Muchas veces, en el apuro de preparar el almuerzo o la cena, lo primero que hacemos es desechar las capas exteriores de las verduras. Sin embargo, lo que solemos considerar "basura" es, en realidad, un tesoro de sabor y nutrientes que puede cambiar por completo tus recetas. La cáscara de cebolla, lejos de ser un desperdicio, es un ingrediente versátil que podés convertir en una exquisita sal saborizada.

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Esta práctica no solo ayuda a reducir el desperdicio en la cocina, sino que también aporta un perfil aromático intenso a carnes, sopas y verduras asadas. Es un recurso sencillo, económico y muy creativo para elevar el nivel de tus platos cotidianos sin gastar de más.

Los beneficios ocultos en el descarte

Además de su innegable aporte culinario, la cáscara de este vegetal concentra una gran cantidad de antioxidantes y minerales que suelen perderse. Según los especialistas en nutrición, estas capas exteriores son ricas en compuestos que favorecen el bienestar general de nuestro organismo de una manera natural.

Entre sus virtudes, la cáscara de cebolla contiene antioxidantes y minerales beneficiosos para la salud. En particular, la cebolla morada se destaca por sus propiedades antiinflamatorias y por contribuir a una mejor circulación sanguínea

Cómo preparar tu propia sal saborizada

Para realizar este condimento casero, solo necesitás recolectar las cáscaras de cebollas blancas o moradas. Primero, asegurate de lavarlas bien y secarlas por completo. Podés dejarlas al aire libre en un lugar ventilado o acelerar el proceso en el horno a temperatura mínima hasta que se vuelvan quebradizas y crujientes al tacto.

Una vez secas, el proceso es muy simple: debés triturarlas con un mortero o procesadora hasta obtener un polvo fino. Luego, mezclá este polvo con 200 gramos de sal (fina o gruesa) y, si querés un toque extra, sumá una pizca de ajo en polvo o pimienta negra.

Un aliado ideal para tus comidas

El resultado es un sazonador potente que podés guardar en un frasco hermético en un lugar seco. Es el aliado perfecto para reversionar unas papas al horno o para coronar un corte de carne a la parrilla, sorprendiendo a tus invitados con un sabor ahumado y terroso muy particular.