Tiene 47 años, es de Concepción, empezó a competir en 2020 y fue el mejor argentino en la Maratón de Boston
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Jorge Larry, tucumano de 47 años, fue el mejor argentino en la Maratón de Boston al cronometrar 2h 33m. El ingeniero de Concepción debutó competitivamente en 2020 tras clasificar.
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Larry adoptó el running como estilo de vida tras la muerte de su padre. Autofinancia sus viajes y entrena en doble turno mientras ejerce como ingeniero y gerente de producción.
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Su logro desafía los prejuicios sobre la edad y visibiliza el talento atlético en Tucumán. Larry planea seguir bajando sus marcas y competir en otras maratones internacionales.
Jorge Larry finalizó la Maratón de Boston con un tiempo de dos horas y 33 minutos. Gentileza Jorge Larry.
Hay historias que empiezan con un resultado. Esta no. Porque si uno se queda únicamente con las dos horas y 33 minutos que necesitó Jorge “Loco” Larry para completar la 130 edición de la Maratón de Boston, se pierde lo más importante. El dato es impactante, sí: fue el primer argentino en cruzar la meta en la carrera más antigua y prestigiosa del mundo. Ritmo de 3:37 por kilómetro, regularidad quirúrgica, solvencia en un circuito que no perdona. Pero eso es apenas la superficie. Lo verdaderamente interesante de Larry -lo que lo vuelve distinto- está en todo lo que hay detrás de esa marca. En lo que decidió hacer con su vida cuando entendió que el tiempo no espera.
Boston no es una maratón más. Nunca lo fue. Desde 1897 se corre ahí una historia distinta, una carrera que no se compra ni se improvisa. No alcanza con pagar una inscripción. Hay que clasificarse. Hay que demostrar que uno está a la altura. Para llegar, Larry tuvo que construir un camino largo: tiempos en Buenos Aires, una primera experiencia en Nueva York, y finalmente el ingreso por marca. Sin atajos. Sin favores. Como se corre todo lo importante en la vida. Y cuando llegó, no fue a participar. Fue a competir.
“Las majors tienen procesos de clasificación bien complicados. Si sos elite te invitan, en algunas podés entrar por lotería o con paquetes internacionales, pero Boston no es así. Dependiendo tu edad, tenés que hacer un tiempo determinado en una maratón oficial, subir tu aplicación y que te acepten. En mi caso, me sirvieron los tiempos de Buenos Aires y después el de Nueva York”, explica.
En un trazado que castiga -sobre todo en las Newton Hills y la temida Heartbreak Hill- sostuvo un ritmo constante, sin fisuras, con una madurez que no siempre tienen ni siquiera los atletas profesionales. “Es una carrera muy exigente, no podés equivocarte. Tenés que tener una estrategia y, sobre todo, mucha cabeza para sostener el ritmo. Creo que ahí estuvo la clave”, reconoce.
Apasionado
A los 47 años. Ahí ya hay una primera ruptura: la del prejuicio. Pero el “Loco” Larry no empezó acá. Ni cerca. En realidad, empezó como empiezan muchos: corriendo porque le gusta. Porque le hace bien. Porque le da algo que no encuentra en otro lado. “Es una pasión, es un estilo de vida”, dice. Y no suena a frase hecha. En su caso, es literal. Porque para Larry correr no es solo correr. Es una herramienta. Una forma de cultivar cosas que no se entrenan en un gimnasio: esfuerzo, paciencia, resiliencia, constancia. Y eso no apareció de un día para el otro.
Durante años, el running fue algo que estaba ahí, dando vueltas. Una pasión postergada. Como tantas. La vida, como suele pasar, fue ocupando espacio: carrera universitaria, trabajo, familia, hijos. Siempre hay algo más urgente que un sueño. Hasta que dejó de haberlo.
FELICIDAD PLENA. Larry posa junto a la medalla que ganó en Boston.
Y, en ese sentido, hay un punto de quiebre en su historia. No tiene que ver con una carrera ni con una marca. Tiene que ver con la muerte de su papá. Ahí cambió todo.
“Mi padre era una persona increíble que tenía tiempo para hacer de todo. Manejaba muy bien sus tiempos y hacía de todo. Eso hizo que piense en que no me podía estancar”, pensó. No perder tiempo. No dejar cosas para después. No postergar lo que realmente importa.
Ese momento -duro, inevitable- fue el que le dio dirección. A partir de ahí, el running dejó de ser una actividad secundaria y pasó a ser parte central de su vida. No como una obsesión vacía, sino como una decisión consciente: aprovechar el tiempo. Correr, en su caso, es una forma de no mirar para otro lado.
Orígenes
La historia deportiva de Larry tampoco es lineal. De chico hizo de todo: fútbol, tenis, rugby, pádel. Pero siempre había algo que lo diferenciaba: le gustaba correr. Incluso sin estructura, sin entrenadores, sin un entorno que lo empujara hacia el atletismo, ya estaba ahí. “Antes era muy difícil dedicarse a este deporte porque no es habitual dentro de las escuelas. No nos enseñaban. Y, guste o no, en esos entornos es donde se siembra la primera semilla”, dice.
Un año en Estados Unidos, en los ‘90, mientras hacía una experiencia de intercambio cultural, le dio un primer contacto más formal con el cross country (se trata de un deporte en el que equipos e individuos corren una carrera en circuitos al aire libre sobre terreno natural como tierra o hierba). Volvió fascinado. Pero la vida volvió a correrse hacia adelante.
Recién muchos años después, casi por casualidad, volvió a engancharse en serio. Una carrera con su hermano, un profesor que lo invita a sumarse a un grupo en Concepción, el Sombra Team. Y ahí sí: empezó a construir algo distinto. Más ordenado. Más constante. Más serio. Más suyo. “Recién en 2020 empecé a practicar el deporte de manera más ‘competitiva’. Lo más curioso es que me anoté a la maratón de Buenos Aires sin ninguna preparación, y luego sí hice una competencia en Santiago del Estero con un poco más de consciencia”, cuenta.
Actualidad
El dato de Boston impresiona. Pero el verdadero desafío está en lo cotidiano. Porque Larry no vive del running. No entrena en un sistema profesional. No tiene un equipo detrás que le ordene cada detalle. Es ingeniero electrónico. Es gerente de producción en una empresa metalúrgica. Es padre de tres hijos. Y entrena como un atleta de élite.
Se levanta a las 5 o 5:30 de la mañana. Corre o va al gimnasio. Trabaja. Y a la tarde vuelve a salir: entre las 18:30 y las 19, todos los días. Los fines de semana son otra cosa: doble turno, fondos largos de 30 kilómetros, sesiones exigentes. No hay misterio. Hay disciplina. Y hay renuncias. “Te invitan a un asado y no vas”, cuenta. Y no lo dice con orgullo ni con culpa. Lo dice como alguien que eligió.
Porque eso también es parte de la historia: entender que no se puede hacer todo. Que cada objetivo implica dejar algo afuera. Ahí aparece otra dimensión del “Loco”.
“Locura”
El apodo no es casual. No es solo por lo que corre. Es por cómo vive el running. Corre con frío, con lluvia, sin importar el contexto. Se suma a grupos, entrena con otros, contagia energía. No hay una estructura rígida en su forma de entrenar. Hay intuición, adaptación, comunidad.
En Yerba Buena encontró otro grupo de runners como él. Gente que empuja, que acompaña, que hace una pasada más. Y eso también explica su rendimiento. Porque el running, en su caso, no es solitario. Es compartido. “Siempre estoy haciendo desafíos nuevos, y conozco gente nueva que se suma a todo esto. Me siento muy feliz de conocer tanta gente que me acompaña en este proceso”, indica.
Talento tucumano
Hay algo más que aparece cuando habla: la mirada sobre el atletismo tucumano. Larry no se queda en su logro. No se posiciona como excepción. Al contrario. Insiste en que hay mucho talento. Muchísimo. Gente más joven, con condiciones incluso superiores. Lo que falta -y lo dice sin vueltas- es apoyo. Zapatillas, viajes, inscripciones. Cosas básicas para competir.
Menciona los nombres de otros corredores que hoy están rindiendo a gran nivel. No lo hace para quedar bien. Lo hace porque lo cree. Porque entiende que su historia puede servir para visibilizar algo más grande. “’Chava’ (Ezequiel Chavarria) es el número uno de Tucumán, ‘Agus’ Landers también”, señala.
También hay un dato que suele pasar desapercibido: todas sus competiciones son autofinanciadas por él. Cada viaje, cada carrera, cada preparación. No hay sponsors. No hay estructura. Hay trabajo. Y hay una decisión: invertir en lo que le apasiona. En un contexto donde muchas veces se espera apoyo externo para dar el salto, Larry eligió hacerlo igual. Con lo que tiene. Hasta donde puede. Y eso también explica por qué su historia impacta.
¿El techo?
En Boston, además del desafío físico, hay otra dimensión: la simbólica. Correr ahí es, para muchos, tocar el techo del running amateur. El “Santo Grial”, como lo llaman. Larry llegó. Y cumplió. Pero lo interesante es que no se queda ahí. No hay discurso de cierre. No hay sensación de meta definitiva. Al contrario. Quiere seguir bajando marcas. Seguir corriendo majors. Seguir intentando. Sin garantía de éxito. Y sin miedo al fracaso. Porque si hay algo que el running le enseñó -y esto atraviesa toda su historia- es a convivir con eso. Con las carreras que salen mal. Con las que se planifican mal. Con las que duelen. “Lo importante es intentarlo”, repite. Y ahí está, quizás, el núcleo de todo. No en Boston. No en el tiempo.
“Quiero seguir corriendo majors, quiero seguir viviendo nuevas experiencias. Insisto: a mi me apasiona correr, y lo voy a seguir haciendo porque es un estilo de vida”, insiste.
METROS FINALES. Larry habló sobre la exigencia de la Maratón de Boston.
El “Loco” Larry no es un atleta convencional. No encaja en el molde del profesional ni en el del amateur clásico. Está en un punto intermedio, incómodo para las etiquetas. Es alguien que decidió tomarse en serio algo que muchos hacen a medias. Que encontró en el running una forma de ordenar su vida. Y que entendió -a tiempo- que los sueños no se patean para después. Se corren ahora. Tal vez por eso su historia resuena tanto. Porque no habla solo de correr. Habla de animarse. De reorganizar prioridades. De asumir que el tiempo es finito. De hacer, incluso cuando parece tarde.
A los 47 años, Larry no está cerrando nada. Está empezando. Y eso, en un mundo que vive mirando el reloj, es probablemente lo más revolucionario de todo.























