La última semana del año no trajo noticias que perfilen un 2026 tranquilo. China emprendió maniobras militares alrededor de Taiwán y lanzó una advertencia a toda la región. Rusia acusó a Ucrania de atacar una residencia de Putin y las negociaciones de paz se volvieron más frágiles de lo que ya estaban. Y de este lado del planeta, Trump confirmó que Estados Unidos ya incursionó en un ataque terrestre en Venezuela. El año termina con mayor tensión en distintas regiones y estos 12 meses confirmaron que vivimos en la era del conflicto, en la que los intereses geopolíticos son explícitos y al parecer, las viejas ideas de cosmopolitismo e integración, son cosa del pasado.
Sin embargo, quedarse solo con la fotografía del conflicto militar sería un error para un intento de anuario. Por debajo de las superficies violentas también hay procesos de cambio que intentan mejorar la calidad de vida de las personas que también habitan este complejo mundo. En los laboratorios y en las escuelas se gestan avances que posiblemente florecerán este nuevo año.
Si 2025 fue el año de la experimentación, 2026 será el año de la aplicación masiva de la Inteligencia Artificial en la medicina preventiva. Los últimos reportes de las grandes farmacéuticas y los papers publicados en el último trimestre confirman un quiebre significativo: la capacidad de predecir patologías antes de que aparezcan los síntomas. Las pruebas exceden a los laboratorios y a la ciencia ficción. Las herramientas de IA aplicadas a la biología (como las sucesoras de AlphaFold) ya mapearon las interacciones proteicas que permiten tratamientos personalizados contra tipos agresivos de cáncer y enfermedades neurodegenerativas, como el alzheimer. En 2026, miles de pacientes podrían dejar de recibir tratamientos genéricos para acceder a terapias diseñadas específicamente para su ADN, aumentando las tasas de supervivencia a niveles inéditos. La salud podría dejar de ser reactiva para ser, finalmente, preventiva.
Quizás el hecho menos conocido de 2025 fue que, por primera vez, la inversión global en energía solar y eólica superó a la inversión en combustibles fósiles, incluso en economías emergentes. Según Ember Energy, durante la primera mitad del año, se alcanzó un hito histórico en la transición energética global: las energías llamadas “limpias” superaron al carbón como principal fuente de electricidad por primera vez en el registro histórico. Estas fuentes alcanzaron una cuota del 34,3% de la mezcla eléctrica mundial, desplazando al carbón, que descendió al 33,1%. Este avance fue impulsado principalmente por el crecimiento de la energía solar, que aumentó un 31% y, junto con la energía eólica, logró cubrir la totalidad del crecimiento de la demanda eléctrica global, demostrando que la infraestructura de energías limpias ya tiene la capacidad de satisfacer la expansión del consumo. 2026 entonces podría ser un año de consolidación de esta tendencia que muestra signos sólidos de crecimiento desde 2019.
En materia de educación también se prevén cambios significativos que van más allá del auge de la IA y su impacto en el conocimiento. En Argentina, el Gobierno nacional prevé aumentar un 23% los recursos para la función “Educación y Cultura”. Según el Presupuesto aprobado hace pocos días en el Congreso, se destinarán a esta área $6,8 billones a precios de 2025. La cifra supondría un crecimiento real de entre 4,4% y 8% según qué tipo de índice de inflación se considere. Pero más allá de nuestras fronteras, la perspectiva educativa global prevé que para los próximos meses la educación evolucione hacia sistemas de hibridez y “nanolearning” -definida como una metodología que entrega píldoras de conocimiento ultracondensadas-. En un mundo cada vez más digital, los expertos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estiman que habrá un desplazamiento del enfoque basado en el contenido técnico puro hacia la gestión emocional y la salud mental para combatir el agotamiento sistémico de docentes y alumnos. La obsesión por los algoritmos podría ceder por una mirada más empática en 2026.
Pueden parecer tres tendencias arbitrarias, pero pensar en un nuevo año con avances en salud, educación y medio ambiente no merece ser subestimado. La vorágine de la confrontación y la sensación de vivir en un mundo que parece tan frágil dificulta encontrar motivaciones para creer que el conocimiento, aplicado a conciencia y con visión humana, nos hace mejores.
Hace pocos días, el reconocido sociólogo Manuel Castells, aseguró que el mundo atraviesa un "proceso de autodestrucción" que no es tecnológico, sino institucional. En una entrevista al diario El País, el autor del concepto “sociedad de la información” sostuvo que el colapso de la confianza en las instituciones y el auge de la polarización actúan como una fuerza centrífuga que nos divide en "burbujas de odio". A pesar de los buenos augurios antes planteados, la fragmentación y la irracionalidad también serán tendencias que sigan en aumento año que viene.
Sin embargo, en su análisis reside también una clave para esperar algo bueno de este 2026. Castells sostiene que "la tecnología somos nosotros". Puede entonces que fenómenos como la Inteligencia Artificial o la transición energética no sean fenómenos autónomos o aislados, sino espejos de nuestra voluntad colectiva. Si 2026 logra concretar los avances en medicina preventiva y energías limpias, será porque habremos decidido usar esas herramientas para reconstruir la conexión humana.
Las batallas de 2026 no se librarán solo en los laboratorios o en las fronteras calientes, sino en nuestra capacidad para transitar de lo que Castells llama "la era del miedo" hacia una nueva forma de espiritualidad y ética social. La salud mental en las escuelas y el acceso democrático a la IA serán algunos de los puentes necesarios. En definitiva, 2026 será un mejor año si entendemos que el progreso técnico sólo es progreso real si asumimos también los riesgos de la fragmentación y los extremos. La esperanza está ahí, pero requiere, más que nunca, que la razón tecnológica se construya definitivamente junto con la razón humana.