovejas. El día que la visitamos tenía todas sus vacas encerradas en uno de los centenarios corrales de pirca con que cuenta el puesto, porque al día siguiente iba gente del Senasa a vacunar contra la fiebre aftosa. Y la pobre Doña Lidia -mientras nos convidaba un guiso y una sopa “con sabor a cerro”- nos contaba de lo difícil que resulta para ella pagar ese servicio. Sin conocer del tema, entiendo que la vacunación de sus animales es imprescindible “como parte de las estrategias del Estado para mantener una situación epidemiológica estable” -según leí en la página del Senasa-, pero nos preguntábamos con mis amigos si el Estado no debiera brindar este servicio en forma gratuita a la gente del cerro, que vive en la escasez y tiene unos cuantos animales solo para su sustento.
Federico García Hamilton
fghamilton63@gmail.com












