El hincha siempre está. Aunque el partido sea un lunes por la noche, aunque la entrada esté más cara que de costumbre o aunque el rival no diga demasiado. Llega después del trabajo, a las corridas, dejando de lado incluso hasta su familia y con la cabeza llena de problemas que nada tienen que ver con el fútbol. Pero llega. Lo hace con la camiseta puesta, como una segunda piel que no se discute. No siempre llega con ilusión, eso sí; a veces apenas llega por costumbre.

Durante años, el hincha fue contado como épica. El que viaja, el que canta o el que aguanta. El que cruza provincias, el que duerme poco o el que gasta hasta lo que no tiene. Esa imagen todavía circula, todavía se usa y todavía se celebra en el mundillo futbolero. Pero detrás de esa postal hay otra escena, menos romántica y mucho más persistente: la del desgaste.

Porque el hincha actual no es que haya dejado de ir, porque eso sería demasiado evidente. Lo que empezó a cambiar es la forma en la que va a los estadios. Y este 2025 que se nos va terminó de confirmarlo.

El hincha pagó, viajó, se adaptó y hasta se endeudó por amor a los colores. Aceptó horarios ilógicos, sedes lejanas, formatos confusos, y se resignó al ver equipos que no representan ni el sentir del hincha ni la historia del escudo. Aprendió a no preguntar demasiado y quizás a no esperar explicaciones. Aprendió a entender (o resignarse) que las decisiones se toman en otro lado, con otras lógicas y con otros tiempos. Y ahí es cuando al sistema no se discute, sino que se lo padece.

Hay ejemplos que no necesitan subrayado. Basta con mirar lo que pasa cada fin de semana en Tucumán. Los hinchas de San Martín y de Atlético siguen estando, aun cuando desde hace tiempo los equipos parecen jugar de espaldas a su gente. Bancan campañas irregulares, proyectos que no terminan de cuajar y promesas que se renuevan sin cumplirse. Están también en medio de un contexto económico que aprieta, que obliga a elegir entre una cosa o la otra y que convierte cada entrada en una decisión más pesada de lo que debería ser.

Sin embargo los fanáticos están. Van al estadio, viajan cuando pueden, sostienen la pertenencia incluso cuando la respuesta no llega. El fútbol, para ellos, dejó de ser una garantía de alegría y pasó a ser un acto de fidelidad. Una forma de decir “acá estoy” aunque nadie parezca escuchar del todo.

En esas tribunas hay algo que no entra en los balances ni en los discursos dirigenciales. Hay familias que ajustan, jóvenes que heredan una pasión que ya no viene con manual de ilusiones e hinchas que aprendieron a convivir con la frustración sin convertirla en abandono. San Martín y Atlético, cada uno con su historia y sus heridas, comparten ese dato silencioso: la gente sigue estando incluso cuando el fútbol parece haberse ido a otro lado.

Antes, la bronca encontraba un cauce más visible, pero ahora el cansancio se expresa de otro modo. No siempre con violencia o insultos sino muchas veces en distancia emocional. En llegar más tarde, en irse antes, en mirar más el celular que el partido, en festejar con menos sorpresa o en sufrir sin dramatismo.

El hincha sigue estando, pero no siempre está igual.

Hay tribunas que se llenan, sí. Pero también hay silencios nuevos. Momentos en los que el aliento no nace solo y en los que parece que hay que empujarlo. No porque falte amor, sino porque sobra desgaste. Porque el fútbol, que durante décadas fue refugio, empieza a parecerse demasiado a todo lo demás: es caro, exigente y demandante.

El hincha viaja como si cumpliera una obligación moral. Va porque siente que no ir sería traicionarse a sí mismo; pero ya no siempre va convencido de que vale la pena. Y aun así, va. Ese es el dato más potente y, a la vez, el más inquietante.

En las categorías grandes, el calendario lo empuja. En la Liga Profesional, el hincha sabe que su estadio será escenario de partidos de fase regular y, con suerte, de algún cruce eliminatorio. Después, todo se define lejos. En la Primera Nacional, el recorrido es más largo, más cruel, pero el final suele ser el mismo.

El hincha siempre pone la cara y acompaña por amor

Y sin embargo, el hincha acompaña. Porque acompañar sigue siendo parte de su identidad. Aunque el contexto no ayude y aunque el sistema no devuelva.

Hay algo silencioso en todo esto. El hincha no protagoniza conferencias de prensa, no firma comunicados y no tiene redes influyentes. Su presencia se mide en números, en tickets vendidos y en rating. Pero su estado emocional no entra en ninguna planilla. Nadie mide cuántas veces dudó antes de comprar la entrada, nadie registra cuántas veces pensó “otra vez lo mismo” antes de salir de su casa.

Este año, el fútbol argentino (y sobre todo acá en nuestra provincia) habló poco del desgaste. De lo que implica sostener una pasión cuando todo alrededor parece diseñado para ponerla a prueba y de lo que significa seguir yendo cuando el vínculo ya no es tan recíproco.

El hincha sigue estando ahí. No como héroe ni como villano, sino como protagonista silencioso. El que paga sin descuento, el que se adapta sin quejarse demasiado, el que se frustra sin romper nada, y el que vuelve a su casa de madrugada y al otro día cumple con su rutina, como si nada.

Y así, cuando el fanático deja de creer y sigue yendo por costumbre, pueden comenzar los grandes problemas. Porque el día en el que el fútbol deje de ser un espacio de expectativa y se convierta apenas en un hábito y en algo que se hace porque siempre se hizo, ahí todo se vendrá abajo.

¿Qué pasa cuando el hincha ya no discute el sistema, pero tampoco lo siente propio? Tal vez esa sea una buena pregunta (o un propósito) para intentar acomodar en 2026 lo que en los últimos años se fue rompiendo.

El hincha, por ahora, sigue yendo y está claro que la gran incógnita no es si va a dejar de hacerlo; sino qué queda del fútbol cuando ir ya no alcanza ni satisface.