Por José María Posse / abogado, escritor, historiador
Tucumán tuvo en su historia mujeres extraordinarias que se destacaron por sus diferentes formas de romper los moldes socioculturales de su época. Pertenecían a sectores económicos distintos, vivieron en épocas diferentes, se desarrollaron en ámbitos diversos, pero todas ellas merecen ser recordadas y de hecho lo fueron, con mayor o menor consideración pública.
El historiador Bernardo González Arrilli, en su valioso libro de 1950, “Mujeres de Nuestra Tierra”, afirmaba: “En cada uno de los momentos señalados por la historia del país, aparece una mujer. Crisis famosas, triunfos de la voluntad, azares de la suerte, luchas por ideales compartidos, tareas comunes a los pueblos en formación; no importa qué y cuándo, siempre está la mujer representada o por la figura conservada en los anales con todos los detalles de su biografía o por la estampa de la anónima parte popular que concurre, fija su instante y vuelve a borrarse en el tiempo sin dejar rastro valedero”.
Primeros años
Doña Fortunata García de García nació en Tucumán hacia 1802. Descendía de familias fundadoras de su ciudad. Poco se sabe de su niñez, pero sin duda fue testigo de los sucesos que acaecieron en la región a partir de las Invasiones Inglesas; luego la Revolución de Mayo; la Batalla de Tucumán; la Declaración de la Independencia y los comienzos de las luchas fraticidas entre Unitarios y Federales que desangraron la sociedad de entonces.
Se casó muy joven con el doctor Domingo García, un ciudadano expectable, quien había sido Gobernador Intendente de Salta en tiempos de las guerras por la Independencia. El novio era mucho mayor que ella, viudo y de regular fortuna; juntos formaron un hogar con varios hijos.
Recién casada el 27 de agosto de 1821, cuando contaba con 19 años de edad, le tocó acompañar a su marido emigrado a Catamarca por motivos políticos; regresó a Tucumán en 1825 con sus tres hijos mayores.
En su estadía en Catamarca, Domingo hizo un testamento en el que, entre otras cosas, además de poner todas sus cosas en orden, pedía que llegado el caso, se lo enterrara en el cementerio que en su momento le tocara, situación que atestigua el riesgo de vida que corrían en aquellos tiempos.
Violencia desatada
Hacia 1841 la guerra civil estaba en su apogeo: la derrota del Ejército Unitario en Tucumán significó no sólo el fin de la Liga del Norte contra Juan Manuel de Rosas, sino también un período oscuro de venganzas, asesinatos y persecuciones por parte de los triunfadores.
En uno de los sucesos más sangrientos de aquella época, el 3 de octubre de 1841, en el paraje salteño de Metán y por orden del general Manuel Oribe, fue degollado salvajemente el doctor Marco Manuel de Avellaneda, líder de la Liga Unitaria. Esta coalición agrupaba a Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca y La Rioja, contra el gobierno central que ejercía Rosas. Habían osado quitarle, al todopoderoso gobernador de Buenos Aires, el manejo de las relaciones exteriores de la Confederación, lo que significó un período de calamidades nunca antes vista. No vamos a detallar la atrocidad de esta ejecución, llevada a cabo en el campamento federal y sin forma alguna de juicio previo.
El horror
En un oficio enviado a Rosas ese mismo día, Oribe informaba complacido sobre las ejecuciones, y expresaba: “mandé cortar la cabeza” al “salvaje unitario Avellaneda”, y ella “será colocada a la expectación de los habitantes en la plaza pública de la ciudad de Tucumán”.
El trofeo fue expuesto, clavado en una pica en el centro de la plaza, mirando hacia el cabildo. Era una advertencia y también una venganza, puesto que desde ese edificio había comenzado la insurrección. Es de imaginar el horror de las familias tucumanas al ver el tamaño espectáculo de la cabeza putrefacta, llena de moscas, de quien había sido uno de los jóvenes más brillantes de aquella pequeña sociedad.
Rescate nocturno
Según la biografía del investigador Juan García Posse: “en un estado de terror impuesto por la entrada del enviado de Rosas a sangre y fuego, doña Fortunata no dudó en pergeñar un plan para retirar la cabeza del mártir de Metán. A la sazón, Oribe impuso a los vecinos la orden de acoger a sus oficiales en sus casas, con el fin de espiar a todos los vecinos, manteniéndose atento a cualquier atisbo de sublevación. A Doña Fortunata le tocó como huésped el Coronel Juan Bautista Carballo, militar oriental, honorable y caballeresco. Fortunata logró un buen trato con este militar y le propuso hacer una fiesta en su honor. Aceptado el homenaje, invitó a todas las familias expectables y al mismo Oribe, quien se presentó con sus mejores galas. Mientras todos se divertían y el General cortejaba a una hermosa niña, junto a sus hermanas y en medio de la noche se dirigió a la plaza pública para concretar su plan. Anoticiado Carballo de las intenciones de su huésped, las siguió sigilosamente. Llegando al lugar donde se encontraba la cabeza ensangrentada y maloliente del que fuera Gobernador, líder de la Liga del Norte y autor de la proclama en reivindicación de la independencia del tirano, mientras los guardias dormían su exceso de alcohol, una sombra se les adelantó a las mujeres embozadas y les entregó la cabeza envuelta en paños”.
Valor femenino
Doña Fortunata llenó de perfumes la cabeza y caminó junto a sus hermanas hasta el convento de los franciscanos. Las recibió el Padre Franciscano Agustín Romero, quien las estaba esperando, para guardarla decorosamente hasta que sus familiares dispongan su entierro. Fortunata, acompañada de sus hermanas y de la sombra que pertenecía al mismísimo Coronel Carballo, continuó su camino poco más de una cuadra hasta su casa. Incorporada nuevamente a la fiesta, mostrando su presencia en la reunión, sus ojos se cruzaron con los del General Oribe, quien al escrutarla fijamente levantó su copa y brindo con todos los presentes “por el valor de las mujeres tucumanas”.
Los argumentos que utilizó quedan en la especulación que podamos hacer, pero lo cierto fue que el comandante permitió que (la noche en que Oribe y su ejército se retiraron de la ciudad), un grupo que lideraba doña Fortunata, quitaran los restos del infortunado Marco Avellaneda del lugar.
Se dice que, la cabeza fue llevada envuelta en un cofre al templo de San Francisco, y luego enterrada de manera secreta en el cementerio local. Años más tarde, esos restos serían trasladados por sus hijos al Cementerio de La Recoleta, donde descansan en un importante mausoleo que recuerda al “Mártir de Metán”, como fue conocido. También la tradición le adjudica a doña Fortunata, en esos tiempos de luchas civiles, haber tragado papeles con mensajes de los unitarios, para evitar que cayeran en manos del enemigo.
Actividad benéfica
Doña Fortunata no volvió a casarse, vivió el resto de su vida dedicada a la crianza de sus hijos y nietos. Ocupada por su prójimo, presidió la Sociedad de Beneficencia de Tucumán, en épocas en las que el Estado no se ocupaba de los desvalidos.
En los últimos años de su vida, adquirió una casa frente a la plaza Independencia, al lado del Cabildo. Al edificarse la actual Casa de Gobierno, la piqueta demolió, además del Cabildo, el que fuera el hogar de la heroína.
Su recuerdo
La señora de García falleció el viernes 29 de abril de 1870. Interesa rescatar cómo la despidió la prensa de la época.
La nota necrológica del periódico local “El Nacionalista“, del 1 de mayo, empezaba diciendo que doña Fortunata había dejado de existir “víctima de una súbita enfermedad“, a las siete de la tarde. “Esta señora, estimable en todo sentido, era el consuelo de muchos menesterosos, porque a su piedad la ejercitaba especialmente con ellos y jamás ninguno salió desconsolado de su lado. No era esta sin embargo su única virtud, porque era innata en ella la de un patriotismo inimitable, y nunca hombre ninguno que ocurrió a ella en momentos de peligro para la patria, en defensa de la buena causa, dejó de hallar un consejo, una idea que robusteciera la opinión aún de los menos decididos”.
Expresaba que “la provincia, pues, ha perdido un corazón siempre lleno de entusiasmo por la libertad; la sociedad, una buena amiga y una excelente madre de familia; sus parientes, un miembro afectuoso y leal“. Terminaba: “acompañamos a su familia en su justo dolor”.
Uno de sus hijos, el abogado Próspero García, fue gobernador de Tucumán. Sin duda alguna, doña Fortunata representa el símbolo de la auténtica mujer tucumana, que se revela ante la injusticia, que no cede ante las presiones de los tiranos; solidaria, valiente y justa. Su nombre perdura en calles de nuestra provincia y en una escuela provincial.