El fútbol argentino siempre fue algo más que 90 minutos y una pelota. Durante décadas, el partido fue la excusa perfecta para ordenar la semana. El almuerzo familiar del domingo, la sobremesa apurada porque juega “tu equipo”, la radio sonando en el auto camino a la cancha y el análisis eterno después del pitazo final. Un ritual sencillo, repetido y casi sagrado; ese ritual, de a poco, empieza a desdibujarse.
La publicación de las primeras 12 fechas del Apertura 2026 que emitió la AFA dejó un dato tan contundente como inquietante: 106 de los 180 partidos de ese tramo del torneo de la Liga Profesional se jugarán entre lunes y viernes. Es decir, casi seis de cada 10 duelos se disputarán en días hábiles. No es un detalle menor, sino más bien parece ser una señal.
Las razones están a la vista y no son nuevas. El fútbol argentino arrastra, desde hace años, una estructura inflada, con 30 equipos en Primera, un número que obliga a estirar fechas, a desparramar partidos y a multiplicar horarios. A eso se le suma la televisión, que necesita mostrar todos los partidos y, para colmo de males, un 2026 particular: en junio comenzará el Mundial 2026 que se jugará en Estados Unidos, México y Canadá; lo que obliga a comprimir el calendario prácticamente desde el inicio del año.
El resultado es un fixture que no da respiro. Entre el primer partido de la fecha 1 y el último de la jornada 12 habrán 63 días, de los cuales solamente en 11 no se jugará fútbol oficial; y eso sin contar la Copa Argentina ni competencias internacionales. En algunos días, incluso, se disputarán hasta cinco partidos en una misma jornada, como si el fútbol fuera una grilla de programación que debe llenarse a cualquier costo.
Hasta marzo (fecha 10) regirá el horario de verano impuesto por la casa madre de nuestro fútbol, según el cual ningún partido puede disputarse entre las 11 y las 17, una franja marcada por las altas temperaturas. Esa restricción, inevitablemente, empuja los partidos hacia la tarde-noche, incluso en días laborables. Y a partir de eso, el dato es elocuente: 52 partidos comenzarán antes de las 20 durante días hábiles.
Todo esto, traducido a la vida real, implicará salir antes del trabajo, faltar a clases, recorrer kilómetros en horarios incómodos o, directamente, resignarse a no ir a la cancha. El fútbol, ese que históricamente fue un plan familiar y social, de a poco comienza a transformarse en un lujo para pocos o en un consumo televisivo sin contexto.
En este esquema, el que queda atrapado es el hincha. Ese hincha que trabaja, ese que estudia, ese que vive lejos del estadio y al que se le hace casi imposible ir a la cancha en un día hábil. Ese que antes armaba su semana alrededor del domingo y que ahora debe elegir entre cumplir sus obligaciones o acompañar a su equipo, por ejemplo, un martes a las 10 de la noche.
Los duelos entre semana amenazan con afectar la economía de los clubes
Esta realidad también puede llegar impactar en los clubes. ¿Para qué pagar un abono si después no se puede asistir a la mayoría de los partidos? ¿Cómo sostener la economía cotidiana si la tribuna se vacía no por falta de pasión, sino por falta de tiempo? El calendario no sólo ordena partidos, sino que también condiciona ingresos, pertenencia y vínculo con la gente.
En Tucumán, el escenario se siente con más fuerza. Atlético, por ejemplo, jugará solamente dos sábados y dos domingos en las primeras 12 fechas del campeonato. El resto de sus partidos será entre semana. Y cuando se analiza el detalle de los horarios de cada uno de los partidos, el problema salta a la vista. Por ejemplo, jugará un lunes a partir de las 15.30 (por la fecha 11, visitante ante Barracas Central) o un martes desde las 22 (de local contra Central Córdoba de Santiago, por la fecha 2).
Pensar en familias saliendo del trabajo para llegar al estadio a mitad de tarde, o regresando a casa pasada la medianoche en un día laboral (cuando, para colmo, el transporte público queda restringido), ayuda a entender por qué el ritual empieza a romperse.
El problema no es sólo logístico, sino que parece también ser cultural. El fútbol argentino siempre se explicó mejor desde lo que rodea al partido que desde el partido mismo. Los domingos ordenaban afectos, conversaciones y hasta costumbres. Pero hoy, el calendario fragmentado erosiona esa experiencia. El hincha ya no espera el fin de semana, revisa el horario en el celular y adapta su vida, si es que puede.
La pregunta que queda flotando no es solamente cuántos partidos se juegan o en qué días; sino qué fútbol se está construyendo. Uno pensado para llenar grillas y cumplir contratos, o uno que todavía entienda que sin gente, sin rituales y sin tiempo compartido, el juego pierde una parte (importante) de su esencia.
Tal vez el Apertura 2026 no haga más que confirmar una tendencia que viene desde hace tiempo y que parece ir haciéndose más fuerte con el paso del último tiempo. Pero también expone una tensión cada vez más visible: mientras el calendario se acelera, el fútbol se aleja de su gente. Y recuperar eso (el domingo, la mesa familiar y la charla post partido) parece hoy más difícil que ganar un campeonato.