Por Presbítero Marcelo Barrionuevo
Las lecturas de este día nos invitan a afrontar los desafíos del presente con esperanza, como virtud del creyente.
1- Comenzamos compartiendo la experiencia del profeta Jeremías. Algunos han denominado a este pasaje como “las confesiones de Jeremías”. El profeta vive en tiempos de crisis, de incertezas y de desorientación. Desde su vivencia de Dios denuncia las causas que han llevado a este estado de cosas y propone la necesidad de cambiar.
Jeremías sufre en primera persona las consecuencias de esta misión, que no es comprendida ni aceptada por las autoridades que lo persiguen, lo encarcelan e intentan matarlo. Él nos abre su corazón y nos muestra cómo el sufrimiento, lejos de desalentarlo, lo hace renovar su confianza en Dios que nos salva.
2- La segunda experiencia nos las brinda el apóstol Pablo en su carta a los romanos. La salvación que Dios ofrece no se realiza a espaldas de la historia de la humanidad, sino en diálogo con ella.
El pecado y la muerte no tienen la última palabra sobre la historia humana, sino la vida manifestada en Cristo muerto y resucitado. La gratuidad de Dios siempre nos abre caminos de esperanza.
El evangelio de hoy se comprende a la luz de todo el discurso misionero de Mateo, que estamos leyendo. Jesús, después de enseñar a sus discípulos, los envía y los orienta en la tarea que van a emprender.
Compartir el Evangelio implica arriesgo y conlleva dificultades. Es la confianza en Dios la que nos da la fuerza para hacer frente a este desafío.
3- No tengamos miedo a ser vulnerables: a la frustración, a la enfermedad, al sufrimiento, al dolor o a la muerte. A través de ellos podemos experimentar la necesidad de que nos cuiden o la capacidad de cuidar. Todos somos frágiles y allí está la posibilidad de reconocernos humanos.
En esas realidades es donde más claramente percibimos que Dios nunca nos deja solos, que siempre está con nosotros en el camino de la vida, que nos toma de su mano: “Cuando vean esto los pobres que te buscan, se pondrán muy alegres, y recobrarán el ánimo” (Sal 69, 32).
4- No tengamos miedo a la utopía del Reino que impregne la misión que el Señor ha querido compartir con nosotros.
A no dejarnos ganar ni por la comodidad, ni por el desgano. A vivir nuestra fe desde el riego, desde la apertura de corazón y desde el amor.



















